miércoles, 12 de junio de 2013

Moral sin dioses



Harold Soberanis[1]
            Es frecuente entre la gente común, afirmar que la base de la moral es la religión y que por lo tanto, no es posible hablar de moral sin una creencia religiosa. Cuando se les pregunta qué religión consideran que es la mejor como fundamento de una supuesta moral, responden que la que ellos mismos practican.
En estos argumentos notamos dos presupuestos básicos, a saber: uno, que la mejor religión, según estas buenas almas, es la que dicen practicar descalificando, a priori, cualquier otra; y dos, que sin religión no hay moral. De este último supuesto, se infiere que un ateo, por ejemplo, carece de moral, precisamente por no creer en ningún dios. De esa cuenta se dice que un ateo es amoral, lo que ya de por sí es un absurdo, pues en sentido estricto no hay ningún ser humano, ateo o no, que sea ajeno a una valoración moral.  En todo caso sería, de ser posible, inmoral pero nunca amoral[2].
Así pues, para estas personas la religión es la única raíz sólida que puede dar firmeza a una concepción moral. No conciben la posibilidad de un proyecto moral sin religión pues, de acuerdo con su lógica, ambas no pueden estar separadas.
Obviamente afirmar que la religión es el único asidero posible para una moral, conlleva aceptar que todo lo que incluye dicha religión es necesario para que tal moral pueda levantarse firmemente. Es decir, no es solamente la concepción religiosa que se tenga, sino también los elementos que la configuran, a saber, Dios, el alma y su inmortalidad, la trascendencia después de la muerte, etc., y que van implícitos en la idea que se tenga de esa religión, lo que está presente en el argumento de que no hay moral sin religión.
            Empero, quienes esto afirman, ignoran que ya desde la Modernidad, dicho argumento quedó invalidado. En efecto, fue Kant, el célebre filósofo alemán, modelo de la Ilustración, quien demostró con sólidos argumentos que no se necesita de la religión para construir una moral que sirva de guía al ser humano en su búsqueda de la Bondad. La sola Razón basta para ello. Es más, es el mismo Kant quien demuestra que no es la moral la que deriva de Dios, sino por el contrario, es Dios quien deriva de la idea de moral.
            Tratar de explicar la estructura interna de los argumentos kantianos que terminan en las conclusiones mencionadas llevaría mucho tiempo, y no es el propósito de este artículo. En todo caso, lo que me interesa dejar claro es que no se necesita practicar una religión, ni creer en dioses, ni asistir a iglesias para vivir moralmente bien en sociedad. A diario, en la práctica cotidiana se invalida el argumento de que sin religión no es posible construir una moral o de que es necesario practicar una religión para vivir moralmente bien. Se invalida en la práctica, puesto que a diario vemos ejemplos de bondad, solidaridad y respeto al otro en muchas personas que se declaran ateas. Tanto, como vemos personas que dicen profesar una religión y creer en un dios de amor, pero que no tienen ningún obstáculo en matar, explotar, corromper y abusar del prójimo.
Cuántos crímenes se comenten a diario en el mundo en nombre de un dios o una religión “x”. El mundo actual es cada vez más injusto y desigual. La vida cada día es más precaria. Y todos estos crímenes, guerras, injusticias y explotación, son provocados por personas de carne y hueso que se declaran fieles creyentes, que dicen seguir una fe en algo trascendente, que aseguran amar su religión, que afirman vivir moralmente bien pues siguen los preceptos de sus guías religiosos. Obviamente, quienes hacen de este mundo un lugar cada vez menos digno no pueden ser considerados buenos.
En conclusión, no es necesaria ninguna concepción religiosa para establecer un cuerpo de normas morales que nos orienten hacia el buen vivir. Lo que sí es necesario y debería ser parte de la práctica moral de cada uno, es la reflexión filosófica que sustente y justifique cada una de esas normas. Esto garantizaría, aun mínimamente, que aquel cuerpo de normas a las que ajustamos nuestros actos es  producto del ejercicio racional, propio de todos los seres humanos.

