viernes 13 de noviembre de 2009

El papel del intelectual en el mundo de hoy

*Harold Soberanis

En una ocasión, Sartre definió al intelectual como “aquel que es fiel a un conjunto político y social, pero no deja de discutirlo”. Tratar de definir qué es un intelectual y cuál es el papel que debe jugar en su entorno social, ha sido una preocupación de los mismos intelectuales en todos los momentos de la historia.

Como toda cuestión teórica, no es fácil dar una definición de lo que se puede entender por un intelectual y de su papel en la sociedad. Sobre todo ahora, en estos tiempos, en que muchos autodenominados intelectuales han desprestigiado el oficio.

A mi juicio, la definición que da Sartre de un intelectual es bastante acertada. Todo intelectual debe asumir una posición definida y defenderla. Esto no obsta para que cuestione su propia ideología y revise continuamente sus mismas tesis. Ningún intelectual puede pretender que su pensamiento sea un dogma incuestionable. Su propia honestidad intelectual, le exige revisar constantemente su pensamiento, ajustando al momento actual lo que deba ser ajustado.

En una de sus obras, Marx dijo que no era “marxista”. Yo interpreto esta afirmación, precisamente en el sentido de que ningún pensador, por mucho que confíe en su sistema, puede pretender que sea absoluto. Siempre existe la posibilidad de revisarlo y replantearlo. Además, es necesario considerar otras posiciones que pueden echar luces a la propia. El verdadero intelectual, pues, debe siempre estar abierto a otras maneras de ver las mismas cosas.

Respecto al papel que todo intelectual debe jugar en su sociedad, creo que es la de servir de guía, sin creerse infalible o dueño de la verdad. Sin embargo, debe asumir una posición y esto ya implica presuponer como válidas y verdaderas ciertas ideas, pues de lo contrario no cumpliría con su rol, es decir, el de ser orientación a los demás.

Sin pensar en que su concepción de la realidad sea absoluta, sí deberá estar seguro y confiar firmemente en determinadas tesis, abriéndose a otras posibilidades. El intelectual es una especie de conciencia crítica de su época y su sociedad, señalando los caminos por donde ésta deberá conducirse. Puede que se equivoque, al fin y al cabo es un ser humano, pero deberá tener la suficiente honradez para reconocer lo equivocado o no de su planteamiento.

Por otro lado, en tanto ser social, el intelectual no desarrolla su trabajo de manera aislada. Su propia actividad está determinada por la de los demás y deberá saber articularla con otros saberes para complementarla.

Debo reconocer que cuando estoy hablando de lo que es un intelectual, estoy pensando en el filósofo, por ser ésta mi propia profesión, pero en ningún momento rechazo la figura de un escritor o científico, por ejemplo. Estos también, en su profesión desarrollan un trabajo intelectual.

También debo reconocer que asigno mucho valor a la actividad intelectual por encima de la manual, sin negar el valor que ésta pueda tener. Y esto se debe, al menos en mi caso, a la influencia que los mismos filósofos ejercen sobre mi pensamiento, especialmente Aristóteles.

En efecto, es Aristóteles quien, en su propuesta ético-política, reconoce la superioridad de la actividad intelectual. Para el Estagirita, como sabemos, la filosofía es la más digna de las ciencias humanas, precisamente porque no tiene un fin ulterior y se basta y justifica a sí misma. Esta autonomía le da, a la filosofía, un valor superior. De ahí que el filósofo, es decir quien se dedica al cultivo de la filosofía, sea el más independiente de los hombres y su actividad tenga más valor. Además recordemos que estos pensadores griegos despreciaban de suyo el trabajo manual, por considerarlo indigno del hombre libre, del ciudadano.

Esta posición puede ser cuestionada, y de hecho lo es, pero me sirve para lo que quiero ilustrar, esto es, el valor del trabajo intelectual. En sociedades como la nuestra, donde aún no resolvemos una serie de problemas que otras sociedades ya han superado, el trabajo intelectual es despreciado y quien se dedica a él es visto como un parásito. Esta es una visión totalmente equivocada y responde al poco valor que se le asigna al trabajo intelectual. Países del primer mundo, como USA, por ejemplo, es puesto frecuentemente como modelo del desarrollo tecnológico. Pero se olvida que si bien posee un alto nivel de desarrollo científico y tecnológico, esto se debe a que posee una fuerte base teórica sin la cual aquél hubiese sido imposible alcanzar tal desarrollo. Estos países del primer mundo, pues, valoran altamente el papel que sus intelectuales juegan en sus sociedades.

De esa cuenta, creo que se debe ir cambiando la concepción que se tiene del intelectual y su trabajo y reconocer que sin él las sociedades están desorientadas lo que impide que alcancen el nivel de desarrollo que se desea. El intelectual, pues, es necesario e importante en las sociedades, ya que sin él éstas se encuentran a la deriva. De ahí el papel que juegan en su entorno que es, en resumidas cuentas, la de servir de guía y conciencia crítica a sus sociedades.

* Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC
Prosophia.blogspot.com



viernes 16 de octubre de 2009

El Che

*Harold Soberanis

El 8 de octubre de 1967 era capturado en la selva boliviana, y asesinado cobardemente un día después, el doctor Ernesto Guevara de la Cerna, más conocido como el Che. De esto pues, hace 42 años. Figura fundamental y controvertida de la Revolución Cubana su ejemplo de lucha y sueños por un mundo mejor siguen siendo vigentes, sobre todo en un mundo como el de hoy que, a diferencia del que él soñó, se ha vuelto más injusto y desigual, menos digno, pues se asigna más valor al tener que al ser, se premia la corrupción y se degrada el pensamiento.
Como todo personaje de la historia, de esos que dejan huella a su paso por la vida, tiene tantos seguidores como detractores, lo que viene a demostrar que pertenece a ese grupo minoritario de los “imprescindibles”, como diría Brecht.
Su rostro es conocido por muchas personas a lo largo del mundo, incluso en aquellos lugares donde la cultura y forma de ser es tan diferente a las del pueblo latinoamericano. Ese rostro quedó inmortalizado por la ya famosa fotografía de Alberto Korda quien, en un acto publico al que asistía Guevara, lo logró captar en un momento único e irrepetible. Ahí, en la mirada perdida en el horizonte, se reflejan los ideales y sueños visionarios de un hombre que vivió y murió coherentemente, pues su pensamiento, sus palabras y su acción fueron un todo.
Ese mismo rostro ha sido comercializado por la “mano mágica” del mercado, símbolo inequívoco de un sistema económico que reproduce las desigualdades e inequidades y que, paradójicamente, él tanto combatió. El haber comercializado su rostro en camisetas, vasos y cuanta tontería se puede inventar, fue el único modo de “matarlo”, como afirmó alguien alguna vez. Empero, aun en el caso de que esto hubiese sido posible, sus ideas revolucionarias no han perdido vigencia ni han podido ser olvidadas. Sigue siendo un ejemplo en todos aquellos lugares donde se persigue el ideal de un mundo más justo, donde se lucha por reivindicar la libertad humana y donde siguen existiendo hombres y mujeres que son explotados y denigrados. En fin, sigue siendo un símbolo para los pueblos que buscan la emancipación, la libertad y la dignidad.
Como un fiel aventurero, en el buen sentido de la palabra, el Che no pudo ajustarse a un cargo burocrático como el que le fue encomendado luego del triunfo de la Revolución. El haber aceptado dicho cargo, cuando era un hombre de acción y no de estar sentado en un escritorio, fue un error de su parte que provocó serios problemas a la economía cubana, sobre todo en ese período de transición en el que Cuba pasaba de una dictadura retrógrada a asumir su propio destino como un pueblo digno. Ese ha sido un error que muchos de sus enemigos se han encargado de exagerar para denigrar su figura, pero fue un error del cual él sacó provecho.
Sin embargo, es meritorio de su parte el hecho de haber dedicado muchas horas al estudio de la economía, de la que sabía poco pero que terminó sabiendo mucho. Es muy conocido que pasaba interminables horas en su despacho del Ministerio y que en ese tiempo infinito, no sólo aprendió economía y otras cosas importantes, sino que leyó la filosofía de Marx, la que le ayudó a comprender muchas circunstancias de la historia de los pueblos del mundo y, sobre todo, a entender la nuestra, la de Latinoamérica y su trágico destino.
De ahí surgió su odio visceral a todo signo de imperialismo, en especial al norteamericano, pero también al soviético, del que desconfiaba profundamente. Esta misma desconfianza fue la que le mantuvo atento a las posibles consecuencias negativas que, futuras alianzas con los soviéticos, podían traerle a Cuba. En determinados momentos aceptó ser socio de los soviéticos, más por alejarse de los gringos, que por pensar que los rusos eran mejores. Esta misma desconfianza a ambas potencias enfrentadas en el marco de la Guerra Fría, fue lo que lo vinculó a otros pueblos con los que se sentía más afín, pues encontraba entre ellos y nuestra Latinoamérica más coincidencias que diferencias.
Estas coincidencias, tanto como su sentido de aventura, le llevaron a emprender muchas misiones en el mundo con las que, como un San Martín o un Bolívar contemporáneo, pretendió llevar la libertad a los pueblos sojuzgados de la tierra. Fue solidario con ellos y con sus luchas reivindicativas, y fue solidario con todo aquel que, en algún lugar del planeta, era víctima de la explotación y la esclavitud.
Como ser humano cometió muchos errores, eso es innegable, pero dejó como ejemplo para todos los que aún creemos en la dignidad humana, una impronta de justicia que difícilmente se borra con el paso de los años.
Cuando aún no era el Che, pasó por Guatemala, y fue testigo privilegiado de la intervención norteamericana que desembocó en el derrocamiento del gobierno legítimo y popularmente electo de Jacobo Arbenz. Este hecho despertó su conciencia social y su sentido de hermandad.
En sus dos ya famosos viajes por Latinoamérica conoció de cerca la miseria y el hambre de miles de seres humanos que, habitando en un continente infinito de riquezas, se morían de hambre, pues una minoría se quedaba y gozaba del fruto del trabajo de todos. Estos viajes al interior de un pueblo esquilmado por el imperialismo, le llevaron también a un recorrido interno que le permitió descubrir su sentido existencial y la causa por la que habría de vivir y morir.
Algo que no debemos olvidar, es la concepción guevariana del “Hombre Nuevo”. Este Hombre Nuevo, debía ser producto de la revolución que todos los pueblos dignos del mundo debían emprender. La revolución era necesaria pues era la única vía de transformación de las condiciones de explotación y deshumanización que un sistema en sí mismo perverso había provocado. Dicha revolución traería pues, un mundo mejor, una sociedad más equitativa. Pero una sociedad está conformada por seres humanos de carne y hueso y eran estos hombres y mujeres quienes debían realizar y preservar los ideales socialistas. De ahí su insistencia en la configuración de un nuevo hombre que se guiase por valores morales nuevos que contribuyeran a su configuración. Este era el Hombre Nuevo de Guevara, el que sigue ideales y no bienes económicos.
Todo esto suena hoy día, en un mundo mercantilizado y alienado, como una utopía imposible. Sin embargo, sigue siendo, la utopía, la única posibilidad de salvarnos del desastre al que nos ha condenado un sistema económico nefasto. Recordar estos ideales y luchar por que se realicen debería ser el mejor homenaje a la memoria de un gran hombre como el Che.
*Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, Usac.
haroldsoberanis@usac.edu.gt
www.prosophia.blogspot.com



jueves 10 de septiembre de 2009

Cambalache

*Harold Soberanis

Mi gusto por el tango me viene de las ya lejanas tardes de sábado cuando, junto a mi padre, mis hermanos y yo nos veíamos obligados a escuchar los innumerables discos de acetato que, en un ritual interminable, él ponía para escuchar a Gardel, ese fabuloso tanguero que cada día canta mejor.
A fuerza de oír esa música, fui tomándole el gusto, de tal manera que hoy día, cuando ya mi padre no está, sigo buscando esos viejos discos y, repitiendo ese ritual de cada sábado, los coloco y escucho con sumo placer. Claro, ahora son mis hijos quienes “sufren” esta afición mía.
De entre los muchos tangos que me sé de memoria, hay uno que me causa un particular sentimiento. Ese tango es “Cambalache”, escrito en 1935 por Enrique Santos Discépolo, más conocido como “el filósofo”. Este prolífico autor, dejó grandes composiciones que aún se escuchan y que son como requisito obligado del repertorio para todo aquel cantante de tango que se respete.
La versión que yo escuchó, sin embargo, es la que cantó Joan Manuel Serrat en un concierto de hace mucho tiempo, concierto que fue titulado “En directo”.
Este tango “Cambalache” describe, con agudeza e ironía, lo que su autor estaba viviendo y observando acerca de los cambios vertiginosos que se desarrollaban en la primera mitad del siglo pasado. Lo que más llama la atención es que, según Discépolo, se estaba perdiendo, ya en esa época, el respeto por los valores que hasta entonces habían sido puntos de referencia en el actuar de la gente, y todo se mezclaba en una amalgama cínica, al estilo de los cambalaches, esas tiendas donde se vendían muchas cosas de segunda mano, y que eran exhibidas en una abigarrada mescolanza.
Según Discépolo, lo mismo ocurría en la sociedad de su momento, pues daba igual vivir honradamente que no, ya que todo era válido. Me parece que este tango, aún con las limitaciones propias de su momento histórico, anunciaba, muy a su manera, lo que muchos años después señalaría el posmodernismo: que no hay puntos de referencia y que por lo mismo, todo se vale.
Es increíble que a pesar del tiempo transcurrido, cuando uno escucha este tango, pareciera que está oyendo la descripción de situaciones cotidianas, situaciones y hechos que se dan a nuestro alrededor. Y no puede uno dejar de comparar a aquélla Argentina de la primera mitad del siglo XX con la Guatemala actual, pues resulta que hoy ser corrupto y sinvergüenza es tan valioso como lo contrario y que, aún más, en algunos casos se exalta más que la honradez. Cuántas veces no hemos escuchado que se alaba la astucia de nuestros políticos de turno al decir que fulano o zutano fue muy listo pues supo robar y hacerse rico sin que los demás nos diéramos cuenta. Incluso se llega a aceptar que estos politiqueros roben “un poquito” con tal de hacer un poco de obra social.
Estos mismos individuos, son los que después salen en la televisión dando consejos a todo mundo e intentan moralizar a una sociedad que ellos mismos han corrompido y prostituido.
Por eso, este tango “Cambalache” me sigue pareciendo el mejor en describir los tiempos que vivimos. Como siempre, Guatemala es el ejemplo perfecto de la descomposición social en la que estamos hoy día, esa descomposición que destruye a toda la humanidad. Esto es muy bien aprovechado por las grandes empresas capitalistas que, en su insaciable voracidad, bombardean a todo mundo, pero especialmente a nuestra juventud, con una serie de mensajes que incitan al consumismo irracional, bajo el argumento que más vale tener que ser. De esa cuenta, se privilegia la posesión de objetos y se desprecia la vida virtuosa que es la que, al fin de cuentas, nos da valor y nos hace mejores cada día.
Si a este consumismo contraponemos la pobreza en la que se encuentran sumergidos millones de seres humanos en todo el mundo, comprendemos entonces esa contradicción, esa angustia que se esconde en el corazón de muchos hombres y mujeres y que se expresa en la decadencia moral y delincuencia que nos agobia. Pues resulta que como es mejor tener que ser, y dado que no cuento con los medios económicos para atesorar cosas, no me queda otra que robar, pues de lo que se trata es que los demás me vean y me valoren por lo que tengo, aunque los medios para conseguirlo no sean lícitos.
Y ahí está también el mal ejemplo de nuestros politiqueros que con desfachatez y cinismo hacen alarde de la buena posición social que tienen, aunque todo mundo sepa que para lograrlo tuvieron que robar. Después el sistema los premia nombrándolos ministros o diputados, y la cosa queda como si nada hubiera pasado.
Como no soy ningún puritano no es mi intención lanzar moralinas a la gente. Mi intención es apelar al buen juicio, a la reflexión, al análisis que nos proporciona la filosofía, confiando en que nos demos cuenta de nuestras acciones y dejemos de premiar a quien no se lo merece. Como dijo Camus, “el éxito es fácil obtenerlo; lo difícil es merecerlo”. Y para merecerlo el único camino que tenemos es el de la virtud que es el justo medio y el hábito de las buenas acciones, tal como afirmó Aristóteles.
Por eso sería bueno que todos los días escucháramos el tango “Cambalache”, pues nos haría pensar sobre lo que estamos haciendo para saber si nuestra conducta es la correcta.

*Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
Prosophia.blogspot.com

viernes 14 de agosto de 2009

La decadencia de Occidente

*Harold Soberanis

Hoy día es muy común oír, de personas de diferente nacionalidad o condición étnica, hablar de la decadencia de Occidente y con ello resaltar el valor y la importancia de otras culturas, históricamente subordinadas a aquélla. A la cultura occidental le achacan todos los males del mundo: las guerras, las enfermedades, las crisis económicas y vaya usted a saber cuántas cosas más.
Sin negar el valor que puedan tener culturas como la China, la Hindú o la Maya, para sólo señalar algunas, me parece exagerado y un rasgo de ignorancia, culpar a la cultura occidental y todos sus productos, de los males del mundo de hoy y de siempre.
No me opongo a la reivindicación que se hace de esas “otras” culturas, pero lo que me parece rechazable, es que se les quiera idealizar y, a la vez, descalificar la cultura occidental de la que, nos guste o no, somos herederos.
La cultura occidental ha dado a la humanidad grandes aportes: la filosofía, la ciencia, el derecho, etc. Claro, también ha producido muchas aberraciones. Pero, ¿qué cultura no lo ha hecho? ¿O es que acaso por venir de estas culturas subordinadas, todas las prácticas que la configuran son válidas? ¿Puede ser válida, por ejemplo, el sacrifico de los prisioneros para adorar a supuestos dioses, o la castración de la mujer para que no sienta placer sexual? No creo que haya alguien quien, en su sano juicio, pueda defender semejantes prácticas irracionales.
La cultura occidental y el mundo que la refleja no es la única culpable de las cosas que suceden en este mundo. Esto viene a cuento porque recientemente escuché a un pensador chileno, señalar a la cultura occidental como el nido de donde surgen los males del mundo.
Creo que mucho de esta actitud de rechazo a todo lo occidental, viene por esa tendencia de moda a glorificar todos los elementos culturales de otros pueblos. Ahora resulta que en esas culturas reside la sabiduría del mundo, por lo que hay que volver la vista hacia ellas, tratando de encontrar la respuesta a todos los males que nos aquejan.
No niego que estas culturas puedan tener elementos valiosos que hay que rescatar, pero no hay necesidad de condenar todo lo occidental.
Este rechazo a la cultura occidental no es nuevo. Recuerdo que ya a finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, varios filósofos pusieron en duda el valor e importancia de la cultura occidental. Sobre todo, cuestionaron el proyecto de la Razón como la facultad humana por excelencia, con la que podíamos comprender la realidad. Este es un elemento que los griegos establecieron en su proyecto filosófico: tratar de comprender y penetrar el mundo, la realidad, desde la pura racionalidad.
Obviamente, esto ya no es posible. Es verdad que muchas aberraciones se han cometido en nombre de la Razón: las guerras, los genocidios, la explotación, etc. Pero culpar de todo lo malo a la Razón, me parece que no es el camino correcto.
En sociedades como la nuestra, donde el grado de violencia y descomposición social es altísimo, donde la vida no vale nada, donde la corrupción y el latrocinio son los valores predominantes, bien nos vendría un poco más de racionalidad, un poco más de guiar nuestra existencia social por los dictámenes de la Razón. Claro que el ser humano no se agota en la racionalidad. El hombre es mucho más que eso, pero la Razón, bien entendida, pude conducirnos por el sendero correcto. Por medio de ella podemos construir una sociedad mejor, más equitativa y justa.
Con la posmodernidad se cuestiona la Razón y se enfatizan otras esferas de la naturaleza humana. Se habla de la falta de referencias y se afirma que todo es válido. Se cuestiona la cultura occidental y se reivindican otras culturas. Esto ha traído como consecuencia que se haya derivado en un relativismo de toda índole. Ahora resulta que no es prudente tomar posiciones políticas, se condenan las ideologías y se dice que lo conveniente es no tomar partido. Se condena la derecha y la izquierda por igual y la moda es estar en contra de todo y a favor de nada.
Esto resulta grave, porque precisamente gracias a esa falta de toma de posición, no se plantea nada, ni se critica la realidad con bases teóricas fuertes, ni se proponen soluciones racionales a los problemas que nos aquejan. Todo vale y al final nada es valioso.
Señalar la crisis de la cultura occidental debería estimularnos a buscar soluciones, retomando los ideales originales de tal cultura. No se trata simplemente de hablar de una supuesta “decadencia” de Occidente, sino de señalar que la humanidad en su totalidad necesita una renovación de sus postulados para de ahí, plantear soluciones plausibles.
Pero antes de proponer soluciones debemos saber qué es lo que está mal. Se necesita hacer una crítica de la realidad, para obtener un diagnóstico de nuestra situación y a partir de ahí plantear posibles soluciones, pero sin despreciar la Razón, ni idealizar culturas.
Es imposible que nos pongamos de acuerdo en todo, pero deberíamos buscar los consensos mínimos que nos permitieran llevar a cabo una renovación de la especie humana. Personalmente, no creo que Occidente esté en decadencia ni que haya que rechazar todo lo que viene de esta cultura. Creo que la sociedad humana en general, está en crisis y que la única solución a nuestros problemas está en encontrar los puntos en común de todos los grupos humanos, tratando de consolidar aquellos valores que son vitales para nuestra preservación, ajustar a la realidad aquellos que haya que ajustar y olvidar los que ya no responden al contexto actual. Pero esto sólo es posible desde el ejercicio de la racionalidad, del diálogo abierto y honesto, de la toma de posición política y desde el planteamiento ideológico que nos define y nos da identidad.
Que quede claro que no menosprecio a esas otras culturas. Recordemos que toda cultura es invento humano y como tal tiene sus cosas buenas y malas. Lo que rechazo es esa inclinación a desvalorizar lo occidental a la vez que se glorifican las otras culturas, sin tomar en cuenta que todas tienen elementos que son condenables.
No se trata pues, de hablar de la decadencia de Occidente y de reivindicar sin más, a otras culturas, sino de ser críticos y analizar las cosas para juzgarlas como son. Y esto, insisto, sólo puede darse desde el ámbito de la Razón, ese gran invento de los filósofos griegos, constructores junto a otros, de la cultura occidental a la que debemos tanto.

* Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

miércoles 5 de agosto de 2009

Utopía y praxis

* Harold Soberanis

Es conocido que el Materialismo Dialéctico y el Materialismo Histórico son dos esferas de una concepción general de la realidad que pretende interpretar, dicha realidad, desde una posición fundamentalmente material. En este sentido, esta concepción se convierte en una filosofía o teoría general del universo.
Sin embargo, dicha filosofía no es sólo una interpretación de la realidad, no es sólo una teoría que nos explica los fundamentos de esa realidad, sino que es, sobre todo, la insistencia en la posibilidad de transformación de dicha realidad. Es decir que, el materialismo dialéctico y el materialismo histórico no se agotan en la pura interpretación de los hechos puesto que, lo que buscan en última instancia, es interpretar y comprender la realidad social con el fin principal de transformarla, modificarla de manera radical, esto es, desde la raíz.
Para muchos críticos de esta filosofía materialista, llevar a cabo una transformación radical de la realidad, realidad social en la que estamos inmersos, es una utopía, en el sentido de ser algo irrealizable, una quimera propia de poetas o soñadores.
Sin embargo, la utopía, como ya he escrito en otras ocasiones, no es sinónimo de irrealizable, no debemos entenderla como algo imposible, sino todo lo contrario, es decir, como la posibilidad de lo concreto.
Ahora bien, la realización de la utopía implica una práctica concreta puesto que alcanzarla no es posible desde la pura teoría. Esta, la teoría, debe articularse coherentemente con la praxis, como única vía posible de realización. De ahí la importancia de desarrollar una praxis lógicamente articulada, que despliegue las posibilidades infinitas de transformación de la realidad.
Considerar estas posibilidades y emprender acciones concretas que nos lleven a su realización, no es la utopía renacentista que vislumbraba una sociedad perfecta donde no existían conflictos entre los hombres. Es más bien la consideración de la utopía posible, la utopía que puede realizarse siempre y cuando se den las condiciones materiales para ello pero, sobre todo, los hombres emprendan acciones que la hagan real.
De esa cuenta, utopía y praxis son dos elementos de un proyecto político que debe desarrollarse en un movimiento dialéctico continuo, que vaya superando las etapas precedentes y desemboque en una sociedad humana más justa e igualitaria. Vislumbrar esta utopía no es una quimera, no es algo imposible.
Toda teoría debe tener un lado práctico, en el sentido de ser el instrumento por medio del cual se logre concretar. Por lo tanto, la praxis es fundamental para cualquier proyecto político. A su vez, la praxis debe estar sustentada en una teoría coherente.
El materialismo dialéctico y el materialismo histórico, como concepciones de la realidad, constituyen una utopía, la única que puede emancipar al hombre de las cadenas de la opresión que ha producido un sistema perverso en sí mismo. Ahora bien, la posibilidad de que dicha utopía se realice no depende únicamente de la coherencia que posea la teoría que la sostiene, sino también de la praxis que pueda desarrollarse.
Dicha praxis será el reflejo de acciones concretas que, hombres concretos, puedan emprender y que vayan posibilitando dialécticamente, la realización de la utopía.
Esta articulación, utopía-praxis, debe desarrollarse sobre la concepción materialista de la realidad, pero sin caer en mecanicismos, pues éstos no explican la realidad como es.
La utopía es emancipación del hombre, por lo tanto, implica una idea de humanismo, pero no de un humanismo idealista que disocia al hombre de su condición material en la sociedad, sino de un humanismo que resalta y profundiza la condición material primaria del ser humano. Considerar al hombre desde una perspectiva idealista, es negarle su verdadero ser. No se puede hablar, por lo tanto, del Hombre como una abstracción, sino del hombre concreto inmerso en un sistema económico específico cuya base es material. De ahí que al hablar del hombre debamos pensar en el hombre concreto y no en una abstracción dual. El hombre es, principalmente, materia y su mundo, primordialmente, material.
Por eso, la praxis que debe desarrollarse y que desemboca en la realización de la utopía, es una praxis concreta cuya base es material e implica una concepción del ser humano como un ser único, cuyo correlato fundamental es el mundo material en el que se encuentra. Esto es, una antropología materialista.
Solamente pensando la utopía como posible, se podrán desarrollar aquellas acciones que nos conduzcan a ella. Tales acciones deberán estar fundadas en una teoría coherente que logre explicar las condiciones reales del ser humano. A mi juicio, la única concepción filosófica que logra hacer esta explicación coherentemente, es el Marxismo. Por eso hay que releer el pensamiento de Marx a la luz de las condiciones actuales. Tal lectura, objetiva y crítica, nos permitirá ajustar aquellas tesis marxistas que necesiten adecuarse a los tiempos que vivimos, sin olvidar la praxis como vía de realización de la utopía.

* Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

miércoles 3 de junio de 2009

Benedetti

*Harold Soberanis

Ahora que ya han quedado atrás los homenajes y encomios de la obra y pensamiento del escritor Mario Benedetti, a raíz de su reciente muerte, deseo hacer, desde mi experiencia de un simple lector, algunas reflexiones sobre este gran hombre.
Es innegable la calidad literaria de la obra de don Mario Benedetti. Muchos escritores y especialistas han señalado atinadamente los elementos valiosos de sus poemas, cuentos y ensayos. De esa cuenta, es poco lo que yo podría agregar a la valoración de tan vasta obra. Por no ser crítico literario ni cosa parecida, mi juicio acerca de este distinguido escritor, es el producto de la lectura de sus obras, especialmente su narrativa, lectura que ha provocado en mi interior regocijo y emoción al descubrir en ellas maravillosos y profundos mensajes de amor, soledad, esperanza y sueños por cumplir.
Empero, en este momento lo que me interesa particularmente es referirme a su actividad y pensamiento político. Algunos autores ya han comentado algo al respecto, aunque creo que no suficientemente. Esto es entendible, pues su producción literaria es tan inmensa que ha ensombrecido un poco ese otro aspecto de su actividad intelectual.
Ubicado políticamente en la izquierda, don Mario ha hecho una serie de comentarios y señalamientos que buscan la reivindicación del ser humano en general. Ha criticado fuertemente las políticas neoliberales que no han producido más que pobreza y desigualdad en nuestras sociedades latinoamericanas. Este hecho, a mi juicio, ha revelado la naturaleza profundamente humana de don Mario, la cual también se refleja, naturalmente, en su literatura.
Aunque he leído algunas de sus obras narrativas y poemas, es su posición política la que más me ha atraído y por la que he llegado a admirarlo. Si bien no posee una fuerte formación teórica, en términos políticos, su vocación humanista y su marcada sensibilidad de artista, le han permitido acercarse a la gente de carne y hueso y compartir con ellos sus preocupaciones y anhelos.
Su propia experiencia le permitió tal acercamiento. Víctima injusta por decir lo que piensa sin dobleces ni eufemismos, vivió exiliado durante muchos años en diferentes países que le dieron cobijo y le estimularon a seguir con su producción literaria. Esta difícil experiencia le dotó de una profunda sensibilidad para sufrir los dolores de la condición del ser latinoamericano que es, en otras palabras, la condición de vivir en el continente más desigual del planeta.
Por eso sabía lo que era sufrir, sabía lo que significaba llevar una existencia desde la condición de ser marginado y explotado que es, al fin y al cabo, la condición de vivir en el sur de este continente. Estas certezas le dieron la fuerza necesaria para fustigar un sistema opresor, perverso en sí mismo, que deshumaniza y aliena al hombre. De ahí que su objetivo principal desde la esfera política haya sido promover la reivindicación del ser humano, alcanzar su emancipación de las cadenas alienantes del capitalismo.
Si bien el arte por sí mismo no transforma las condiciones materiales que enajenan al hombre, si ayudan a transformar su ser. Ninguna obra de arte ha detenido el avance voraz de los que dominan el mundo. Sin embargo, cuando la producción artística va acompañada de una posición política reivindicativa, la obra despierta las conciencias de los seres humanos, haciéndolos más solidarios.
Esto es lo que hace que las grandes obras trasciendan su tiempo y que hablen un lenguaje universal. El verdadero arte lleva en su seno la esperanza de un mundo mejor, da aliento a aquellos hombres y mujeres que en su soledad buscan una respuesta que les motive a seguir luchando por las causas que consideran justas, lucha que le otorga un sentido a su existencia, ya de por sí precaria e incierta.
Por eso la obra literaria de don Mario Benedetti ya ha trascendido el tiempo y el espacio y mucho tiempo después seguirá enviando su mensaje de amor y justicia, su deseo por la realización de un mundo mejor, menos desigual y más digno.
Con la muerte de don Mario el mundo pesa menos, su ausencia se resiente. Ya no escucharemos su voz pausada y sabia. Sin embargo, nos queda el consuelo de sus poemas y narraciones y nos queda, sobre todo, la autoridad de su pensamiento político, que no es producto de la academia sino de la experiencia humana concreta, del día a día, de la lucha codo a codo con los más desposeídos. Esto es lo que vale, pues hace de su obra algo universal e imperecedera y de su persona, un imprescindible.

*Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

martes 28 de abril de 2009

Globalización, homologación y competencias

* Harold Soberanis

Una de las últimas ideas que se ha expandido a nivel mundial, reflejo de una fase tardía del capitalismo, por lo demás un sistema en crisis, es la de la globalización. Tal idea significa, en términos capitalistas, la ampliación de mercados, productos y consumidores, pero nunca de la justicia o la igualdad. De esa cuenta, según la lógica perversa de este sistema, lo que hay que hacer es romper fronteras, al menos en sentido figurativo, y que tanto productos como seres humanos puedan movilizarse libremente para, como siempre, beneficio de todos, entendiendo por “todos” a los dueños del capital mundial.
Como parte de esa moda globalizadora, se ha iniciado desde hace unos pocos años y a nivel de la educación superior, un proceso de autoevaluación de todas las carreras que se ofrecen en las universidades. Dicho proceso tiene como finalidad última la homologación de estudios que, en un lenguaje más sencillo, significa que cualquier profesional, sea cual sea su especialidad, pueda movilizarse con facilidad a otro país y, sin tener que enfrentar todo el calvario burocrático que le permita ejercer su profesión, pueda hacerlo de manera fácil. En la Universidad de San Carlos, que es donde trabajo, este proceso está en marcha.
Lo que me preocupa de todo esto no es tanto que esta moda nos venga, como sucede siempre, de los centros de poder mundial quienes, a través de la imposición de estas políticas, se niegan a renunciar a su papel de dominadores. No. Lo que me preocupa y molesta es que nosotros, países periféricos y dependientes, aceptemos estas modas como si fuera la palabra de Dios. Sin chistar y como si fuera algo natural, seguimos los lineamientos de organismos internacionales al servicio del gran capital, bajo la amenaza que de no hacerlo, nos quedaremos al margen del progreso, seremos unos desfasados de la historia, pueblos trogloditas sin cultura ni futuro, etc; etc;
A todo esto me pregunto ¿y cuando hemos participado de la fiesta capitalista y sus innumerables bondades? Si acaso, hemos sido unos tristes espectadores que, del otro lado del cristal, contemplamos boquiabiertos el banquete que se sirve dentro (no recuerdo de quién es esta metáfora, pero viene muy bien al caso).
La historia de nuestros pueblos se ha construido sobre la base de la explotación, el abuso y el irrespeto. Tal herencia nos ha vuelto individuos sin conciencia, irreflexivos, sin sentido crítico de la realidad. El mismo modelo de educación que nos han impuesto, no es más que un modelo que busca reproducir el adocenamiento, la actitud acrítica, la mediocridad. Por eso somos indiferentes a las cosas que acontecen en el Estado. Ante la actividad política preferimos mantenernos al margen, permitiendo a todos los politiqueros que sigan haciendo de esta disciplina un negocio. Nuestra indiferencia les favorece a estos grupos, pues siempre son los mismos corruptos quienes “hacen” política, es decir, siguen despilfarrando y enriqueciéndose a nuestras costillas. Además de enriquecerse a costa de lo “político” han contribuido a pervertir la política, lo que ha provocado en la mayoría la percepción de que tal actividad es algo sucio, algo a lo que las personas decentes no se dedican.
Pues bien, esta actitud acrítica y conformista no nos permite reflexionar sobre el fenómeno de la globalización y todas las consecuencias que trae. Más arriba mencionaba que también la educación se ha visto afectada por esta moda globalizadora, de ahí que se haya iniciado el proceso de autoevaluación de todas las carreras.
A mi juicio, el problema no es éste, es decir, que se pretenda homologar las profesiones, si no que no seamos capaces de discernir y comprender la ideología de dominación que subyace a dicho proceso. Y lo peor aún, es que seamos los mismos docentes universitarios, supuestamente formadores de pensamiento crítico en nuestros estudiantes, quienes no nos cuestionemos sobre la conveniencia o no, sobre la validez o no, de tal homologación y la aceptemos y nos insertemos en dicho proceso sin la más mínima duda. Ahora resulta que no ha existido idea más genial que ésta, por lo que oponernos a ella es ir en contra del progreso y el bienestar de los pueblos. Es patético ver a algunos colegas desarrollando, dentro de la Universidad, talleres y conferencias sobre la necesidad y bondad de integrarnos a dicho proceso, pero con una actitud tan sumisa e irreflexiva que, de no saber que son universitarios, pensaríamos que son lideres de alguna secta religiosa que con la amenaza de irnos al infierno si no obedecemos, tratan de forzarnos a entrar al redil.
Y resulta tan ridícula esta moda que hasta en el lenguaje se hacen modificaciones. Ahora resulta que no hay que hablar de “objetivos”, sino de “competencias”. El lenguaje no es neutral e inocente respecto a la realidad de la que brota. Hablar de “competencias” revela una actitud un tanto egoísta e individualista, pues de lo que se trata no es de buscar objetivos en conjunto con el otro, sino de competir con el otro. ¿Y qué ideología fomenta la “competencia” y el individualismo? Una ideología que parte de la idea de que somos seres por naturaleza egoístas y que por lo tanto, de lo que se trata es de estimular tal egoísmo, pues éste nos llevará al bienestar y la felicidad.
Empero, no en todo el mundo aceptan estas modas como si nada. En España, por poner un ejemplo, hace pocos meses, los profesores y estudiantes de humanidades se han opuesto al Plan Bolonia, que es la versión europea de lo que para nosotros es el proceso de autoevaluación y homologación de las carreras. Se han opuesto a dicho plan, porque en él se establece que se deben reducir las horas de enseñanza de la filosofía en función de las materias científicas. Sin negar la importancia de la ciencia, no se puede concebir al ser humano alejado de aquella esfera del saber que cultiva el espíritu y el intelecto y que es, entre otras cosas, lo que nos diferencia del animal. La oposición al Plan Bolonia ha sido fuerte y han logrado algunas conquistas. ¿Por qué en Guatemala y sobre todo en la Universidad de San Carlos no se hace algo similar?
Ya sé que los profetas del mercado dirán que veo fantasmas donde no los hay y que sufro de algún tipo de esquizofrenia que me hace ver intrigas de grupos anónimos y oscuros que confabulan a nivel mundial para hacernos pensar lo que les conviene. Pues que digan lo que quieran. Lo que yo persigo es que nos tomemos, amigo lector, un tiempo para reflexionar sobre todo esto y tratemos de encontrar y analizar las creencias e ideas que, como trasfondo, sostienen esta moda globalizadora que ya ha impactado en todos los ámbitos de nuestra vida.
Es necesario que el tipo de educación que reciben nuestros hijos cambie y fomente en ellos el pensamiento crítico, la reflexión, el análisis y la comprensión de la realidad. Estas habilidades las estimula muy bien la filosofía, por eso he insistido, y seguiré insistiendo, en que la enseñanza de la filosofía es urgente a todo nivel educativo. Esta es la única salida para dejar de ser una sociedad adormecida y conformista.}

* Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

jueves 16 de abril de 2009

LA ÉTICA ESTÁ DE MODA

*Harold Soberanis
haroldsoberanis@usac.edu.gt


Así parece, si tomamos en cuenta la cantidad de seminarios, cursos, talleres y otras actividades que a diario se ofrecen por cualquier medio de publicidad. La mayoría de éstas, aseguran que la persona que asista saldrá de ahí siendo una persona nueva, con una renovada visión de la vida y, lo que es mejor aún, muy optimista para enfrentar los desafíos de la vida cotidiana. A juzgar por la cantidad de actividades que se publicitan, se puede inferir que las personas están muy interesadas en este tipo de charlas. Esto nos hace pensar que la gente está convencida de la necesidad de orientar su vida por principios fundamentales de conducta que le permitan, a lo largo de su existencia, ser mejores seres humanos. Sin embargo, tengo la percepción de que quienes van a estas actividades (que por cierto tienen un alto costo) quedan muy frustrados pues no salen de allí siendo mejores que cuando entraron, y esto porque por lo general, quienes se autoproclaman ser expertos en el tema, no tienen ni la más mínima idea de lo que es la ética. Estos “expertos”, en el mejor de los casos, lo que hacen es diseminar moralinas que, por definición, no tienen ninguna base teórica, pues se sostienen sobre una serie de prejuicios trasnochados y absurdos.
De esa cuenta, estos charlatanes disfrazados de “expertos” se hacen ricos a costa de la ignorancia y necesidad de los demás. Me parece que la gente está consciente de la necesidad de guiar su vida por valores y principios, como una forma de búsqueda de ser mejores. Sin embargo, se equivocan en la selección de las personas que les pueden orientar y de las actividades a que deben ir. De ahí la necesidad de reflexionar un poco sobre este tema.
La ética, para empezar, no es lo mismo que la moral. De hecho, aquélla es para los especialistas, es decir, los filósofos pues la ética, en un sentido estricto, es la reflexión y análisis teórico sobre los principios que deberían guiar la conducta humana. Esta es una disciplina que se mueve dentro del “debería ser”, esfera a la que pertenece, por su propia naturaleza, toda la filosofía.
La moral, por su parte, se refiere al aspecto práctico de la conducta. Se puede entender por moral el conjunto de normas o reglas concretas que nos dicen cómo actuar. Son normas o reglas que todos deberíamos cumplir dentro de la vida social para que ésta fuera posible. Ningún pensador, antiguo o moderno, propone la eliminación de normas morales que orienten la vida social. Cuando algún filósofo rechaza un tipo o código específico de moralidad (el cristianismo, por ejemplo) lo hace por lo que esa moral representa respecto al sistema filosófico que él propone, pero en ningún momento declara que se pueda vivir sin ningún tipo de restricción o normativa moral. Piénsese, por ejemplo, en Nietzsche, Sartre, Marx o Freud.
Ahora bien, lo que sucede es que en el lenguaje cotidiano tendemos a confundir ambos términos y utilizamos “ética” y “moral” como sinónimos. Empero, en sentido estricto no son lo mismo. Las personas son moralmente buenas o no. Observar y cumplir con algún tipo de reglas me hacen ser mejor moralmente. No respetar ningún ordenamiento me convierte en un ser inmoral. Pero no se es más ético o menos ético, por el hecho de respetar o no ciertas normas. Lo que quiero decir es que las personas son morales o inmorales, según cumplan o no con ciertas reglas de conducta. Pero no son más éticas o menos éticas dependiendo de si guían su vida por normas morales o no. Acá lo que se da es una confusión del lenguaje común.
¿Qué me hace ser mejor moralmente? Pues el cumplimiento de determinadas normas morales. Hay personas que llevan una vida intachable (en la medida de lo posible, pues no hay nadie que sea absolutamente bueno o malo moralmente hablando), que mantienen una conducta ejemplar y no obstante nunca en su vida han leído un tratado de ética. Simplemente, ajustan su vida a aquellas normas que les parecen deseables. Asimismo, hay quienes devoran tratados enteros de filosofía moral (ética) y sin embargo, llevan una vida que es una vergüenza. Es que una cosa no implica necesariamente a la otra. De donde se infiere que lo que me hace ser mejor, como agente moral, no es la cantidad de libros o tratados de moral que pueda leer, sino la observancia que haga de aquellas normas que me posibiliten convertirme en un ser más digno.
La ética tampoco es receta de cocina. Muchas personas que se acercan a estos cursos o conferencias que señalaba arriba, lo hacen con el ánimo de que el supuesto “experto” les revele la fórmula mágica que les haga ser mejores personas. Esperan que les indique, cual receta de cocina, los pasos que deben seguir para obtener el tan anhelado bocadillo moral y sentirse bien consigo mismos.
Otro tanto de confusión sucede con los llamados códigos de ética profesional. La ética es una sola disciplina filosófica que se orienta, repito una vez más, a la reflexión y análisis sobre los principios que sirven de fundamento a la conducta moral. De ahí que a lo que se refiere, cuando se habla de un código de ética profesional, es a establecer normas concretas y precisas de conducta para alguien que ejerce determinada profesión. Sin embargo, si observáramos una conducta moral adecuada socialmente, deberíamos de ser capaces de aplicar las mismas normas a nuestro ámbito profesional, porque lo que es válido en mi vida cotidiana (la honestidad, honradez, veracidad, solidaridad, etc.,) lo es en cualquier otra esfera de mi existencia.
Una verdadera ética, debe estimularnos a la reflexión como medio para descubrir racionalmente aquellos principios por los que debo guiar mi conducta y ser, en cada elección que haga, un ser más digno. Asimismo, debería impulsarnos a una actitud crítica que nos haga cuestionarnos de nuestras propias creencias a fin de encontrar principios sólidos que garanticen que nuestra forma de actuar es la deseable. En fin, una formación ética debería hacernos mejores en la medida en que los fundamentos sobre los que apoyamos nuestro actuar, son el resultado de un proceso racional, de una meditación profunda y no la consecuencia de palabras vacías y charlatanería.
De ahí que las personas que buscan hacer de sí mismos y de sus vidas algo mejor, deberían acercarse a los filósofos que son, como ya lo dije más arriba, los especialistas en el tema. Estos no van a darles recetas de cómo actuar bien, sino que los van hacer reflexionar para que, por ellos mismos, descubran racionalmente dentro de sí, esos principios que habrán de orientar su acción dentro del contexto social. Para Sócrates esta era la verdadera tarea del filósofo pues, según este pensador griego, la verdad reside dentro de cada uno y lo que el filósofo hace es guiar a cada quien para que por medio de un proceso racional alumbre, cual luz eterna, dentro de sí y descubra por sus propios medios esa verdad que, equivocadamente, cree hallar fuera.
Aún queda por abordar el tema de los valores, pero eso será en otro artículo.

*Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos d

viernes 10 de abril de 2009

Sobre los valores

* Harold Soberanis


En un artículo anterior me referí a la tendencia que, en nuestro medio, se ha dado últimamente respecto a la excesiva oferta de actividades tan disímiles como seminarios, talleres, cursos y/o diplomados sobre ética o valores o cosas parecidas. En éstos se ofrece enseñar, a quienes asistan, a ser mejores personas por medio de unas cuantas formulas mágicas y, lo que es aún más importante, les prometen que encontrarán la felicidad absoluta. Ante la cruda realidad de los tiempos que corren, donde la soledad y el sinsentido de la existencia son cosas comunes, muchas personas están hambrientas de encontrar la clave de la felicidad y el bienestar, por lo que incautas, se dejan llevar por los ofrecimientos de todos estos charlatanes que lo único que buscan es enriquecerse a costa de su ignorancia.
En esa ocasión, señalaba el riesgo de asistir a esas actividades sin el más mínimo sentido crítico pues, lo que de hecho se hace en ellas, es lanzar moralinas a las personas y nunca estimularlas a que por medio de la reflexión descubran por sí mismas el valor moral de sus acciones o los principios que deberían orientar sus vidas.
Reflexionar para descubrir tales principios que son, en última instancia, los que deberían dirigir nuestra vida moral, es lo que busca un análisis serio sobre la acción humana. En otras palabras: esto es lo que busca la Ética, es decir, la reflexión teórica, filosófica sobre el comportamiento de las personas. Como resultado de ese análisis, de esa autorreflexión, tendríamos que encontrar aquellos principios que orientaran nuestra interrelación con los demás, a fin de que actuáramos apegados a lo moralmente bueno. Esto es precisamente lo que le falta a todos estos cursitos y talleres que ofrecen hacer de las personas mejores seres humanos, pues no estimulan ese sentido crítico que toda acción humana conlleva y se limitan a repetir recetas de buena conducta pero sin decir cómo se llega a ella o qué significa ser bueno.
Aprendemos a reconocer lo bueno o malo, lo moral o inmoral, la bondad o maldad de nuestros actos y los de los del prójimo, desde la reflexión seria, honesta y profunda de aquello que les concede, a tales actos, su moralidad. Esto es, en otras palabras, reconocer la esencia moral de las acciones humanas. Gracias a esa reflexión, descubrimos aquellos principios deseables que deberían orientar la acción de todos. Ese descubrimiento y aprehensión es posible sólo, pues, desde la meditación filosófica y nunca a través de moralinas o supuestas formulas mágicas. Estimular y fomentar dicha reflexión en todas las personas para que ellas mismas por medio de su Razón encuentren esos principios que les de sentido y validez a sus acciones, es la verdadera tarea del filósofo de la moral.
Al final del artículo ya mencionado ofrecía ocuparme, en una posterior entrega, del tema de los valores. Por diversas razones fui postergando tal ofrecimiento hasta que un amable lector me lo recordó.
Tratar de encontrar una única definición de valor, un único significado de él, es una tarea de suyo difícil pues, como sucede con todos los términos filosóficos, no existe unanimidad sobre qué es. Empero, intentaré dar una idea de lo que a mi juicio se debe entender por valor, tomando en cuenta los rasgos en común que, las diversas significaciones sobre él, tienen entre sí.
Una primera aclaración se hace necesaria: ésta se refiere a si es correcto hablar de “valores éticos” o “valores morales”. Bueno, la distinción entre estas expresiones es la misma que se aplica a la diferencia entre “ética” y “moral”. He dicho varias veces que ambos términos se tienden a usar como sinónimos pero, en un sentido estricto, no son lo mismo. En efecto, la ética es cosa de los profesionales, es decir, de los filósofos y se ocupa de analizar racionalmente el fundamento y la validez de la moral. Esta vendría a ser la parte práctica, las normas concretas de acción, los códigos que nos indican cómo actuar. Tales códigos deben estar asentados en ciertos principios que reconocemos como legítimos. Descubrir, analizar y comprender tales principios es la tarea de la ética y del filósofo de la moral.
Con lo dicho anteriormente, podemos inferir que los valores son morales y que quien se ocupa de analizar su validez, alcance, sentido y legitimación es la ética.
Otro problema que surge en torno a los valores es si éstos son objetivos o subjetivos. Algunos filósofos y escuelas filosóficas sostienen que son objetivos. Por ejemplo, para los antiguos griegos, los valores son objetivos, pues no son producto de la creación humana, no son elaborados por nuestra conciencia, existen fuera de ella y nuestra Razón lo que hace es descubrirlos. Es el caso de Sócrates, Platón y Aristóteles quienes creen que los valores tales como justicia, bondad, belleza, etc; no son creación humana, pues existen independientemente de nosotros y precisamente porque no dependen del ser humano, es que sirven de principio rector de la conducta de los hombres. Gracias a que son objetivos tales valores son universales y absolutos. Esto significa que independientemente de la época o sociedad particular, los valores son siempre válidos y los mismos para todos.
En contraposición a este planteamiento, otros filósofos y escuelas filosóficas, afirman que los valores son subjetivos, es decir, son creaciones humanas que, dependiendo de la época o circunstancias históricas, surgen en un momento determinado y cobran validez y sentido únicamente dentro de ese contexto.
Según estos pensadores, cuando reconocemos algo como valioso es porque vemos en ese objeto o acción algo que nos es útil. Por lo tanto, el que algo sea o no valioso depende de nosotros, está en nuestra conciencia moral y no en el objeto o acción en cuestión. Es decir que, lo valioso no es objetivo sino subjetivo pues depende de la valoración particular del sujeto. Lo que resulta bueno o malo para alguien puede ser lo contrario para otro.
Además, como afirmará Marx, los valores morales que predominan en una época, responden o son expresión de la clase dominante, por lo tanto no son objetivos, al menos no en el sentido clásico, puesto que son la expresión ideológica de los grupos de poder quienes, interesados en que no se transforme la realidad, propugnan determinados valores que toda la sociedad debe seguir con el fin de mantener el statu quo vigente. Piénsese, por ejemplo, en las propuestas de reforma que a la Constitución hace el grupo ProReforma. En la base de tales propuestas subyace toda una serie de valores que no son más que la expresión de intereses de clase, en este caso de la oligarquía chapina.
Otra manera de considerar a los valores como principios que dirigen la acción humana, sería el caso de los Derechos Humanos. En este sentido, los Derechos Humanos vendrían a ser puntos de referencia a los cuales debemos ajustar nuestra conducta con el fin de alcanzar una convivencia social pacifica y digna.
Este, y otros temas relacionados a la ética y los Derechos Humanos, serán abordados en un taller al respecto desarrollaré los días 25 de abril y 2 y 9 de mayo en La Casa de Cervantes, de 16:00 a 18:00 horas. En esta actividad se dará material y constancia de asistencia y podremos discutir abiertamente sobre cuestiones relativas.

*Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.



miércoles 1 de abril de 2009

Sobre la injusticia de las leyes

*Harold Soberanis
haroldsoberanis@usac.edu.gt


En el diario La Hora del 30 de agosto, aparecen dos notas sobre el problema de la justicia en Guatemala. En el primero, titulado “¿A dónde se inclina la balanza de la justicia?” su autor hace un análisis de dos casos en los que las leyes se inclinan a favor de grupos económicamente poderosos. El primer caso, se refiere a la compañía Montana que se dedica a la extracción minera en una región de San Marcos. Los habitantes de San Miguel Ixtahuacán se oponen a que opere en ese lugar dicha compañía, alegando que la extracción de metales provoca severos daños al ambiente. Tal oposición se basa, según entiendo, en el derecho humano a un ambiente sano, el cual está contemplado en nuestra legislación. El segundo que señala el autor de dicho artículo, es el de la empresa Cementos Progreso (¿?) que busca instalar una sucursal en San Juan Sacatepéquez. En este lugar, también sus habitantes se oponen a que ahí opere esta compañía alegando, al igual que la otra comunidad arriba señalada, que los daños a la salud de la población son irreversibles y que la ley les garantiza su derecho a un ambiente limpio. En ambos casos los encargados de hacer justicia han actuado lentamente, evidenciando el favoritismo hacia las dos poderosas empresas y mostrando total desprecio por los intereses de la comunidad que, por principio, deberían estar por encima de los privados.
La otra nota a la que deseo referirme es el artículo del Licenciado Oscar Clemente Marroquín, “¿Cuál institucionalidad y cuál estado de Derecho?”. En este escrito el Licenciado Marroquín señala el énfasis que algunos grupos de poder hacen sobre la necesidad de mantener la institucionalidad y el estado derecho a toda costa, aún cuando las condiciones materiales de la población sean cada vez más precarias, producto de la corrupción, el irrespeto a la ley, el abuso de poder, la impunidad, etc. Ante esta realidad el autor del artículo de marras se pregunta si vale la pena, bajo el argumento que se debe proteger la institucionalidad y el estado de derecho, seguir manteniendo un sistema de justicia ya fracasado.
Los ejemplos sobre la injusticia que se comete, apoyándose en la misma ley son incontables. Podríamos seguir hasta el infinito. Y estos no se dan solamente entre grupos poderosos y comunidades pobres que, por lo mismo, no tienen a la justicia de su lado. También se dan, por ejemplo, entre personas individuales. Me viene a la mente el caso de aquellos padres que, por diversas razones, se ven enfrentados a sus parejas y que para resolver sus diferencias recurren a un tribunal de familia. En principio y a priori, las leyes protegen a la mujer, sin considerar si ésta merece ser protegida, si ha sido una madre competente, si ha sido un apoyo para el esposo, etc. Sin mayor reflexión se descalifica al hombre por el simple hecho de serlo y se cometen una serie de injusticias fundándose en la ley. Aunque las resoluciones pueden ser legales, no necesariamente son legítimas y mucho menos apegadas al principio de justicia que, por definición, toda ley debería contemplar. Se tiene aún muy arraigada la imagen romántica de la madre amorosa y abnegada producto de, y he aquí la paradoja, una cultura machista. Es bien sabido que hay muchas madres que son totalmente lo opuesto a esa imagen que hemos ido configurando (como parte de un imaginario colectivo) y que existen muchos padres que son mejores que aquéllas en el cuidado y educación de los hijos. Pero esto a los encargados de impartir justicia no les importa y apegándose a la ley cometen muchas injusticias contra lo padres como obligarles a pagar una pensión alimenticia que rebasa sus posibilidades económicas, negarles la tutela de los hijos, etc. También en estos casos, pues, se actúa en contra del espíritu de la ley que, por principio, debería se equitativa. No se puede pretender reparar una injusticia, cometiendo otra.
De esa cuenta uno se pregunta si el sistema de justicia que tenemos vale la pena cuidarlo o, si por el contrario, se debe reformar totalmente. Claro que esto se conecta con la legitimidad y moralidad de las leyes. Ahora bien, el problema que surge aquí es que, siendo los abogados quienes hacen la ley, muchos de éstos no tienen la suficiente calidad moral para hacerlo y van dejando vacíos en la legislación que después son aprovechados por ellos mismos para retorcer las leyes a su conveniencia. Por supuesto que hay verdaderos juristas, honestos y capaces, que al crear la ley lo hacen apegados a principios fundamentales de moralidad, pero son los menos.
Los filósofos antiguos afirmaban que la legitimidad de la ley deriva de su fundamento moral, es decir que, para que una ley sea no solamente legal, sino moralmente legitima, debe estar fundada en principios morales universales, sobre todo sobre el principio de justicia.
La reflexión sobre el sistema de justicia que tenemos y sobre la necesidad de construir y conservar un estado de derecho pasa, pues, por el análisis de las leyes, de quienes las hacen y de quienes las ejecutan. Dicha reflexión debería llevarnos a establecer si las leyes en este país, están basadas en principios absolutos y universales que se reducen al concepto moral de Justicia. También, debería hacernos pensar sobre la condición moral de quienes están llamados a ejecutar las leyes. Muchos abogados se prestan a prácticas indecentes y protegen a priori a quien no merece ser protegido, muchas veces porque están presionados por grupos de poder que desean actuar en función de lo “políticamente correcto”, sin pensar si esa actuación responde al valor de la Justicia. Si quienes por su profesión, son los encargados más idóneos de velar por la justicia y son quienes precisamente la violan a conveniencia, ¿qué pasará con el ciudadano medio que no tiene voz ni voto en la elaboración y ejecución de las leyes?
Uno de los significados, que se infiere del análisis etimológico del término “derecho”, nos dice que el derecho se puede entender como lo recto, lo justo, lo apegado a normas de validez universal, en contraposición a lo tortuoso, lo enredado y, por lo tanto, lo injusto. Si se comprende el sentido profundo del término, se podrá comprender porque la ley debe estar basada en el principio fundamental de Justicia y, en consecuencia, la actuación de jueces y abogados debería estar regida por tal principio.
De ahí que el problema de si un cuerpo de leyes realmente contiene y preserva el principio de Justicia es algo que compete a todos los profesionales y ciudadanos. Nadie debería ser indiferente ante el nivel de descomposición y tergiversación de las leyes. El derecho, la esencia de las leyes y su sentido de justicia es algo tan importante que no debería estar solamente en manos de los abogados.

*Licenciado en Filosofía, profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

sábado 21 de marzo de 2009

El problema filosófico del conocimiento

* Harold Soberanis

Como es bien sabido, la filosofía se ocupa de la realidad en su totalidad. Este es un rasgo característico del proyecto filosófico racional que nace en el seno de la cultura clásica griega. De esa cuenta, todo lo que acontece en la realidad es motivo de reflexión y análisis de parte del filósofo. El conocimiento, como un hecho que se da en la realidad humana, no podía quedar al margen de la especulación filosófica, por lo que muchos filósofos, desde la antigüedad hasta nuestros días, se han ocupado por comprender y definir el conocimiento.
A diferencia del psicólogo o el sociólogo, al filósofo lo que le interesa respecto al conocimiento es su fundamento, su porqué, su sentido y alcances.
Así, Kant, por ejemplo, es uno de los pensadores que más ha dedicado sus esfuerzos intelectuales a comprender el fenómeno del conocimiento. En su famosa obra La crítica de la Razón Pura, el filósofo de Könisberg intenta definir los límites del conocer y con ello, determinar el sentido de aquello que llamamos conocimiento. Es decir, la empresa que se propone Kant es superar tanto el optimismo ilimitado del Racionalismo que considera que la Razón es tan poderosa que puede conocer absolutamente todo, hasta las limitaciones del Empirismo que, con su insistencia en la experiencia individual como inicio del conocimiento, niega la misma ciencia pues ésta, aun cuando se refiera a hechos empíricos individuales pretende establecer leyes de carácter universal.
De esa cuenta, Kant dedicará buena parte de su obra a analizar el conocimiento para determinar sus límites y alcances, llegando a la conclusión, discutible por supuesto, de que desde la Razón teorética lo único que nos es posible conocer es el fenómeno de las cosas y nunca su esencia. Ésta se nos da en la esfera práctica, pero nunca en la teórica.
Por supuesto que esta tesis kantiana ha sido refutada de muchas maneras, pero también es cierto que ha dado importantes frutos dentro del campo de la filosofía. Empero mi intención no es abordar y discutir el pensamiento de Kant, sino mostrar cómo el conocimiento es, y ha sido, un problema filosófico del que se han ocupado innumerables pensadores desde la antigüedad hasta nuestros días, un problema que es importante abordar desde la perspectiva filosófica y cuyos resultados pueden servir de base teórica a otras disciplinas que se ocupan del mismo fenómeno.
Resulta imprescindible problematizar el fenómeno del conocimiento, pues de la concepción que tengamos de él deriva una serie de consecuencias que influyen en otras áreas del saber humano. Piénsese por ejemplo en la educación, el arte o la ciencia.
Dependiendo de la concepción que tengamos del conocimiento así será lo que entendamos por educación, pongo por caso. El educador, el verdadero pedagogo, no puede estar al margen de una concepción filosófica del conocimiento, pues de ahí dependerá cómo asuma su labor pedagógica. La falta de una teoría del conocimiento, una teoría fundada en principios filosóficos, derivará, inevitablemente, en una propuesta pedagógica inconsistente.
Por supuesto que no basta una concepción del conocimiento para configurar una teoría educativa que efectivamente contribuya al desarrollo integral de la persona humana. También son necesarias, una antropología, una concepción del mundo, una filosofía de la ciencia, etc. Lo que me interesa señalar es que sin una teoría del conocimiento – como un elemento importante a considerar - que sirva de fundamento a una concepción de educación, ésta se desvirtúa, pierde su objetivo principal que es hacer del ser humano un ser que desarrolla todas sus potencialidades en beneficio propio y de la sociedad a la que pertenece. No sabremos qué enseñar al sujeto de la educación, sino sabemos previamente cómo dicho sujeto conoce y asimila la realidad. Esto es importante, pues sin tener claro cómo abordamos y comprendemos la realidad, difícilmente podamos transformarla, y esto es, en última instancia, de lo que se trata.
Por otro lado, no solamente la teoría educativa necesita de una concepción del conocimiento. Todas las actividades que desarrolla el ser humano en sociedad, requieren de una comprensión mínima de lo que es conocer. De ahí la importancia que reviste la especulación filosófica al respecto. De ahí lo importante que es conocer las teorías del conocimiento que se han propuesto desde la antigua Grecia.
Claro que esto no interesa al común de los mortales. El hombre de la calle, ni siquiera se plantea si conoce o no, él da por sentado que conoce el mundo que le rodea, que ese mundo es tal cual él lo percibe, por lo que cuestionarse acerca de qué conoce, cómo conoce y qué es conocimiento ni siquiera son temas de los que debe ocuparse. Es más, el hombre común desconfía del filósofo que se hace todas estas preguntas, llegando a considerar la tarea de éste es algo inútil, sin ningún beneficio, una pérdida de tiempo, como un estar eternamente en las nubes.
Viniendo del hombre común esto es comprensible. Lo que ya no resulta aceptable, es cuando estas consideraciones son planteadas por profesionales, pues es imperdonable en aquellos que tienen una formación académica, que vean con desdén y desconfianza la especulación filosófica respecto a la capacidad cognoscitiva del ser humano.
Asumir una teoría del conocimiento puede ayudarnos a comprender cómo se da en nosotros este fenómeno. Dicha teoría nos permitirá conocer el proceso interno que nos conduce a la aprehensión de la realidad. La manera de abordar esa realidad como una totalidad o una red de interrelaciones, nos permitirá comprender su génesis y alcances. También contribuirá a disciplinas como la psicología, a encontrar un fundamento epistemológico sobre el que se pueda desarrollar una teoría de la comprensión a lo interno de la psique humana. Es decir que, cualquiera sea la perspectiva desde la que contemplemos el conocimiento, la filosofía permitirá al especialista configurar una teoría que le ayude a explicar y fundamentar el fenómeno del conocimiento, lo que le garantizará, en última instancia, que su propia teoría se ha edificado sobre base sólidas, lo cual le dará una certeza y garantía de que su planteamiento es consistente y posee cierta validez.
Hacer lo contrario, es decir, proponer una explicación del conocimiento pero sin apoyarse previamente en una teoría filosófica del mismo, hará que tal propuesta carezca de bases firmes, por lo que será como un edificio sin cimientos, como algo que flota en el aire y que, inevitablemente, tarde o temprano se vendrá a tierra.

*Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

martes 17 de marzo de 2009

Sobre la educación

*Harold Soberanis
haroldsoberanis@usac.edu.gt


Las sociedades actuales atraviesan un período de crisis que se manifiesta de diversas maneras: la expansión de la pobreza, el aumento de la violencia, de la corrupción, de la injusticia, etc. Toda esta descomposición social se refleja, naturalmente, en la degradación de las acciones del ser humano. Para muchos, la vida ya no tiene ningún valor: se mata a otra persona para robarle un celular o unos pocos billetes. Muchos se dedican, como forma de ganarse la vida, a matar por encargo (qué paradoja: ¡matar para vivir!).
Observo toda esta problemática sin la menor intensión de lanzar moralinas o provocar el escándalo como, hipócritamente, hacen esas santas señoras cuando, al salir de la misa de domingo se ruborizan al ver una pareja besándose en la calle, pero ignoran intencionalmente la miseria que las rodea.
Muchas veces he dicho que una de las posibles soluciones a esta degradación de la vida social está en la educación de las generaciones jóvenes. Empero esta educación debe ser de una naturaleza distinta a la que actualmente se practica.
Creo que una verdadera educación debe liberar al ser humano de prejuicios y condicionamientos mentales a los que ha sido programado por una realidad injusta y desigual. Ya no se puede seguir cultivando una educación que llena de datos la mente de los niños y jóvenes, con el único objetivo de saturarlos de información que no les ha de servir para nada. Una verdadera educación debe estimular en los seres humanos la reflexión y generar un pensamiento crítico que les permita ser observadores y actores responsables, involucrados en su realidad social.
A mi juicio, una educación de tal índole debe estar fundamentada en una concepción humanística del hombre, es decir, debe basarse en aquellos principios universales del humanismo clásico que ve al ser humano como el punto más alto de la evolución, resaltando sus atributos, virtudes, y alcances, a la vez que no olvida sus imperfecciones. No se puede educar a los niños y jóvenes sin una concepción antropológica previa, lo que nos lleva a resaltar la articulación entre pedagogía y filosofía, pues ésta proporciona una concepción del hombre fundamentada en principios revelados por la razón, y ninguna concepción pedagógica se puede desarrollar si no cuenta con una definición de hombre. No se puede tener una idea de educación que esté divorciada de la filosofía, pues sería como algo que está en el aire, sin bases. Esto es lo que ha ocurrido en los últimos años, donde la formación de quienes van a formar maestros que, a su vez van a educar a nuestros niños, no poseen una formación filosófica pues consideran que ésta no sirve para nada y que la única razón por la que existe dentro del pensum es para entorpecerle sus estudios ya que la prisa por graduarse e insertarse al mercado laboral les apremia.
Esto ha dado que tengamos, en los últimos años, maestros sin la más mínima formación humanista. Pero la culpa no es de ellos sino de las facultades y centros de formación donde estudian.
El desprecio a la educación por parte de los gobiernos de turno ha provocado seres humanos sin vocación ciudadana. Claro, esto ha favorecido los intereses de las clases dominantes, pues una sociedad sin criterio ni formación cívica es más fácil de manipular. De ahí que el nuevo modelo de educación deba propiciar, entre otras cosas, la ciudadanía, esto es, la capacidad y el interés de las personas por involucrarse en los asuntos del Estado, tal como aspiraban los filósofos griegos, pues tales asuntos, por definición y en tanto ciudadanos, deben importarles.
Podemos pensar en la educación como un proyecto a largo o mediano plazo, por medio del cual se pueda reeducar a la sociedad con el fin de que los valores encarnados en la Constitución, sean internalizados por todas las personas. Esto, claro, implica transformar el proyecto neoliberal que, afortunadamente, en los últimos días ha entrado en crisis.
Así pues, considero que una verdadera educación puede permitirnos vivir los valores éticos en la vida cotidiana. Pero tal modelo de educación, insisto, debe estar fundamentada en una sólida base filosófica que le permita al individuo ser consciente de la importancia de encontrar principios válidos para su acción.
Tengo la percepción de que el modelo de educación actual lo único que consigue es adocenar a la gente, convirtiendo un proceso liberador en algo alienante. Ahora bien de nada serviría implementar una nueva forma de educación, que buscara hacer del individuo un ser crítico, participativo y liberado, que actuara en función de nobles valores, si las condiciones materiales de la sociedad en las que se inserta, no cambian.
En efecto, poco útil puede ser un proceso educativo que regenere al individuo, si las condiciones o el modelo económico-social vigente sigue siendo el mismo. En otras ocasiones he señalado que el capitalismo como tal, lleva dentro de sí un elemento perverso, pues no sólo desvirtúa las relaciones que se establecen entre el trabajador y el empleador, sino que desvincula a la misma persona dentro de su psiquis, haciéndole ver la realidad como un hecho fragmentado e inconexo. Esto es lo que el materialismo histórico denomina enajenación. Ésta se produce no sólo entre el trabajador y el objeto trabajado, sino a lo interno del individuo, separándolo de sí mismo y del resto de la sociedad.
De esa cuenta pues, implementar un nuevo modelo de educación implica transformar la base material de las sociedades, modificando el paradigma económico imperante a fin de armonizar unas relaciones de producción más humanas con el sentido moral del hombre nuevo.