             


[1] Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
[2] Se suele denominar amoral a aquella persona que está en contra de cualquier práctica moral, pero esto, a mi juicio es incorrecto, pues amoral es quien no es susceptible de juicios o valoraciones morales. El ser humano, en tanto es un ser libre, es moral. Cuando se opone a determinadas reglas morales se le califica de inmoral, es decir, que va en contra de la moral.  Amorales serían todos los seres del mundo ( menos el ser humano en tanto sea libre) que se sustraen  a cualquier juicio moral.

martes, 26 de febrero de 2013

Política y ciudadanía




Harold Soberanis[1]

                En el mundo actual, posmoderno, caótico y relativo, muchas cosas y saberes han caído en descrédito, muchas profesiones se han devaluado y muchas buenas costumbres han desaparecido. En sociedades atrasadas, como la nuestra,  esto es más que evidente.
Una de esas profesiones que históricamente han sido importantes para el desarrollo y sobrevivencia de las sociedades, desde hace mucho tiempo ha venido sufriendo un desgaste y desprestigio injustos. Lo paradójico, o talvez o tanto, de esta situación es que los mismos quienes se dedican a ella han sido precisamente los que más la han desvirtuado.   En efecto, me estoy refiriendo a la política y a quienes han hecho de ella su profesión, aunque la han pervertido.  Obviamente, esto no es privativo de la política. Los ejemplos abundan de profesionales de distintas disciplinas (por ejemplo, el derecho) que han desnaturalizado su profesión, lo que ha contribuido a que las demás personas las rechacen o tengan una opinión muy pobre de ellas.
Aunque, como dije arriba, ésta no es una característica específica de la política, quizá sea esta disciplina donde más se visualiza dicho desprestigio.  Este desprestigio se revela en la poca valoración que las personas le dan y en frases tales como “la política es para ladrones”, “prefiero ser pobre pero honrado”, y otras parecidas.   Dicha situación es  consecuencia de que quienes se dedican a ella la han prostituido de manera sistemática. Y si observamos este fenómeno en nuestros países tercermundistas, creo que la percepción negativa de la política es aún mayor. De esa cuenta, en Guatemala, como en otros países, la política es sinónimo de corrupción. De ahí que muchas personas se nieguen a participar en ella, pues temen ser tildados de corruptos, ladrones e inmorales. 
Tal percepción negativa de esta noble profesión ha derivado en apatía e indiferencia en el ciudadano, que prefiere dejar los asuntos públicos en manos de esos que se autodenominan políticos, antes que hundirse en el lodo y la podredumbre que, según ellos, significa ser político.  Y he aquí el grave error en el que han caído nuestras sociedades, pues esa indiferencia lo único que ha logrado es hacerle el juego a esos mercaderes de la verdad que, como en el caso de Guatemala, han configurado un país injusto y desigual.  Esto es hacerles el juego, puesto que eso es precisamente lo que quieren estos politiqueros venidos en mala hora. De esa manera, queda allanado el camino para que ellos sigan haciendo de la política el ámbito donde se compran y venden conciencias.
El descrédito de la política, sin embargo, no ha sido una constante histórica.  En épocas lejanas y en otros contextos, el ejercicio político ha sido algo digno. Su práctica ha sido reconocida y altamente valorada por los ciudadanos, quienes ven en ella el espacio perfecto donde resolver sus conflictos. Los políticos han sido personas honorables y confiables, dignos representantes de los intereses públicos.
Empero, la consecuencia más grave de toda esta descomposición no ha sido la percepción desfavorable que se tenga de la política, sino la apatía ciudadana, la poca conciencia política de las personas, la nula identidad con el país, la pobre participación en la cosa pública, lo que ha derivado en que un grupo minoritario sea quien decida los destinos de la patria.  Dicho grupito dirige esta nación, llamada Guatemala,  como una finca de su propiedad, a ciencia y paciencia de quienes nos decimos ciudadanos.
Nuestra pobre ciudadanía se reduce a cumplir la mayoría de edad para que nos otorguen un documento que nos acredita como tales; a gritar en el estadio que somos “orgullosamente guatemaltecos”, cuando la selección de futbol fracasa una vez más;  a enorgullecernos de un pasado indígena que heredó una gran cultura, aunque despreciamos al indígena de carne y hueso que está frente a nosotros; a sentir una gran emoción que nos embarga cuando nuestra “digna” representante participa en un concurso internacional de belleza.  Es decir, nuestra identidad es como un palacio de cartón: es frágil, falsa, contradictoria, superficial. Hemos confundido el patriotismo con la patriotería.
De ahí que, como he insistido en otras ocasiones, se hace urgente fomentar y multiplicar la participación política de todos, para ir formando esa ciudadanía que nos hace falta. Al sentirnos ciudadanos, en el sentido exacto del término, también habremos de participar más en el quehacer político. Es decir que, ciudadanía-política, es un camino de doble vía. En tanto más nos politicemos, esto es, más seamos ciudadanos, iremos rescatando esta noble disciplina y echaremos al basurero de la historia a todos esos mercachifles que la han corrompido. Al ser más políticos, seremos mejores ciudadanos, talvez acercándonos al sentido que los antiguos griegos daban al término.
Efectivamente, en la Grecia Antigua, ser ciudadano no significaba solamente llegar a la mayoría de edad, sino sentirse uno con la polis, es decir, con su ciudad.  Ser ciudadano griego significaba participar activamente en la vida política de su estado, incidir en las decisiones de los gobernantes, opinar sobre las leyes. Para estos ciudadanos, la polis no le era ajena, sino todo lo contrario, ya que la ciudad era parte de su ser. Había una plena y consciente identificación con ella, y no esa ficticia relación que en nuestro contexto, por ejemplo,  se reduce a anuncios llenos de frases motivacionales y vacías como los que divulga nuestro flamante alcalde, siempre al borde de las lágrimas .  En la propaganda de la alcaldía actual, lo único que se evidencia es la pobre idea que se tiene del ser ciudadano: por un lado apela a que nos sintamos orgullosos de vivir en esta ciudad, y por el otro se fomenta el modelo de una ciudad precaria, caótica e invivible.
De ahí pues, lo perentorio de recuperar el sentido original de ser ciudadano por medio del rescate de la política como una profesión digna. Esto, en buena medida puede lograrse por medio de la educación.  Obviamente, esto implica transformar el actual modelo alienante de educación, pues solo una educación liberadora y crítica puede contribuir eficazmente a esta empresa.