*Profesor titular de Filosofía, -departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC

lunes 9 de marzo de 2009

Poesía y Filosofía como búsqueda del Ser

Harold Soberanis*
A mi amigo Daniel Alarcón

Heidegger afirmaba que el lenguaje es la casa del Ser. Había leído a los grandes poetas en lengua alemana y por eso conocía bien la esencia de la poesía y el papel que ésta jugaba en la aprehensión del Ser. El lenguaje poético, de alguna manera, capta el Ser de la realidad. En este sentido, se establece una relación fructífera entre poesía y filosofía. Ambas se articulan e interrelacionan, posibilitando el acercamiento del hombre a la esencia de la realidad en tanto que persiguen captar su estructura más íntima.
Sin embargo, aunque poesía y filosofía persigan el mismo fin, lo hacen recorriendo senderos distintos. Para aquélla, el camino ideal será el de la subjetividad expresada en los sentimientos, deseos y temores más íntimos, es decir, será el camino de lo irracional, pues sentimientos, deseos y temores no pertenecen a la esfera de la Razón.
Para la filosofía, por el contrario, la vía perfecta será la de la Razón que se puede simbolizar en la exigencia de claridad y distinción cartesianos y que, apoyándose en sus propias estructuras lógicas, recorre el camino totalmente opuesto de la primera.
La poesía prefiere dejar escapar los instintos y demonios que llevamos dentro, en la creencia de que ellos expresan lo que verdaderamente somos, sentimos o pensamos. En este sentido, el psicoanálisis con su insistencia en que muchos de nuestros actos son producto del inconsciente, de lo irracional, le dará la razón y le servirá de base firme. De ahí que muchas corrientes artísticas de vanguardia, apoyándose en esta premisa, creen modos nuevos de entender y hacer arte, muchos de ellos de difícil interpretación, acostumbrados como estamos a aceptar como bello o agradable aquello que nos es fácilmente perceptible o entendible con categorías racionales. Estas corrientes de vanguardia descansarán, pues, en el lado oscuro, difuso del ser humano.
Ahora bien, aunque filosofía y poesía partan de puntos diferentes y tomen caminos distintos buscan, como ya dijimos más arriba, el mismo fin: la aprehensión del Ser. En este sentido, ambas son válidas y nos pueden aportar dimensiones y matices de la realidad que, si bien desde su propia esfera son diferentes, desde una perspectiva más general y abarcadora pueden complementarse hasta proporcionarnos un panorama más comprensible de dicha realidad.
Que la poesía nos acerca al Ser es una percatación inmediata, una intuición bergsoniana, que se nos revela cuando leemos algunos poemas, ya sean de autores clásicos o contemporáneos. Aunque no seamos totalmente conscientes de ello, al leer algunos versos sentimos la presencia de una realidad que no es fácilmente expresable en palabras. En nuestra mente queda rondando una idea que somos incapaces de traducir en expresiones lógicas pero que nos cuestiona y nos lleva, poco a poco, a una reflexión más profunda. Algo de nuestra interioridad se sacude dentro de nosotros, tambaleamos, dudamos, creemos estar soñando una pesadilla. Pero lo único que ha pasado es que se nos ha revelado una verdad que no sabíamos. Después de ello ya no somos los mismos.
La filosofía produce en nosotros el mismo efecto, pero lo hace desde la racionalidad, desde la concatenación lógica de los hechos y las palabras. También ésta nos interpela e impulsa a reflexionar en la búsqueda del Ser de la realidad.
De esa cuenta, ambas, poesía y filosofía se convierten en vías de comprensión de la realidad a través de la aprehensión del Ser. Y ambas se expresan por medio de la palabra, la cual cumple una función no solamente de realización de nuestro ser social, sino también de acercamiento al Ser. En ese acercamiento, se nos revelan cuestiones fundamentales y perentorias para nuestra existencia.
Al revelársenos el Ser, nos percatamos de cuestiones apremiantes para la comprensión de nosotros mismos. Cuestiones que formulamos en preguntas urgentes sobre el sentido de nuestra existencia, la muerte, la finitud, la soledad, la incomunicación con los otros, el amor, etc.
Articulándose en un incesante juego dialéctico, poesía y filosofía nos dan una imagen estética del mundo y de nuestra realidad interior. Ambas expresan una verdad ineludible del Ser. Por eso ambas son válidas en esa búsqueda imperiosa de sentido que todos los seres humanos auténticos sentimos en un momento determinado.
También la religión pretende ser un acercamiento al Ser, al que denomina Dios. Pero la religión agrega otras categorías conceptuales no fáciles de discernir y menos de aceptar sin toda la parafernalia que la tradición le ha agregado. Por eso para muchos la religión no representa una vía propicia para ir en búsqueda del sentido de la realidad. Por eso preferimos el camino de la filosofía, más tortuoso y menos cómodo, pero al fin más seguro. Lo mismo se puede afirmar del camino de la poesía, en particular, y del arte, en general. Estos tampoco ofrecen ser una vía fácil, aunque sí más confiable y libre.
A lo dicho hasta ahora, habría que agregar otros rasgos que poseen la poesía y la filosofía, rasgos que las convierten en posibilidades de búsqueda más cerca de lo humano. Uno de ellos es la creatividad. Tanto poesía como filosofía exigen de nosotros una alta dosis de creatividad para recrear una realidad muchas veces oculta por el velo de la ignorancia o la superstición. La creatividad nos presenta una gama de posibilidades de interpretación y acercamiento al Ser. Lo que nuevamente viene a otorgarle un trasfondo estético a esa realidad que observamos y que sirve de escenario al transcurrir de nuestra existencia.
El otro rasgo es la libertad. En el espacio de creación artística o filosófica, nuestra libertad se hace palpable, se nos revela como un dato incuestionable de que estamos creando algo que nos conduce al final de la búsqueda que hemos iniciado estimulados por la necesidad de encontrar un sentido a la vida, a la realidad. Aunque, a decir verdad, esa búsqueda nunca termina, nunca llegamos al final, pues éste sólo lo alcanzamos en la propia muerte, a la que no debemos enfrentar con temor o desesperación, pues sólo ella nos otorga, paradójicamente, el sentido último de la realidad.
Quizá haya sido en este sentido en el que Heidegger expresaba la relación entre lenguaje y Ser, con su ya famosa frase. Lo que nos queda de ella es la revelación de que el Ser no es algo alejado totalmente de nosotros, sino una realidad palpable e inmediata, pero que no percibimos fácilmente, pues hemos perdido la capacidad de ver en lo cercano el sentido de la realidad. De ahí la necesidad de acercarnos al lenguaje de la poesía y la filosofía como posibilidades reales de aprehensión del Ser. El recorrido de ambas, tiene la doble ventaja de revelarnos, por un lado, verdades profundas y, por el otro, de concedernos una visión estética del mundo. Si el arte lo entendemos como una dimensión lúdica del mundo, tendremos entonces, gracias a la poesía, una imagen menos seria y más vital de la realidad.

*Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.




jueves 5 de marzo de 2009

¿Crisis de valores?

*Harold Soberanis
haroldsoberanis@usac.edu.gt

Es cosa común escuchar a mucha gente decir, a partir de la realidad cotidiana, que estamos viviendo una crisis de valores, que la humanidad se ha alejado de ciertos principios fundamentales que subyacen en las bases de la cultura occidental cuya cuna, es bien sabido, es la cultura clásica griega y el cristianismo.
Cuando escucho decir esto, me pregunto; ¿serán los valores los que están en crisis? ¿Es posible que los valores, entidades de suyo abstractas, puedan sufrir crisis? ¿O será nuestra percepción de tales valores la q ue esté en conflicto?
¿Qué se quiere decir cuando se formula esta frase? Creo que lo que se quiere señalar es que la situación degradante que vivimos tiene su causa en una supuesta pérdida de valores. Ahora bien, ¿se podrán perder los valores? Éstos, por definición, son objetivos y acaso universales e independientes de la conciencia. Por lo tanto, no se pueden perder. Lo que sí puede cambiar, y de hecho ha cambiado, es la manera de percibirlos y practicarlos en nuestra vida diaria.
A mi juicio, considero que no son los valores los que han entrado en crisis, sino la manera en que los apreciamos y asumimos en nuestra cotidianidad existencial. Según los filósofos clásicos, los valores morales (que son los que supuestamente están en “crisis”), no son entidades materiales y por lo tanto no pueden sufrir de un proceso de decadencia. Siguiendo las ideas de estos pensadores griegos (Sócrates, Platón, Aristóteles, etc.), los valores son principios absolutos, eternos, infinitos y universales, entre otras características, y por lo tanto, no susceptibles de sufrir ningún cambio físico, como sí ocurre con algo material.
Si los valores morales son absolutos y universales, podemos inferir que son siempre los mismos, en cualquier época y lugar. Es más, aún cuando nadie se guiara por determinado valor, la justicia, por ejemplo, dicho valor seguiría siendo válido, pues su validez no depende de la percepción o ejercicio de un individuo o colectividad, sino de su carácter universal, objetividad y absolutez.
Claro, este sentido de los valores como entes universales no es el único. Existen otras formas de interpretar o definir qué son los valores. Para Marx, por ejemplo, los valores son parte de la superestructura de la sociedad y en tal sentido son expresión de la base económica que los determina. Dichos valores existen para justificar el modelo económico, el tipo de relaciones de producción que han establecido los seres humanos en una sociedad determinada. Son la expresión, en pocas palabras, del poder que una minoría ejerce sobre la mayoría y que sirven para justificar su dominación y explotación. Es decir, para Marx los valores son históricos, pues son la expresión del sistema económico que impera en una sociedad y época particulares y, por lo mismo, van cambiando de acuerdo al desarrollo material de las colectividades. Así pues, aún desde la perspectiva marxista, no son los valores quienes entran en crisis, sino la base material que los sostiene y les da vida, pues aquéllos son el resultado de ésta.
Por lo tanto, hablar de crisis de valores, tratando de encontrar en ella la causa de la descomposición social que hoy día vivimos, es escamotear las verdaderas razones que nos han llevado a esta realidad.
Yo creo que quienes estamos en crisis somos los seres humanos, y la causa se puede encontrar en el sistema económico que nos han impuesto, un sistema que en sí mismo es perverso y destruye las relaciones entre los hombres y la relación de éstos y el mundo en que vive.
Actualmente, el planeta vive una permanente amenaza, producto del uso irracional de los recursos naturales. Si bien es cierto, la civilización implica el dominio de la naturaleza para servirse de ella, esto no significa hacer un uso arbitrario e irracional de sus recursos, ni su consecuente destrucción. Todo el cambio climático que vivimos hoy día, con sus consecuencias trágicas que, por razón de su misma pobreza, golpea a los más desposeídos, que son la mayoría de la humanidad, es el resultado de ese uso irracional que se ha hecho de la naturaleza. Pues bien, esta irracionalidad es parte de la lógica interna de un sistema económico que, repito, es de suyo perverso. El capitalismo salvaje que compra y corrompe conciencias, nos ha llevado a una hecatombe universal, no sólo en términos humanos sino también naturales.
Esta misma perversidad, que ha llevado al planeta al borde de su destrucción (y digo esto sin la más mínima intención apocalíptica), ha hecho que los individuos, las familias y la sociedad entera se hayan fragmentado, estemos incomunicados y hayamos perdido el sentido de humanidad. El delincuente que mata por robar unos pocos billetes, y que demuestra con eso un desprecio total por la vida, no es más que el producto de una sociedad degradada, corrupta y decadente que ha sido bombardeada permanentemente con la idea de que “tener” es mejor que “ser”. Ante la falta de oportunidades y aguijoneado por la idea de poseer cosas que le den sentido a su existencia, ya de por sí vacía, el delincuente ve en el robo las única manera de acceder a ese mundo que le muestran como el mejor, pero que a la vez está fuera de su alcance. No estoy justificando la violencia, ni defendiendo al criminal. Lo que trato es de encontrar la razón, la causa de esta decadencia en que vivimos. A mi juicio, es el mismo sistema económico en que se basan las sociedades actuales, el que ha provocado esta descomposición.
Así que no es que los valores estén en crisis. Es el sistema, la condición material de nuestra vida en sociedad la que ha empujado a la humanidad a esta situación. Si la solución fuera tan simple como rezar o adherirnos a una religión o elaborar grandes discursos sobre la necesidad de guiar nuestras vidas por ciertos valores, creo que la mayoría estaríamos de acuerdo en hacerlo. Empero, la solución pasa por encontrar nuevas formas de equidad, de justicia social y de igualdad de oportunidades. Habría que distribuir de manera justa la riqueza y no debería aceptarse la pobreza como algo natural, pues la pobreza ni es una virtud ni es algo natural.
¿Significa esto entonces, que hay que combatir la pobreza, como afirman nuestros pseudopolíticos? No. La pobreza no se combate, pues esta no es la causa última de nuestro subdesarrollo a todo nivel. Subdesarrollo que a su vez se ve reflejado en el grado de descomposición social en el que vivimos La pobreza es en todo caso una causa intermedia producto de las condiciones de injusticia, desigualdad y explotación sobre las que se fundó este país. Así que de lo que se trata, es de transformar dichas estructuras básicas. Al cambiar éstas, cambiaran nuestras relaciones intersubjetivas, se transformará nuestra concepción de la vida y con ello el sentido que podamos asignarle a los valores morales, los que ya no serán reflejo ni justificación de la dominación de unos sobre otros, sino los principios rectores necesarios para la convivencia pacífica y armoniosa a que toda sociedad humana aspira, como finalidad implícita en su ser.



*Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

miércoles 25 de febrero de 2009

Vida digna, muerte digna

*Harold Soberanis

Uno de los temas más polémicos ha sido siempre la discusión sobre el derecho a la muerte, es decir, sobre la posibilidad de decidir sobre nuestra propia muerte. Dicha polémica ocupó, en días recientes, las páginas de muchos diarios. El caso se refería a la lucha entablada por Giuseppe Englaro, padre de Eluana Englaro, una chica italiana que yacía postrada en estado vegetativo desde hacía 17 años como consecuencia de un accidente. El padre, movido por el natural amor hacia su hija, exigía el derecho a suspenderle la alimentación que, de manera artificial, mantenía con vida a su hija. El reclamo del padre desató un debate entre quienes están a favor de la eutanasia y quienes se oponen a ella alegando, en términos generales, que nadie tiene derecho a quitarle la vida a otro ser humano, únicamente Dios pues es Este quien la otorga. El caso es que después de librar una lucha a través de los vericuetos legales, el padre logró que le autorizaran retirarle la alimentación a su hija, quien finalmente murió.
Luego de su muerte, apareció en un periódico local la nota sobre la manera en que Giuseppe se despidió del cadáver de su hija. En esta despedida estuvo acompañado de una periodista italiana, quien hizo una breve descripción del estado lamentable en que se encontraba Eluana. Y es aquí, en el cuadro que describe esta periodista, donde uno se pregunta hasta dónde es válido mantener artificialmente la vida de una persona enferma que ya no tiene ninguna esperanza de recuperarse. En el caso de esta chica, los médicos habían hecho todo lo posible por revertir su condición y habían llegado a la conclusión que su estado era irreversible, que no existía la más mínima posibilidad de que se recuperara. De ahí la búsqueda de su padre por terminar con el sufrimiento diario de ver que su hija moría a pausas. El estado en que se encontraba era, pues, indigno para un ser humano.
Ciertamente, creo que la vida es un valor. Pero no lo es de manera abstracta, alejada de ciertas condiciones materiales que permitan realizarla dignamente.
Aristóteles afirmaba que la finalidad de la acción humana es la felicidad. Según este gran filósofo, la vida cobra un valor moral en la medida en que seamos felices, de donde se desprende que, buscar la felicidad no sólo es deseable, sino que es un imperativo moral, lo que vendría a significar que tenemos la obligación moral de ser felices. Para alcanzar dicha felicidad, es necesario contar con condiciones materiales q ue la posibiliten, que hagan que su búsqueda y encuentro sean alcanzables.
La aceptación de una vida digna se articula, a mi juicio, con la de una muerte digna, pues vida y muerte son dos caras de la misma moneda. En tan válido desear una vida digna como una muerte honrosa.
El caso de esta chica italiana que mencioné al principio, plantea este problema. ¿Por qué nos es tan fácil aceptar que es deseable una vida digna y no una muerte digna? ¿Por qué no puedo decidir sobre mi vida y mi muerte? ¿Por qué no tengo el derecho a recurrir a la eutanasia o al suicidio si sufro de una enfermedad terminal? ¿Por qué tiene que ser un ente ficticio quien decida sobre ello?
Si puedo decidir sobre qué hacer con mi vida debería también poder hacerlo con mi muerte.
Hume, el filósofo empirista, en un ensayo sobre el suicidio afirmaba, fundándose en el mismo cristianismo, que era permitido poner fin a nuestra existencia cuando ésta era intolerable para nosotros y los demás. En el caso de Eluana, lo inmoral, desde mi punto de vista, era seguir manteniendo artificialmente una vida que ya no gozaba de las condiciones normales que deberían hacerla algo digno. Verla postrada, en estado vegetativo y muriendo a pausas, era más inmoral y cruel que buscar una salida honrosa.
La idea central de Aristóteles era la de que, a través de la búsqueda y realización de la felicidad, se podía configurar una vida moralmente buena. La moral misma debía servir para hacer de la vida humana algo deseable y digno.
Suele suceder que ciertas teorías o propuestas morales, con todas sus prohibiciones e insistencia en el pecado, lo que hacen es castrar emocionalmente a las personas condenándoles a la infelicidad. Una moral que con sus moralinas hace infelices a las personas debería rechazarse. Una verdadera moral tendría que servir para configurar seres humanos felices e íntegros.
Ahora bien, la felicidad no puede reducirse a una espera en otra vida. La felicidad debe ser disfrutada en la existencia concreta, en el día a día y debe incluir el goce del cuerpo y del compartir con los demás.
Prolongar innecesariamente la vida de una persona fundándose en consideraciones, no de una moral que nos conduzca a la felicidad, sino de una moral que nos hace infelices, no tiene sentido. Y es una acción cruel.
De esa cuenta, el derecho a la eutanasia o el suicidio no puede ser negado por una moral que, de suyo, niega el sentido lúdico de la existencia. Acaso esta era la crítica que hacía Nietzsche a la moral fundada en una religión que, a su vez, se basaba en la negación del aspecto festivo y alegre de la existencia.
Por supuesto que la discusión sobre la legitimidad moral de la eutanasia seguirá siendo un tema polémico. Sin embargo, creo que deberíamos reflexionar sobre ella y sobre aquello que le otorga dignidad a la vida. Si creemos que una vida digna es deseable y legitima, lo mismo deberíamos pensar sobre la muerte.