[1] Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

lunes, 18 de febrero de 2013

No es cuestión de valores


Harold Soberanis[1]

Ni de optimismo. Ni de rezar todos los días. Si la solución fuera tan simple, ya habríamos cambiado nuestra realidad. Guatemala no sería el país injusto y desigual que es. No sería el país violento que tenemos, donde se mata a diario a hombres y mujeres honestos. No sería el país donde los niños y los viejos tienen que trabajar para sobrevivir.

Menciono esto, pensando en la reciente visita a Guatemala de uno de esos famosos “gurús” sabelotodo  que poseen la fórmula mágica para que todos vivamos felices y seamos triunfadores. Según entiendo,  este iluminado “sabio” (¿o sería mejor llamarlo sofista?), fue traído por un grupo de empresarios y comerciantes, los mismos que deciden lo que debemos hacer, pensar y decir. Y lo trajeron para que por medio de su exaltada y teatral forma de hablar nos indicara lo que, según ellos, contratistas y contratado, debemos hacer para ser felices, para producir más, para no ser fracasados, para repetirnos por enésima vez que si somos pobres es porque queremos, ya que las oportunidades de ser exitosos y millonarios las tenemos frente a nuestras narices. En una palabra: lo trajeron para que nos dijera que podemos ser un país del primer mundo, pues todo está en nuestra voluntad de querer serlo.

De acuerdo con lo publicado en algunos medios de comunicación, este moderno sofista asegura que todo es cuestión de valores. De ahí que su objetivo primordial al visitar empresas, instituciones gubernamentales, consorcios y hasta universidades, fue el de hacernos ver que si queremos un país mejor, una sociedad mejor, un nivel económico mejor y de paso ser hombres y mujeres de éxito, todo lo que tenemos que hacer es transformar nuestros valores.  O, como le llaman hoy en día los adoradores del neoliberalismo y el mercado, provocar dentro de nosotros una reingeniería moral.

Según este tipo de seudodiscurso, todo es cuestión de cambiar valores, de retomar aquellos que hemos ido perdiendo o de adaptar los que tenemos a los nuevos tiempos que corren.  Así de simple y fácil.  Es decir que, este “famoso” sofista no vino a decir nada nuevo de lo que otros grandes “genios” motivadores han dicho ya. Por eso el título de este escrito, pues si fuera tan fácil la solución a nuestros grandes, históricos y complejos problemas estructurales, todos nos pondríamos a rezar, seríamos optimistas, transformaríamos nuestros valores y listo: de la noche a la mañana viviríamos en un país maravilloso, para admiración y envidia de los demás.

Pero sucede que la cuestión no es tan fácil como nos hacen creer estos charlatanes a sueldo. Para empezar, los valores de una sociedad son aquellos que las clases dominantes han impuesto para preservar y mantener el estado de las cosas.  Son, como lo demostró Marx, la expresión del poder de esas clases económicas que lo que buscan es proteger sus intereses de clase. De ahí que, cuando dichas clases, por medio de sus seudointelectuales, hablan de un cambio de valores morales, lo que en el fondo están buscando es que las clases dominadas sigamos  obedeciendo sumisamente, no pensemos críticamente y solo nos dediquemos a producir más para que sus cuentas sigan engordando.

Los problemas que ahogan a Guatemala son estructurales, sus causas son históricas y comienzan desde la venida de los españoles quienes imponen un modelo económico basado en la explotación, el abuso y la exclusión.  Con el paso de los años, dicho modelo fue tomando formas más sofisticadas de expresión, pero en el fondo siguió siendo lo mismo. Cambió de actores y el escenario se modificó, adaptándose a los tiempos, pero los resultados fueron los de siempre: una minoría que cada vez era más rica y la mayoría pobre, hundiéndose en la miseria.

Todo esto ha producido una sociedad injusta y desigual. Los problemas que vivimos hoy día como la violencia, el narcotráfico, la corrupción, el analfabetismo, etc; no se solucionan con un simple cambio de valores y actitudes.  No basta con ser optimistas para que todo por arte de magia cambie.  La causa de nuestros males es económica, por lo que deberíamos transformar la infraestructura, es decir, el modelo mercantilista de explotación que tenemos para provocar una transformación en la superestructura social.

Si la riqueza se distribuyera de forma equitativa tendríamos una sociedad más igualitaria y cada uno de los hombres y mujeres que la integran, aspirarían a una vida guiada por valores morales superiores. Entonces sí, tendría sentido hablar de un cambio de valores y de una actitud optimista ante la vida. Pero en las circunstancias en las que nos encontramos, venir a desarrollar discursos motivacionales, lo único que logra es hacerle el juego a los sectores oligarcas. Es insistir en que todo debe cambiar para que nada cambie.

Dado que la transformación de esta sociedad no vendrá de los sectores que detentan el poder, sino de la sociedad misma por medio de todas sus instancias e instituciones, es necesario que nos eduquemos y fomentemos un pensamiento crítico. Esto implica, como ya lo he dicho en otros artículos, que analicemos la realidad, nos informemos, pensemos por nosotros mismos y saquemos conclusiones. Deberíamos empezar, como lo hizo Descartes, por dudar de todo lo aprendido y de lo que vemos. A partir de ahí podríamos esperar que las nuevas generaciones asuman una actitud más cuestionadora y transformadora. Y entonces sí, cambiaríamos este país para hacer de él un lugar digno para vivir.