miércoles 18 de febrero de 2009

Mito y Filosofía. De la magia a la Razón

* Harold Soberanis
Como sabemos, la cultura occidental tiene su asiento en los griegos de la época clásica. Este fue un pueblo muy particular en relación a otros pueblos antiguos. En efecto, mientras que muchos de estos pueblos tendieron a una explicación fantástica o mágica de la realidad que les circundaba, los griegos buscaron otras vías para encontrar la explicación de esa realidad. Esas otras vías fueron las de la Razón. Es bien sabido que, en el momento en que los griegos recurren a la Razón como facultad principal para penetrar la realidad en tanto totalidad, en ese instante surge quizá el mayor de los aportes que este pueblo hizo a la humanidad: la Filosofía.
En este sentido, la Filosofía griega tendrá pues, como nota distintiva el pretender ser una explicación racional y holística de la realidad. Esta característica marcará, definitivamente, el proyecto filosófico occidental, distinguiéndose, como señalé arriba, de cualquier otro modo de filosofar que pudiéramos encontrar en otras culturas. Hasta el día de hoy la Filosofía occidental, sea cual sea su orientación o tendencia, es un saber eminentemente racional.
Ahora bien, esto no significa que el pueblo griego, al igual que cualquier otro pueblo antiguo, no haya tenido en sus comienzos un pensamiento mágico por medio del cual buscaban explicarse la realidad circundante. En otras palabras, no podemos pensar que los griegos fueran totalmente racionales desde el comienzo de su historia. De hecho, es característica de toda sociedad humana, de toda cultura pequeña o grande, de todo individuo culto o no, tener un pensamiento mágico al que recurre para comprender algo de la realidad que le interpela o le sorprende.
En este sentido, los griegos no pueden sustraerse a este tipo de pensamiento que podríamos afirmar, es parte de la esencia misma del hombre. Así pues, también el pueblo griego recurre en sus comienzos a un pensamiento mágico para explicarse aquello que le sorprende y no logra comprender. Resultado de ello son los mitos, y ya sabemos que los griegos son grandes cultivadores de mitos, habiéndonos heredado una gran variedad de ellos, algunos verdaderamente hermosos. El mito es pues, un intento por explicarse esa realidad que les resulta incomprensible. Pero es un intento cargado de magia y elementos irracionales (no uso este término en sentido peyorativo), y por lo mismo, insuficiente.
Si bien es cierto el mito carece de racionalidad, lleva implícito en él (a la manera de la dialéctica hegeliana), el germen de lo racional que dará paso a la Filosofía. De ahí la importancia y el valor del mito para el pensamiento occidental. Algunos pensadores, incluso, han afirmado que, si el mito no hubiese existido, la filosofía nunca habría surgido pues ésta nace de la misma incapacidad de aquél por explicar la realidad. En un momento dado los hombres ya no se satisfacen con las explicaciones que da el mito y buscan otros caminos que les provean de certezas más firmes. Por eso surge la filosofía como un saber que proporciona verdades claras y distintas (al modo cartesiano).
Claro, también están la religión y la ciencia como respuestas a esa búsqueda de verdades firmes que necesitamos. Pero la religión, también está cargada de magia y por ello sus verdades no satisfacen a todos; y la ciencia, aún con su estructura racional, se muestra insuficiente para explicarnos aquellas cosas que escapan de los límites empíricos de la realidad. Por ello, la filosofía sigue siendo el saber más certero y confiable, aún con todas las crisis que ha tenido que enfrentar, sobretodo en estos tiempos posmodernos que corren. Sin embargo, el mito sigue siendo tan valioso como la filosofía por lo que no podemos despreciarlo y rechazarlo sin más, aunque tampoco debemos colocarlo por encima de la filosofía ya que ésta, afortunadamente, sigue siendo el saber más esperanzador y seguro.

*Profesor Titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
haroldsoberanis@usac.edu.gt

martes 10 de febrero de 2009

UNIVERSIDAD Y SOCIEDAD: UN PACTO ÉTICO-POLÍTICO

*Harold Soberanis
haroldsoberanis@usac.edu.gt


Próximo a entrar el siglo XXI, las sociedades en general, comenzaron a replantearse diversos aspectos de la realidad. Dentro de ese análisis se cuestionó el papel de varias instituciones, que forman parte importante de la vida social y cultural de los pueblos. La Universidad, como institución central de la educación superior, no escapó a ese escrutinio. De esa cuenta y a partir de ese momento, y en algunos casos mucho antes, bastante se ha discutido sobre el papel que las Universidades nacionales, especialmente, han de jugar en el devenir de las sociedades a las que pertenecen. Asimismo, se ha intentado analizar a la luz de la realidad actual, la naturaleza de la relación Universidad-sociedad y el modo en que se articula o debe articularse tal relación. En este artículo, deseo hacer algunas reflexiones al respecto pensando, específicamente, en la Universidad de San Carlos de la cual soy, orgullosamente, egresado y donde desarrollo actualmente mi trabajo docente.

La preocupación y análisis sobre la relación Universidad-sociedad no es nada nuevo. Recuerdo, en mi caso, algún escrito de José Mata Gavidia sobre este tema. También tengo presentes, más recientemente, los trabajos que al respecto elaboró el padre Ignacio Ellacuría, destacado filósofo y teólogo español asesinado en El Salvador.

Los trabajos de éste último, revelan la importancia de dicha relación y destacan el papel que la Universidad, desde una posición política definida, debe desarrollar a efecto de no ser una institución más dentro del espectro social, sino ser aquel ente que pueda ejercer el papel rector que, junto a otros organismos estatales, dirija las políticas públicas, tanto como la reserva moral de una sociedad. De ahí, la necesidad de generar un debate que involucre a todos los actores sociales, a fin de reflexionar sobre el rol que debe desempeñar la Universidad nacional en sociedades como la nuestra, es decir, en una sociedad que se abre a la vida democrática después de muchos años de guerra interna que, si bien es cierto produjo algunos avances en cuanto a los derechos elementales de la ciudadanía, también profundizó las diferencias entre una minoría que concentra la mayor parte de la riqueza y una mayoría que no posee más que su fuerza de trabajo.

La Universidad como tal, no escapó a la barbarie que esa lucha interna generó. De esa cuenta, esta noble institución sufrió una sistemática represión, que se tradujo en una violenta desaparición de destacadas figuras intelectuales que, desde sus aulas, cultivaban y promovían un pensamiento crítico y progresista el cual, por fortuna, dejó su impronta de libertad en muchos sectores democráticos de la sociedad civil. Fuentes Mhor, Colom Argueta, Fito Mijangos, López Larrave, Oliverio Castañeda, son sólo algunos nombres de distinguidos pensadores cuyo pecado, que les costó la vida, fue soñar una sociedad más justa y equitativa.

El resultado de esta sistemática represión, que era política de Estado, se tradujo en el hecho de que la Universidad entró en un período de mediocridad y letargo general que tuvo sus peores consecuencias en su separación, como institución, de la sociedad a la que se debía, además de la fragmentación del saber y de la negación de su propio sentido a lo interno de sí misma.

Un tiempo antes de la firma de la paz que puso fin, al menos formalmente, a esos 36 años de violencia fratricida, ya se planteaba en el seno de la Universidad y en algunos sectores de la sociedad, la necesidad de cambiar el rumbo de esta institución. Se trataba no sólo de cambiar su rumbo, sino de recuperar, en la medida de lo posible, el papel fundamental que había tenido, no sólo como rectora de la educación superior, sino también, y acaso más importante, como conciencia de una sociedad que no termina de encontrar su camino.

Actualmente, se hacen innumerables esfuerzos por situar a la Universidad en el lugar que le corresponde. Quizá sea un proceso muy lento, pero creo que va caminando con paso seguro. Claro que como parte de toda una realidad social, cuya dinámica es muy compleja, la Universidad no se abstrae de determinados factores que afectan negativamente al país, tal el caso de la corrupción, que quizá sea en la actualidad, el mayor y más visible efecto de la descomposición social en que estamos, pero cuya causa final hay que buscarla en las estructuras que sirvieron de base a esta ficción que llamamos Guatemala. Esta causa final habría que rastrearla en la historia hasta llegar al período de la Colonia, pues creo que ahí se encuentran las claves para entender este proceso degenerativo.

A mi juicio, es desde esta perspectiva y dentro de este contexto que se hace necesario reflexionar sobre la función de la Universidad nacional a fin de lograr una verdadera articulación con la sociedad, a la vez que sea el receptáculo que logre condensar las legitimas aspiraciones de ésta. Dicha articulación plantea no sólo un compromiso político, lo que nos lleva a enfatizar la politización de ambas, sino también un acuerdo ético por parte de la Universidad, lo que nos induce a pensar en el tipo de profesionales que se deben formar ahí. Estos no sólo deben ser buenos en su profesión, sino deben fomentar y desarrollar una conciencia de clase que les permita ser los voceros de las esperanzas de un pueblo. Si sólo se quedan en el primer aspecto, es decir, en ser buenos profesionales que logran insertarse con éxito en el mercado laborar, serán el mismo tipo de profesional que están formando los centros privados de educación superior.

Cuando afirmo que la Universidad debe ser el eje desde donde se articulen las expectativas y demandas de la sociedad, lo hago pensando en una radical politización de ella. Reconozco que hablar de politización de la Universidad, resulta para muchos algo negativo. Esto tiene su explicación en la manera en que se entiende dicho término. Cuando se habla de politización, muchos piensan en la afiliación a un partido político “X”. No es en este sentido en el que yo manejo tal término. Politización debe entenderse, en un sentido muy amplio, como el involucramiento de las instituciones, en este caso la Universidad, en los asuntos del Estado y de la sociedad, involucramiento que se acompaña de propuestas de soluciones concretas y viables a la compleja problemática que configura a Guatemala. Pertenecer a un partido político específico, es sólo una parte de la vida política de una sociedad democrática que, por lo mismo, no agota su naturaleza. Una cosa es ser político como un zoon politikón aristotélico y otra muy distinta ser político partidista. Aquél, se fundamenta en la naturaleza esencial del ser humano, y ésta en las simpatías que tengamos por determinadas banderas.

Hacer hincapié en la aparente naturaleza apolítica de la Universidad nacional, como algunos sectores reaccionarios pretenden, asignándole a esta institución una única función académica, es sesgar su realidad y negar su esencia original. Al rechazar la politización de la Universidad se busca desconectarla de la sociedad y que pierda, de esa manera, su carácter de fundamento y reserva moral, para convertirla en una institución al servicio de los sectores poderosos. Sólo desde esta perspectiva se puede comprender el ataque sistemático que, a través de sus centros de formación y en la voz de sus escritores a sueldo, tales sectores han emprendido contra la Universidad desde hace algún tiempo. Buscan con dichos ataques, pues, no sólo apoderarse de su millonario presupuesto sino también y quizá esto sea lo más grave, desvirtuar su función social.

Politización no es, entonces, politiquería. Es formar conciencia en sus futuros profesionales a efecto de que se involucren en los problemas de la sociedad y establezcan un pacto ético con los sectores más desfavorecidos. Es ganarse, en la lucha diaria, la condición moral de ser la conciencia de un pueblo.





*Licenciado en Filosofía, profesor titular en el Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

domingo 8 de febrero de 2009

El legado de Allan Poe

*Harold Soberanis

Comienzo por aclarar que no soy crítico literario, por lo que mi acercamiento a la obra de Edgar Allan Poe es la de un simple lector. En este 2009 que se conmemoran los doscientos años del nacimiento de este ilustre escritor deseo dejar, por escrito, constancia de mi admiración y gratitud a su vasta creación literaria. Por lo tanto, amigo que me lee, no espere encontrar, en las líneas que siguen, un “balance objetivo” de su obra literaria, como acostumbran a decir los críticos. Lo que escribo es simplemente, pues, el resultado de la experiencia de alguien quien ha pasado las horas de los días y las noches disfrutando la lectura de esos maravillosos cuentos de Allan Poe que, aunque muchos de ellos llenos de terror, me han acompañado incondicionalmente, haciéndome más llevadera la soledad y el silencio de esos días y noches en que las horas languidecen lentamente.
Deseo hacer constar mi admiración a Allan Poe, decía más arriba, porque me parece que es un escritor genial, poseedor de un manejo del lenguaje impresionante, elegante y ameno. Y reconocer mi gratitud a su obra, precisamente porque ha sido un buen compañero de viaje durante algún tiempo, un compañero, debo decir en apego a la verdad, ideal.
Pero no es sólo la forma en que escribe Allan Poe lo que motiva mi admiración a sus escritos. Son también los temas que aborda y la manera en que lo hace. Su literatura, aún cuando está llena de elementos y referencias truculentos, terroríficos y, hasta abominables en algunos casos, reflejan, a mi juicio, de manera magistral algunas características de la condición humana, describen, con mucha lucidez y fidelidad la naturaleza del hombre: ese ser contradictorio, paradójico, capaz de realizar las más bellas obras del ingenio, tanto como los crímenes más atroces. Por lo tanto, sus cuentos no sólo entretienen, sino también nos hacen reflexionar sobre las motivaciones que impulsan a los hombres a actuar de la manera en que lo hacen. Esto provoca que la obra de Allan Poe contenga reflexiones de índole moral que nos impulsan, a su vez, a cuestionamientos sobre la moralidad de muchas de las acciones que hacemos día a día.
En torno a Allan Poe, como sucede con tantos otros genios, gira una leyenda negra que pretende presentarlo como un ser endemoniado. Quienes repiten dicha leyenda buscan menospreciar su obra. No niego que Allan Poe haya transcurrido, buena parte de su vida, atormentado por sus propios fantasmas pero, ¿quién no los tiene?, ¿a quién no le ha pasado? Sin embargo, de ahí a tratar, basándose en estas circunstancias, de negar el valor trascendente de su vasta obra, hay un gran trecho.
¿Por qué las narraciones de Allan Poe están llenas de descripciones repugnantes? ¿Por qué su autor se detiene en la descripción minuciosa de algún horripilante crimen? No creo que sea, como dicen algunos de los que repiten esa leyenda negra sobre él, que se deba a una psicopatología. Allan Poe, posee una mente genial, lucida, penetrante. Esto él lo sabe muy bien, al punto que es ingenuo pensar que no fuera consciente de los sentimientos encontrados que despertaba en quienes le leían. Entonces, ¿por qué detenerse en esas interminables descripciones de hechos abominables?
A mi manera de ver, Allan Poe no buscaba con esas descripciones inducir a las personas a cometer cualquier clase de crimen. Yo creo que lo que buscaba era señalar el aspecto moral o inmoral de la acción humana y de cómo todos, en algún momento dado y bajo ciertas circunstancias que escapan a nuestra voluntad, podemos convertirnos en auténticos criminales.
Algunos rechazarán esta interpretación que hago, y están en su derecho. La rechazarán alegando que la obra de arte, en general, es ajena a cualquier valoración moral. Aún aceptando de mi parte que existe un arte independiente de todo juicio de valor, creo que en algunos casos, como el de Allan Poe, su obra va revestida de esas valoraciones morales. Esto no resta ningún mérito a su obra, aunque tampoco le agrega más valor del que ya tiene.
Creo que la obra de arte, si bien no debe subordinarse a cuestiones morales, bien puede servir como vehículo que estimule en nosotros la reflexión sobre la conducta humana o sobre las cosas que hacemos. En este sentido, concuerdo con Aristóteles, quien pensaba que la obra de arte puede cumplir con la función de liberarnos de las bajas pasiones que nos aprisionan. Para el Estagirita, pues, el arte debía tener un aspecto catártico.
No sé si Allan Poe era consciente de esto, pero la lectura de sus cuentos, impregnados de horror, pueden ayudar a liberarnos de sentimientos negativos que en nada contribuyen a la configuración de nuestro ser moral.
De esa cuenta, la obra de Allan Poe no sólo nos entretiene, sino que puede impulsarnos a la reflexión sobre el carácter moral de nuestras acciones. Acaso por esto sigan teniendo sus escritos esa perdurable frescura, propia de las grandes obras de la literatura universal. Frescura y universalidad que dotan a la obra de Allan Poe de inmortalidad.

* Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

jueves 5 de febrero de 2009

El Filósofo gobernante: ¿una utopía platónica?