[1] Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
 

domingo, 27 de mayo de 2012


Rousseau, el Ilustrado[1]

            En este año, se conmemoran los 300 del nacimiento de Jean Jaques Rousseau, uno de los más célebres filósofos de la Ilustración.  Como es bien sabido, la Ilustración es ese período de la Historia en la que el optimismo, propio de quienes confían ciegamente en la Razón, invade el ánimo de los hombres de la época, seguros de que la Humanidad se encamina a una etapa inevitable de progreso y bienestar.  Los pensadores de la Ilustración, en efecto, retoman el proyecto del racionalismo clásico aunque agregándole la confianza en el poder de la ciencia y la tecnología, manifestaciones características de la Edad Moderna. Después de siglos de oscurantismo, el del medioevo, la modernidad y la Ilustración confían en encauzar a las sociedades todas hacia una etapa de esplendor.  Bueno, al menos eso era lo que esperaban estos filósofos.

Pues bien, es en este contexto donde surge un pensador muy singular como Rousseau. De origen ginebrino, Rousseau desarrolla su obra filosófica en Francia, a la sazón, la cuna de la Ilustración. De Francia son también pensadores ilustrados como Diderot, D’Alembert, Voltaire, entre otros.

Es precisamente Diderot el promotor de uno de los grandes proyectos de este movimiento intelectual: la Enciclopedia. Diderot pretendía que la Enciclopedia fuera el compendio del saber humano de todos los tiempos.  Para ello, convocó a las mentes más lúcidas del momento. Por supuesto, entre ellas estaba la de Rousseau. Actualmente, la Enciclopedia no es más que una serie de vetustos libros, curiosidad de una época ya lejana, guardada en algún museo para deleite de los adoradores de la tecnología que al verla se burlaran de ella. Empero, en su momento fue una empresa impresionante, sobre todo si tomamos en cuenta que no existían las máquinas de escribir eléctricas, las computadoras ni el internet. Aunque Rousseau colaboró en la elaboración de la Enciclopedia, nunca se consideró parte de los enciclopedistas.

A mi juicio, la mayor aportación intelectual de Rousseau está en su filosofía política. De carácter retraído, oscilante y hasta huraño, la obra roussoniana está marcada por la impronta de su peculiar personalidad. De ahí que algunas de su propuestas nos parezcan verdaderamente absurdas. Aunque otras, en cambio, nos revelan los destellos de un genio. Rousseau es uno de los grandes teóricos del liberalismo y de la teoría del contrato. Una de su obras, quizá la más conocida junto con El Emilio es, precisamente, El Contrato Social. Según los filósofos contractualistas, en un pasado lejano vivíamos en un estado de naturaleza, semisalvaje, pero felices. Sin embargo, para estar mejor, la mayoría nos pusimos de acuerdo y decidimos, por medio de un pacto o contrato, pasar al estado político concediéndole a un sujeto, electo por nosotros, el derecho a ser gobernados por él. En dicha transición, aseguran algunos de los contractualistas, renunciamos a nuestros derechos en función de aquél. Pero ojo, que no le cedimos todos nuestros derechos, sino solo algunos, aclara indignado Rousseau. De esa cuenta, la soberanía descansa en la sociedad en tanto cuerpo social. Tal sociedad, a su vez, se apoya en un principio moral: la voluntad general.

En esta teoría de Rousseau, subyace la idea romántica del buen salvaje. Efectivamente, según este filósofo ginebrino, cuando vivíamos en el estado de naturaleza, éramos felices pero, sobre todo, buenos. Esta tesis contradice aquella otra de Hobbes, también uno de los teóricos del contractualismo, quien define al hombre como un lobo para el hombre, lo que en un lenguaje más preciso significaría que el ser humano, por naturaleza, es malo y sólo al pasar al estado político logra controlar sus instintos salvajes.

Para Rousseau, la realidad es totalmente diferente. El hombre por naturaleza, es bueno siendo, precisamente, la sociedad civil quien lo vuelve malo. El que el hombre se haya degenerado se debe, asegura el ginebrino, a la vida en sociedad. Así, lo que tenemos es una paradoja: por un lado, hay una necesidad histórica de pasar del estado de naturaleza al estado civil y, por el otro, aunque este paso sea necesario, la conformación de las sociedades políticas es algo negativo, pues pervierte al ser humano. La vida social, dice Rousseau, se rige por los vicios, más que por las virtudes. Resulta curioso que, en la actualidad, los agoreros del mal, esos que lanzan moralinas por doquier, los mismos que se creen santos y puros y nos ven a los demás como la encarnación del mismísimo demonio, afirmen exactamente lo mismo, es decir, que la vida social nos degenera. Y es curioso digo, porque mientras nos asustan con el petate del muerto del fin del mundo llamándonos al arrepentimiento, al mismo tiempo gozan de las mieles del poder que el dinero, que acumulan vorazmente, les proporciona, sin preocuparse mucho del alma.

A pesar de los evidentes errores conceptuales de la teoría política roussoniana, de las muchas ideas que expresa, algunas verdaderamente extravagantes, me gustaría, sin embargo, quedarme con una: la de que el verdadero soberano es el pueblo y no quien detenta ocasionalmente el poder, más por casualidad que por méritos. Me gustaría quedarme con ella y recordársela a quienes, por su infinito amor a la patria, cada cuatro años compiten entre sí para gobernarnos. Lo haría con la secreta esperanza de que estén conscientes que nosotros, el pueblo, somos sus patrones. Esto haría bien a nuestras sociedades y celebraríamos, permanentemente, la memoria de Rousseau.



[1] Lic. Harold Soberanis, profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

viernes, 10 de febrero de 2012

Lo que no es filosofía

Harold Soberanis[1]

                De vez en cuando, nos llevamos la grata sorpresa de encontrar en Internet cosas interesantes, de esas que valen la pena.  Esto es lo que me sucedió el otro día cuando, para mi agrado, encontré reproducida una entrevista que el periodista Esteban Hernández le hiciera a la filósofa española Victoria Camps[2].  La profesora Camps, es una destacada intelectual que en años recientes ha publicado no pocos libros de filosofía, principalmente sobre ética, su especialidad.

                En dicha entrevista, la profesora Camps se refiere, entre otras cosas, al reconocimiento que, en los últimos tiempos,se ha dado al papel que juegan los sentimientos en cuanto a las valoraciones morales que hacemos. En efecto, según ella apunta, cuando emitimos un juicio de valor éste también debería ser producto de nuestra esfera afectiva y no sólo de la razón.  De ahí  que una persona moral sea no solamente quien se guía por su capacidad racional, sino “alguien que reacciona afectivamente ante las inmoralidades y la vulneración de las reglas básicas, alguien que siente indignación, vergüenza o rabia ante las grandes injusticias o ante las prácticas inhumanas”.[3]  Obviamente, no se trata de rechazar la Razón y basar nuestros juicios morales únicamente en los sentimientos, pues esto tampoco nos haría mejores.  Se trata, en síntesis, de encontrar un punto de equilibrio entre ambas, idea que, por otro lado, no es nada nueva. Lo novedoso en este caso, según interpreto, es que tal valoración de los sentimientos ha ido calando, cada vez más, en ámbitos aparentemente ajenos a los sentimientos, como los discursos políticos.  Y en tal sentido, sigue diciendo la profesora Camps, ha sido la izquierda quien más se ha apropiado de este elemento.  No sé si dicha afirmación sea verdad o no, pues en este momento no me interesa analizarlo.  A lo que deseo referirme es a algo que la profesora Camps señala en la entrevista de marras.

                Según ella, está bien valorar el papel de los sentimientos a la hora de emitir juicios morales, pero teniendo el cuidado de no exagerar su importancia, tal como sucede en el tipo de publicaciones de autoayuda.  Como es bien sabido, en los últimos tiempos ha proliferado gran cantidad de estos escritos. Numerosos “gurús” intentan enseñarnos cómo ser felices. Para ello se montan innumerables cursos, seminarios o diplomados a donde asisten aquellas personas que desean que un “experto”, les dé una receta mágica que les permita superar sus problemas y  alcanzar la felicidad eterna.  Esto, señala la profesora Camps, no es filosofía.

                La filosofía, por su propia naturaleza, nos induce a analizar la realidad de manera compleja, nos lleva a la raíz de las cosas, nos exige una actitud analítica rigurosa, una reflexión profunda.  Todos esos libritos de autoayuda o esos cursitos motivacionales, lo que hacen es mostrar una realidad demasiado simple,cediendo a lo fácil y manipulando a las masas.  De tal cuenta que, afirma Victoria Camps,  “la autoayuda es la negación de la filosofía, porque la primera quiere dar respuestas claras y fáciles a problemas complejos, mientras que la filosofía tiene como misión introducir dudas en los problemas. No pretende dar fórmulas que nos digan lo que hay que hacer, y que reduzcan todo a una serie de ideas simplistas sobre cómo ser feliz, cómo hablar en público o cómo manejar las depresiones, sino que pretende ir más allá y entender lo que ocurre en toda su extensión”.[4]

                En efecto, la Filosofía nos estimula a ser capaces de descubrir, por nosotros mismos, el porqué de los problemas, haciendo buen uso de nuestra capacidad racional.  Esto me recuerda a Sócrates, para quien el descubrimiento de la verdad es un camino que cada quien debe recorrer.  Al poner en duda la aparente sabiduría de los sofistas, Sócrates afirmaba que nadie nos puede mostrar la verdad, pues ésta reside en nuestro interior y la razón, cual poderosa linterna, la alumbra.  En todo caso, lo que otro puede enseñarnos es a dirigir la luz al lado correcto.  En última instancia, pues, la revelación de la verdad es un descubrimiento que hacemos hacia nuestro interior.

                En todos los tiempos de crisis siempre aparecen “profetas” (ahora se les llama gurús o expertos) que, afirmando ser dueños de la verdad, intentan orientar a las masas hacia lo que ellos consideran es la felicidad.  Esto ha sucedido siempre, basta con repasar la historia para darnos cuenta de ello.  Las épocas de crisis, de toda índole, son propicias para el aparecimiento de estos charlatanes que disfrazados de sabios, nos venden formulas prefabricadas de la verdad.  Y esto sucede porque precisamente la gente, ante la falta de puntos de referencia, busca desesperadamente un lugar sólido donde asirse, necesita algo en qué confiar, pero sin hacer el más mínimo esfuerzo de pensar, de analizar, esperando que otro lo haga por él.

                De ahí el éxito de esta clase de libros entre la masa.  Por su parte, la Filosofía, la verdadera Filosofía,  nos exige el atrevimiento de pensar, de ser críticos (no criticones, que es otra cosa), de analizar la realidad para luego asumir una postura frente a ella. El trabajo de pensar, lamentablemente, es algo que la mayoría no está dispuesta  a hacer. Esa es la razón de la moda de esta clase de libritos, e incluso de las religiones, que únicamente nos piden creer, pero sin cuestionamientos.

                Aunque la energía que implica la búsqueda personal de la verdad sea muy grande, ésta es preferible a seguir autoengañándonos  con las fórmulas prefabricadas que expertos pretenden vendernos.  Nuestro esfuerzo se verá recompensado con la posibilidad de establecer un diálogo íntimo con los grandes pensadores de todos los tiempos, los mismos quienes con sus escritos han contribuido a configurar, para la humanidad, ese legado de sabiduría que conocemos como Filosofía.



               



[1] Profesor titular de Filosofía. Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala.
[3]Ibídem.