*Harold Soberanis
haroldsoberanis@usac.edu.gt

Una de las ideas más conocidas de la filosofía de Platón, junto a la del “amor platónico” (que a decir verdad no aparece en ninguna de las obras de este distinguido pensador griego), quizá sea la del filósofo gobernante. En efecto, es lugar común aún dentro de las personas que no conocen nada de filosofía, insistir en la idea platónica de que el mejor gobernante es el filósofo. Como sabemos, esta idea es parte de la teoría platónica del Estado perfecto.
En varias obras, pero especialmente en el diálogo La República, Platón desarrolla su concepción de lo que “debería ser” el Estado. Éste, tendría, como finalidad suprema, crear las condiciones materiales e intelectuales que permitiesen a los ciudadanos, alcanzar la felicidad. Recordemos que para Platón, lo mismo que más tarde para su alumno Aristóteles, el fin de la acción humana es alcanzar la felicidad. A este noble fin debe servir la educación, el arte, la ética y, por supuesto, la política que no es más que el arte de gobernar el Estado, con vistas a realizar aquel objetivo.
Ahora bien, si la política es el arte de gobernar de la mejor manera posible el Estado, esto nos lleva a pensar que quien dirija los destinos de éste, debe ser aquel que esté mejor preparado para hacerlo. De ahí la metáfora de Platón cuando compara al Estado político con una nave. ¿Cuál es el fin de un barco? ¿Para qué se construye? Pues para llevarnos, a través del proceloso mar, a buen puerto. Pero, ¿cómo garantizar que esa nave nos llevará a nuestro destino de manera segura? Primero, sabiendo que es una buena nave, que ha sido construida por buenos obreros, con los mejores materiales y que ha sido diseñada para soportar los embates de las olas; y segundo, porque está dirigida por el mejor navegante, quien conoce las principales y más seguras rutas y posee la sabiduría necesaria para dirigirla.
En muchos sentidos el Estado político se asemeja a un gran barco: tiene un fin, muchos hombres en su interior y debe estar dirigido por alguien. Pues bien, ese alguien debe ser quien está mejor dotado para maniobrar ante los embates impredecibles del destino y las circunstancias; debe ser el que mejor conoce los entresijos del poder y sabe qué esperar de los hombres, cuya naturaleza enigmática y voluble nos hace temer siempre lo peor.
Y así como no escogeríamos al peor marino para que dirigiera un barco de gran calado, tampoco deberíamos dejar el Estado en manos del menos dotado de los hombres. ¿Y quién es la persona mejor preparada? ¿Quién tiene el conocimiento y la formación necesaria para predecir los acontecimientos de la sociedad? ¿Quién conoce mejor la naturaleza humana y sabe qué esperar de ella? En fin, ¿quién es el mejor dotado de los hombres para dirigir los destinos del Estado y llevarlo, cual majestuosa embarcación, a buen puerto? Platón responderá que no es otro más que el Filósofo.
Y aquí es donde la teoría platónica del Estado, ya de suyo una utopía si la contemplamos en su conjunto, adquiere aún más ese carácter idealista.
Sin embargo, en este punto se hace imperativo matizar el significado de utopía. Se dice que algo es utópico cuando es, por sus condiciones o elementos, irrealizable.
Como sabemos, fue Tomás Moro (1478-1535), el famoso filósofo, político y Canciller inglés de Enrique VIII, quien acuñó el término utopía con el que tituló su muy conocida obra. En ésta se describe la vida en una isla. En ella no hay disputas ni guerras y todos viven satisfechos con lo que tienen y en permanente colaboración entre sí. Un lugar de tal naturaleza es humanamente difícil de construir, aunque no imposible, si bien Moro así lo concibe. De ahí, pues, el título de la obra. Utopía significa etimológicamente el no-lugar, es decir, una tierra que no existe, que no está en ninguna parte. A través de la descripción de este paraíso terrenal, Moro oculta su verdadera intención: criticar, de manera velada, el régimen despótico y cruel de Enrique VIII. Lo hace de esa manera para evitar la ira del rey, aunque lo único que logró fue prolongar su muerte, pues es sabido que Enrique VIII terminó condenando a muerte a Moro por oponerse a su divorcio.
A lo largo de su obra, Tomás Moro va señalando cómo debería ser un Estado perfecto. Pero de tan perfecta descripción se llega a lo imposible. De ahí que el vocablo utopía sirva para hacer referencia a algo que de suyo es irrealizable. Sin embargo, este sentido original del término se ha ido modificando a lo largo del tiempo. De esa cuenta ya no significa lo mismo que en el principio.
Actualmente se considera que lo utópico sí es posible realizarlo. Ernst Bloch (1885-1977), filósofo marxista alemán, es quien más ha trabajado en su obra este otro sentido del término utopía y es este significado el que aplico a la idea platónica del filósofo gobernante.
En efecto, la idea original de Platón del filósofo gobernante cada vez se hace más plausible. Ya no resulta descabellado pensar que el filósofo pueda y deba llegar a ocupar puestos de dirección en el Estado.
En Guatemala es bien recordado como uno de los mejores gobiernos que hemos tenido en nuestra historia política, la administración del Doctor Juan José Arévalo. Este pedagogo y filósofo introdujo una serie de mejoras sociales después de una larga historia de gobiernos militares retrógrados, otorgando a los ciudadanos mejores condiciones de vida que hicieran de su existencia algo digno. Sin embargo, es sabido que este proyecto político de naturaleza progresista se vio truncado en 1954 con la intervención estadounidense apoyada por algunos vendepatrias locales (aunque algunos seudointelectuales aún se empeñen en negarlo). Empero, algunas de las conquistas sociales realizadas por el Dr. Arévalo están ahí y los guatemaltecos de hoy disfrutamos de ellas.
El caso del Dr. Arévalo, pues, es un buen ejemplo de lo que puede llegar a realizar un gobernante con formación filosófica. Y también es un ejemplo de que sí es plausible que un filósofo pueda gobernar un país.
Otro ejemplo más reciente es el caso del ex alcalde de Bogotá, Antanas Mokus. La labor que este político y doctor en filosofía realizó en su ciudad es bien conocida. Transformó, durante su administración edil, una ciudad con altos índices de violencia en una de las mejores de la región, y lo hizo porque su formación académica, unida a una fuerte sensibilidad social, le permitió ver las causas de los problemas sociales que aquejaban a su comunidad. Al tener esto claro, pudo vislumbrar las posibles soluciones, sin olvidar que se trataba de seres humanos de carne y hueso que lo único que esperaban era que se les respetara y dignificara. La formación humanista del doctor Mokus queda perfectamente ilustrada, cuando en una ocasión afirmó que el derecho a la vida es absolutamente superior al derecho a la propiedad privada, de lo cual podemos inferir que no existe justificación alguna para segar la vida de un ser humano, apoyándose en una fracasada apología de la propiedad.
Toda esta reflexión se hace oportuna ante el reciente nombramiento, como Ministro de Gobernación de un doctor en filosofía. El que haya sido nombrado para ocupar semejante puesto, un profesional de la filosofía no es algo casual. Entre las virtudes del nuevo ministro está su capacidad de análisis, que le permite penetrar, de manera lúcida, en la complejidad de la realidad que le toca abordar. Es verdad que es un puesto administrativo que se subordina al poder del Presidente y que sus actuaciones están dirigidas por la política general del gobierno, pero aún así es un agradable indicio de que intelectuales con una sólida formación teórica, como los filósofos, pueden ocupar puestos de dirección dentro de la estructura estatal. Se rompe así, la imagen distorsionada que la mayoría del común de los mortales tiene acerca del filósofo: un soñador envuelto permanentemente en disquisiciones elevadas y abstractas sin conexión con la realidad que le rodea. Esta es una idea absolutamente equivocada de la figura del filósofo y de su quehacer.
Reconozco que los ejemplos que he puesto de filósofos que han llegado al poder público son ínfimos, si los comparamos con la mayoría de gobernantes que hemos tenido en Guatemala: abogados, militares y algún otro profesional. Sin embargo, es una buena señal el hecho de que, en los albores del siglo XXI, se comience a valorar el trabajo de los filósofos como profesionales, cuya formación les permite ocupar distintos puestos dentro del aparato del Estado. Me gustaría pensar que éste es el inicio de la senda que un día, no muy lejano, nos lleve a ver realizada la utopía platónica del filósofo gobernante.


Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Fac. de Humanidades, USAC.

Nota: este artículo lo escribí teniendo como referencia inmediata el nombramiento del nuevo ministro de Gobernación a mediados del año 2008 y que recayó en la persona de un doctor en filosofía. Lo que pasó con él es conocido por todos. Sin embargo, algunas de las reflexiones que hago sobre el papel del filósofo en la administración pública, a mi juicio, siguen vigentes.
Harold Soberanis.

miércoles 4 de febrero de 2009

¿Por qué filosofar?

*Harold Soberanis

Ante los acontecimientos vertiginosos de la vida cotidiana, nos olvidamos de nosotros mismos. Nos involucramos en una serie de actividades intentando encontrar, a través de ellas, un sentido a nuestra existencia aunque lo que logramos es totalmente lo contrario, pues únicamente conseguimos evadirnos de la realidad y del encuentro íntimo con el ser nuestro. El ambiente consumista, especialmente en esta época, nos absorbe de tal manera, que creemos que sólo en tanto poseemos objetos somos valiosos, es decir, hemos trocado el tener por el ser, como bien lo señaló Fromm hace algunos años.
Marx, dentro de su vasto pensamiento, señalaba el peligro de idolatrar, a partir de la lógica perversa del capitalismo, las mercancías a tal punto que el hombre mismo se llegaba a considerar una de ellas. A esta actitud de “mercantilizar” la vida Marx le denominaba fetichismo. Si bien las cosas nos son útiles, pues nos permiten desarrollar nuestra existencia con menos dificultad, el problema está en considerarlas tan importantes que las colocamos por encima de nosotros mismos y hasta les atribuimos características meramente humanas. De ahí que lo urgente sea, para Marx, lograr la emancipación humana, es decir, la superación de la cosificación del hombre provocada por el capitalismo. Tal emancipación sólo puede lograrse en tanto en cuanto se transforme el sistema de producción capitalista, pues éste, en su dinámica interna, pervierte el mundo de la vida.
Si bien es cierto, Marx reflexiona desde el aspecto material del mundo puesto que, según él, es desde esta perspectiva que se establece el modo de producción que, a su vez, determina la configuración del hombre, su relación con los demás y la sociedad toda, podemos trasladar dicha reflexión a un plano existencial.
Es desde aquí, desde la esfera existencial del ser humano concreto, de carne y hueso, que considero cobra valor y sentido el filosofar (sin pretender negar, en ningún momento, el valor del pensamiento de Marx). Para muchas personas dedicar un tiempo a la reflexión filosófica es perder el tiempo, pues de lo que se trata, según ellas, es de producir bienes y riqueza. De ahí la idea equivocada de que el filósofo sea un ser inútil, casi un parasito de la sociedad. En otros artículos me he referido al error que subyace en esta imagen distorsionada de la filosofía y del filósofo por lo que no dedicaré tiempo a mostrar lo equivocados que están quienes así piensan.
Lo que deseo es resaltar lo valioso y necesario del filosofar. Para los filósofos existencialistas, hay dos clases de hombre: los auténticos y los inauténticos. Éstos, son los que llevan una vida despreocupada y frívola. Nunca se detienen a reflexionar sobre la realidad que les rodea ni se cuestionan a sí mismos. Aceptan lo dado como algo natural y creen que la vida es y será siempre la misma.
Aquéllos por su parte, asumen su existencia con total conciencia. Se saben seres finitos y precarios, limitados y absurdos. Y conocen muy bien que es precisamente este carácter absurdo de la existencia donde se diluye la vida humana. Empero, esta percatación no los hunde en la desesperación o el quietismo, ni buscan evadir su realidad, realizando un sinnúmero de actividades por medio de las cuales soslayen enfrentarse a sí mismos. Por el contrario, asumen con toda lucidez, conciencia y dignidad el sentido absurdo de la existencia humana.
Aún cuando no seamos adeptos a esta corriente filosófica, debemos reconocer un elemento valioso en ella: el hecho de que debemos enfrentar la vida conscientemente y reflexionar, honesta y sinceramente, sobre nuestra condición, sobre el mundo y la relación con los otros. En otras palabras: debemos asumir nuestra existencia con total lucidez. Y esto, a mi juicio, sólo es posible desde la filosofía.
De ahí, pues, que filosofar sea algo perentorio para la vida, para esa vida que se vive auténticamente, sin trampas ni evasiones, sin intentar escamotear el drama que se nos revela a cada instante y que no hace más que recordarnos que somos seres finitos y trágicos. Nuestra tragedia es estar en medio de una dicotomía radical: buscamos la trascendencia aún cuando sabemos que somos seres para la muerte.
La manera de enfrentar este drama no es, insisto, eludiendo mi realidad a través de prácticas que me autoengañen, que me hagan creer que tendré una vida eterna después de esta o que lo importante es poseer cosas. Todos estos son intentos vanos de soslayar la tragedia de la existencia humana. Creo que la actitud más sincera es asumir con plena conciencia la realidad que soy yo y los otros.
Con estas reflexiones no busco provocar el pesimismo o la desesperación en los lectores. Mi intención es estimular el acercamiento a la filosofía, al filosofar, a partir de la evidencia de esa realidad que somos. Lo que deseo es mostrar la importancia que para los seres humanos significa el pensar, el análisis, la comprensión de esa realidad que nos abruma, que nos avasalla, con la intención de asumirla como seres-en-el-mundo, es decir, seres ensimismados y no frívolos.
Pero este ensimismamiento sólo es posible con las herramientas conceptuales que nos proporciona la autentica filosofía. Debemos discernir entre esas pseudorreflexiones que, bajo la envoltura de textos motivacionales, pretenden mostrarnos que este es el mejor de los mundos posibles, y lo que es la filosofía seria.
La verdadera y auténtica filosofía, esa que viene desde la Grecia clásica, es la única que nos puede enseñar a filosofar con honestidad. Es la única que puede mostrarnos la realidad como es para que, a partir de esa percatación, reflexionemos sobre nuestra condición, nuestra existencia y la relación con el mundo y con los otros. Solo en la medida en que ejercitemos una reflexión sincera y profunda, nos daremos cuenta de la necesidad de asumir una existencia comprometida. Veremos en el otro un ser como nosotros, con sueños y desilusiones, con dignidad y aspiraciones a una vida mejor. En fin, solo en la medida en que seamos personas preocupadas y no superficiales estableceremos relaciones de solidaridad con el prójimo, porque sólo en ese momento seremos capaces de vernos reflejados en el rostro del otro.


*Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

lunes 2 de febrero de 2009

EL HOMBRE COMO UN SER HISTÓRICO

* Harold Soberanis

El hombre es un ser histórico. Esta afirmación, puede tener varias interpretaciones y puede ser válida desde diversos puntos de vista. Sin embargo, a mi juicio, considero que la interpretación que más recoge el sentido mundano de la vida, es decir, ese sentido que afirma la condición existencial del ser humano al arraigarlo al mundo, es el que desarrolla Marx en su concepción filosófica del materialismo histórico. Es necesario tener esto presente, cuando desde posiciones teístas se hace la misma afirmación sobre esa condición del hombre. También el cristianismo, por ejemplo, asevera que el hombre es un ser histórico, pero incorporando la presencia de Dios dentro de esa historicidad, lo que le otorga un matiz muy diferente a tal categoría humana, pues deja al hombre en un segundo plano respecto a la divinidad. Con esto se niega la libertad de los hombres para escribir su propia historia y, por lo mismo, se le excusa su responsabilidad ante la humanidad.
En este sentido, pues, creo que la concepción de Marx, se ajusta más a lo que debería ser dicha responsabilidad y libertad humanas. Según Marx, el hombre es un ser histórico, es decir, es un ser proyectado a un futuro que se espera sea siempre mejor. Tal historia es continua e infinita, y se mueve de manera dialéctica. Esta dialéctica se revela en la lucha de clases que es, al mismo tiempo, el motor de la historia misma. La lucha de clases no es más que la expresión del antagonismo que se desarrolla en la base económica de la sociedad. Un sistema económico que reproduzca la desigualdad, generará un enfrentamiento entre las clases sociales que se derivan de tal sistema. Este enfrentamiento es el motor de la historia.
Así pues, la historia avanza gracias a ese conflicto entre clases. Esta lucha de clases es objetiva, es decir, acontece independientemente de la voluntad de los hombres, aunque sean los hombres quienes encarnen dicho movimiento histórico. Esto significa que hay un condicionamiento para que tales hechos históricos se sucedan. Empero, este condicionamiento no debe ser entendido como un determinismo puesto que el hombre, como ser individual, sigue siendo libre y sigue teniendo la posibilidad de modificar su mundo. Precisamente porque el hombre es libre es que es histórico. O dicho de otra manera: si el hombre no fuera un ser libre no podría escribir su propia historia. Esta estaría determinada por la divinidad, no por el ser humano.
El movimiento dialéctico de la historia es infinito. La historia misma también lo es, ya que la esencia de este proceso es el devenir heracliteano perpetuo. Así pues, la historia nunca termina, siempre avanza hacia estados mejores donde pueda realizarse el ideal de la humanidad. Aseverar que la historia tiene un fin, es sesgar esa realidad para defender ciertos modelos económicos que reflejan particulares intereses de clase. Pero también es negar la capacidad del hombre para escribir la historia y transformar su entorno. Es asumir una visión providencial de la historia, relegando a una condición subordinada al ser humano.
Un elemento importante dentro de ese devenir histórico es el trabajo. Así como la historia es un ámbito propiamente humano, también el trabajo posee la característica de ser una categoría específica del hombre. Es precisamente gracias al trabajo, que el hombre puede escribir su historia. De ahí la importancia del trabajo y de recuperar su sentido original como posibilidad de superación de la alienación. Abolir la alienación del hombre es la verdadera tarea a la que está llamado el ser humano, pues al hacerlo quedará el camino despejado para alcanzar su emancipación.
De esa cuenta, lo que busca Marx es recuperar el sentido original del trabajo, esto es, recuperarlo como condición de posibilidad de realización humana. El capitalismo, en su propia dinámica ha desnaturalizado el trabajo, lo que ha provocado que el ser humano se encuentre enajenado. De lo que se trata, pues, es de rescatar el sentido radical del trabajo y con ello alcanzar la emancipación del hombre al liberarlo de su condición enajenada.
Por otro lado, la historicidad del hombre también significa que éste es un ser inacabado. Constantemente, y a lo largo de su propio desarrollo, el ser humano se va construyendo, a la vez que va configurando su propio mundo. Por eso, la praxis, la acción que debe acompañar a la teoría, sea un elemento importante para Marx, el cual enfatiza en la onceava tesis sobre Feuerbach, al insistir en el carácter transformador del entorno natural que posee el ser humano. El hombre no puede quedarse únicamente en un plano de contemplación. Debe actuar sobre su realidad material. Debe luchar por transformar su mundo.
Precisamente porque el hombre se ve impulsado a actuar modificando su entorno natural y social, es que el trabajo ocupa un lugar primordial en su mundo y en la historia. De ahí también el papel importantísimo que Marx le asigna al obrero como sujeto histórico, actor principal en esa historia que se escribe por medio su trabajo. Aquí nuevamente se evidencia por qué es fundamental recuperar el sentido original del trabajo, pues sólo en tanto reencontremos ese sentido podremos superar la enajenación y podremos construir un mundo verdaderamente humano.
Se debe aclarar que cuando Marx habla de transformar y dominar la naturaleza no está diciendo que se deba destruir. El nivel de degradación que hoy sufre nuestro planeta, y el cual pone en peligro la misma existencia del hombre, es producto de la irracionalidad que acompaña, en la actual fase de la historia, al capitalismo salvaje que trata, por todos los medios ( como la famosa globalización), de salvarse a sí mismo. En el pensamiento de Marx encontramos, por el contrario, ciertas ideas que podrían usarse como base teórica de un discurso ambientalista. Pero eso será tema para otro artículo.




* Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

jueves 29 de enero de 2009

Filosofía de lo cotidiano

“La vida feliz y dichosa es el objeto único de toda filosofía”.
Cicerón

“He cometido el peor pecado que un hombre pueda cometer. No he sido feliz”.
Jorge Luis Borges


Harold Soberanis*

Para el común de los mortales, que desconocen su naturaleza y valor, prevalece la idea de que la filosofía no sirve para nada. O, en todo caso, es un saber reservado a mentes ociosas cuyas oscuras e impenetrables disquisiciones ofrecen placeres inconfesables al ejercicio de la autocomplacencia intelectual.

Algunos de quienes así opinan, lo hacen desde el resguardo de su propia ignorancia la cual, al fin de cuentas, les exculpa. Lo grave es cuando personas con formación académica niegan que la filosofía posea un valor superior a cualquier otro tipo de conocimiento, pues lo hacen a sabiendas de que mienten. Desde la lógica del mercado de un sistema económico perverso como el capitalismo, la filosofía no es útil.

Sin entrar en los vericuetos de interminables discusiones, sean académicas o vulgares, sobre si la filosofía es valiosa o no, si es útil o no, mi deseo es reflexionar acerca de cómo de lo cotidiano se puede configurar un saber que al sedimentarse en nuestro ser se vuelve filosofía, es decir, una comprensión del mundo que nos orienta en él y que debe ser constantemente revisada. Así, sucede que de pronto, ante un hecho fortuito que nos golpea, nos percatamos que algunas de las cosas o creencias que considerábamos absolutas e incuestionables, no lo eran. En ese momento, la concepción que teníamos del mundo, los valores o las verdades que nos habíamos forjado, se vienen abajo. Si somos sensibles a esos acontecimientos, sacaremos alguna enseñanza. Esta, ya en forma de sabiduría o filosofía práctica, volverá a la esfera de lo cotidiano en el intento que hacemos por comprender la realidad. Y es precisamente en esa relación dialéctica entre el mundo de la experiencia externa y el mundo interno de la vida, donde la filosofía, en tanto un saber que surge de lo cotidiano, revela su valor.

Se sabe que el único ser que filosofa es el hombre, el género humano. Y lo hace desde su propia condición existencial que le interpela y lo impulsa a la búsqueda de respuestas más firmes y certeras con las cuales pueda comprender su realidad inmediata. Precisamente esta realidad inmediata es de donde surgen aquellas cosas o hechos que deben estimular al hombre a reflexionar, provocando ideas, pensamientos, etc; que deberán acumularse y depositarse en su ser a lo largo de los años, hasta convertirse en sabiduría, es decir, un saber cuya validez radica en que le orienta en la búsqueda del sentido de la existencia.

Así, ante realidades como la muerte, la vejez, el desamparo, la ausencia de esperanza, la falta de sentido, la búsqueda de la felicidad etc; la filosofía, esa sabiduría que es producto de la observación y reflexión sobre lo cotidiano, puede dar respuestas que consuelan el alma en ese tiempo de soledad en el que se ve languidecer la vida.

Heidegger afirmaba que el hombre es el único ser que muere. Lo decía en el sentido de que el ser humano es el único que está consciente de su propia muerte, conciencia que le lleva a la revelación de la finitud y precariedad de su existencia. Esta verdad, aunque dolorosa, debería conducirle, si fuese auténtico, a asumir que es un ser contingente y finito y, por lo mismo, debería verse obligado a vivir intensamente cada instante de su existencia. Sin embargo, muchas personas huyen de esta revelación refugiándose en las religiones que les prometen vida eterna. O se ven condenados al quietismo y la desesperación, sin comprender lo maravilloso de la vida y sin entender que el único imperativo moral válido es el de ser felices. La vida es tan corta que lo mejor es disfrutarla, lo cual no significa hacer lo que venga en gana y actuar sin escrúpulos aprovechándose de todos, entregándose, cual cerdo, a cualquier clase de placeres o llevar una vida frívola llena de cosas materiales pero sin cultivar el alma, como lo pedía Sócrates.

No. Disfrutar la vida, se refiere a buscar permanentemente la felicidad en cada cosa que se hace; en encontrar, aún en lo trágico, el valor de una existencia única que revela que esa vida que se vivió valió la pena, y que valdría la pena volverla a vivir.

Es la enseñanza que se debería sacar cuando, por ejemplo, se ve envejecer a alguien a quien se ama y, aunque su vejez duela en el alma porque junto a ella va la decadencia y la pérdida de autonomía, y acaso dignidad, es una realidad que todo ser humano debe enfrentar. Aunque ver personas que envejecen sea algo común, cuando esta acontece en la inmediatez de la esfera individual, se revela como una cruel verdad que nos enfrenta de golpe ante la realidad de la muerte y el sentido absurdo de la existencia pues se sabe, ahora sí de manera certera, que ese es el destino de todos.

Sin embargo, esta revelación no debería impulsar al hombre a buscar distintas maneras de evadir la vida ante su falta de sentido. Por el contrario, debería hacer que todos la amen con mayor intensidad en una permanente entrega, en un constante gozo del momento efímero, asumiendo con completa dignidad su carácter absurdo. Así, de un hecho cotidiano, común a todos los seres y a todas las cosas, como lo es la vejez, se puede hacer una serie de reflexiones que volverán a la vida de todos los días en forma de sabiduría. Esta a su vez, deberá orientar a la persona en la búsqueda constante por encontrar el sentido de su existencia, lo que incluye también, plantearse objetivos, desarrollar un tipo de vida y cultivar el alma. Le servirá de guía en los momentos de oscuridad y de consuelo en las horas de desamparo; de cómplice en los instantes de placer y de confidente en la época de duda.

He aquí pues, cómo la filosofía revela su valor y utilidad para la vida de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Este saber no está encerrado únicamente en las aulas de la academia. Está en la calle, en los hechos cotidianos de todos los días de todas las épocas y de todos los seres. Solamente se debe estar atento a los acontecimientos de cada instante, pues ahí se muestra. Se debe descubrir en aquellas acciones y hechos que de tan comunes ya no se ven. Cuando se le descubre en la vida cotidiana, se comprende su valor y se percibe la luz que emana de su tradición y que nos alumbra permanentemente en el transcurrir de la existencia.

*Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
haroldsoberanis@usac.edu.gt

miércoles 28 de enero de 2009

Sobre la virtud

La virtud resplandece en las desgracias.
Aristóteles

*Harold Soberanis

¡Qué difícil es ser virtuoso! Si a nuestra natural imperfección, añadimos la de un mundo que, de suyo, es una invitación al mal, por desigual e injusto, pronto nos daremos cuenta de lo difícil de encarar semejante empresa, la de ser virtuoso, digo. En la búsqueda de la virtud, es decir, en la búsqueda de una vida que se adecue al “deber ser”, nos aguardan muchas dificultades y pesares, “muchas tentaciones”, dirían los puritanos. Todos los filósofos que se han ocupado por encontrar la esencia de la virtud, se han dado cuenta de esto.
Pero, ¿qué es la virtud? A lo largo de la historia, los filósofos han dado muchas definiciones de virtud. Una muy conocida, y que a mí me gusta mucho, es la que hace Aristóteles cuando afirma que la virtud es el justo medio entre dos extremos, ambos negativos: uno por defecto, y el otro por exceso. Saber reconocer el justo medio en cada acción que realizamos sería, según el Estagirita, producto del sentido común que, junto a la sabiduría -es decir, el conocimiento teorético aplicado a la esfera práctica de la vida-, vendrían a ser las principales características del hombre virtuoso. De esa cuenta, el hombre virtuoso es aquel que, aplicando el sentido común y la sabiduría, sabe encontrar el equilibrio en cada acción que realiza lo cual le conduce, después de mucha práctica, a una vida llena de bondad.
Ahora bien, aún cuando la búsqueda de una vida virtuosa implica enfrentar muchas dificultades, no debemos confundirnos y pensar que vivir virtuosamente tiene que ser necesariamente algo penoso o triste. Buscar la virtud no implica renunciar al placer material cual ascetas que desdeñan, como Diógenes modernos, aquellas cosas que nos proporcionan una vida material más cómoda y placentera. No implica rechazar el placer de una caricia de la persona amada, ni la esporádica embriaguez con los amigos con quienes, entre copas y recuerdos, afianzamos esa especial relación que nos hace crecer como seres humanos. Ni significa alejarnos de una ocasional juerga que nos devuelva, aunque sea por efímeros momentos, a la niñez perdida. Creo que significa, como lo señaló el gran Aristóteles, encontrar el balance perfecto entre una vida buena y una buena vida. Encontrar ese balance sólo se alcanza a través de la sabiduría que es, como señalé más arriba, la aplicación del saber teórico a la vida práctica. De ahí que la figura del sabio, sea en la antigüedad o en la época actual, es la de aquél que, con total lucidez y de manera lúdica, vive una vida ejemplar a la vez que acepta el placer de una vida material que, al fin de cuentas, es la única que se tiene.
Esto lo habían comprendido muy bien los pensadores antiguos, pues ellos, a diferencia del cristianismo, no separaban lo bueno – moralmente hablando - de lo placentero. Y es que la bondad no excluye el placer. No tiene porque excluirlo, pues el placer no es malo en sí mismo. Al contrario, el placer también nos fortalece y nos ayuda a alcanzar la plenitud de nuestro ser. El problema no está en el placer en sí mismo, sino en hacer de él el único fin de nuestra existencia, olvidando que existen otras dimensiones de la realidad humana que es necesario cultivar para ser mejores seres humanos. Por lo tanto, el sabio será aquel que encuentre el equilibrio entre una vida virtuosa y el placer corporal.
De hecho, la virtud debe llevarnos a una vida buena pero también a una buena vida, en el sentido de asumir lúdicamente una existencia que es absurda pero que, por lo mismo, debe ser vivida con intensidad y pasión en cada momento. Esto no implica, como han querido verlo algunos moralistas de domingo, llevar una vida egoísta y sin escrúpulos donde todo es válido en tanto me reporte beneficios. Esto lo que significa es comprometerme con el otro en la búsqueda de una vida plena y solidaria, que nos haga más dignos. Significa, construir un mundo más justo, más humano.
Pero, ¿por qué debemos llevar una vida virtuosa? ¿Por qué debemos buscar la virtud? ¿Por qué es mejor ser virtuoso que no serlo? Simplemente porque la virtud nos hace mejores, nos dignifica, nos hace solidarios y nos hermana en un común sentimiento de fraternidad más allá de una trasnochada moralidad que únicamente aflora en los momentos de angustia o en los arrebatos de sentimentalismo barato.
A la virtud no llegamos por medio de sermones de iglesia ni de moralinas. En la búsqueda y encuentro de la virtud participa la Razón. Claro que los sentimientos son necesarios y valiosos, pero si nos dejamos guiar solamente por ellos podemos equivocar el camino y no alcanzar una verdadera vida virtuosa. Por eso la Razón juega un papel importante en esta búsqueda. Una vida racional es una vida virtuosa. El ejercicio de la Razón que es, según Aristóteles, la facultad que define al ser humano en tanto ser humano, debe revelarnos la importancia de la vida virtuosa.
Ahora bien, no debemos pensar que para llevar una vida plena de virtud tengamos que seguir una religión determinada, como si sólo a través de ésta pudiéramos alcanzar a aquélla. La virtud pertenece a la Ética más que a la religión. La moral no necesita una base religiosa para ser válida. Desde Kant, quedó demostrado que la moral no deviene de la religión. Es más, Kant invirtió el orden de los elementos y mostró cómo una verdadera moral debe ser autónoma. Así, señaló que es la religión y la creencia en Dios quienes derivan de una consideración moral y no al revés. Es la moral, pues, la que da sustento a la idea de Dios. Con la teoría kantiana, se abrió el camino para reconocer que la moralidad del ser humano y, por lo mismo, una existencia virtuosa no necesitan de una fundamentación religiosa. De hecho, existen personas ateas que llevan una vida más ejemplar y solidaria con el prójimo, que muchos que se dicen creyentes y se consideran mejor que los demás cada vez que se golpean el pecho.
Con esto quiero decir que, la búsqueda de una vida virtuosa no tiene necesariamente que reducirse a una creencia o práctica religiosa, o que únicamente quienes son creyentes pueden algún día encontrar la virtud. Ninguna religión es dueña absoluta de la virtud. Comprender la importancia de llevar una vida virtuosa, pasa más bien por la filosofía. Esta nos ayuda a entender, a través de la crítica y la reflexión, la importancia que para nosotros, los seres humanos, tiene la búsqueda permanente de la virtud. No importa si nunca alcanzamos plenamente a ser virtuosos, debemos siempre vivir como si ello fuese posible, debemos siempre ir tras la virtud.

*Profesor titular Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
haroldsoberanis@usac.edu.gt

martes 27 de enero de 2009

Ludwig Wittgenstein o el mundo de la vida (2/2)

Harold Soberanis*
haroldsoberanis@usac.edu.gt

En la primera parte de este artículo, me referí a algunos aspectos de la filosofía del primer Wittgenstein. Como lo señalé en esa ocasión, Wittgenstein afirmaba, en el Tractatus, que el mundo empírico está configurado por hechos. Tales hechos, de naturaleza, también empírica, nos posibilitan la construcción de un lenguaje con el que, por medio de proposiciones, decimos algo referido al mundo. Ese “algo” tendrá sentido, pues, si y sólo si se refiere a los hechos fácticos que acontecen en dicho mundo empírico. Además, si tales proposiciones se refieren a hechos empíricos, el lenguaje, en última instancia, es también un hecho empírico.
De acuerdo con el Tractatus, el lenguaje se refiere, y sólo puede referirse, a lo que acontece en el mundo, esto es, a los hechos empíricos que en él se dan. De donde se deduce, según nuestro filósofo austriaco, que únicamente nos es posible hablar de aquello que se da, de manera fáctica, en un mundo fáctico. Es decir que, todo aquello que rebasa los límites empíricos del mundo, no es posible expresarlo. De ahí la famosa afirmación wittgensteniana de que los límites de mi lenguaje son los límites del mundo, y también de que de lo que no podemos hablar lo mejor es callar.
Sin embargo, este distinguido filósofo nunca negó que existiera algo más allá de tales límites empíricos. Únicamente afirmó que de esa realidad que trasciende los límites del mundo no podemos afirmar o negar algo, dado que no es una realidad empírica y, por lo tanto, no la podemos expresar, aunque sí intuirla. Esta realidad innombrable, estaría conformada por valores (éticos, estéticos, religiosos, etc.), creencias, presuposiciones, etc. Es precisamente, esta esfera de lo inexpresable, el aspecto místico que subyace en el pensamiento filosófico del primer Wittgenstein y que lo alejaría, como bien lo señaló en su momento Bertrand Russell, de los filósofos de tendencia analítica.
Siguiendo con el misticismo que funciona como telón del fondo del Tractatus, se puede afirmar que cabe la posibilidad de que exista un sujeto que, colocándose en los límites del mundo, lo pueda contemplar en su totalidad a la vez que pueda percibir lo que está fuera de dichos límites. Esta posibilidad, según Wittgenstein, existe y tal sujeto es lo que él denomina El sujeto metafísico.
El sujeto metafísico wittgensteniano debe entenderse como una condición de posibilidad (al estilo kantiano) cuya función es permitir articular lo místico con el sentido husserliano del mundo de la vida.
Como sabemos Edmund Husserl (1859-1938) es el filósofo alemán que inició el movimiento filosófico conocido como fenomenología, el cual pretendía ser un método filosófico de análisis de la realidad. Según Husserl para conocer la realidad es necesario captarla en su constitución última, es decir, en su esencia. De esa cuenta, el verdadero conocimiento es la captación de esencias a la que llegamos después de habernos despojado de ideas o prejuicios anteriores. Esta aprehensión de esencias sólo es posible desde la subjetividad misma, esto es, desde el yo.
El método fenomenológico sirvió a muchos filósofos de orientación metafísica, para desarrollar su propia concepción del mundo. Tal es el caso, por ejemplo, de Jean-Paul Sartre quien, en su principal obra filosófica El Ser y la Nada, pretende hacer un análisis ontológico de la realidad fundándose en dicho método.
Pues bien, lo inexpresable (místico) de Wittgenstein se articula con el husserliano mundo de la vida en tanto que todo aquello que trasciende los límites del mundo empírico, si bien no es parte de él, lo configura, otorgándole unidad y sentido. A mi juicio, considero que hay una conexión esencial entre lo innombrable de Wittgenstein y el mundo de la vida de Husserl, mundo en el que transcurre nuestra existencia. Tal conexión se manifestaría en el sentido de que, para ambos, aunque sin proponérselo, hay una coincidencia de postulados teóricos que se hacen evidentes en el reconocimiento de una realidad trascendente cuya función es concederle unidad al mundo empírico. En un momento dado y, gracias a una percatación inmediata de origen metafísico (una intuición metafísica) se nos revela la estructura última de la realidad a la cual pertenece nuestra vida. En esa percatación inmediata se nos presenta la esencia de la vida como un continuo, como un transcurrir permanente, sin fragmentaciones, lo que también nos trae a la memoria la filosofía vitalista de Bergson.
Aunque a primera vista pareciera que estas ideas son demasiado oscuras, acaso por el lenguaje utilizado o por las figuras que dicho lenguaje implica, si nos detenemos un momento y dedicamos un tiempo a reflexionar sobre ellas, nos daremos cuenta que son pensamientos que no están tan alejados de nuestra manera de concebir la realidad. Presuponemos, aunque no sea conscientemente, que somos el mismo individuo a lo largo de nuestra existencia, aún cuando reconocemos que el tiempo ha operado en nosotros cambios físicos. Al vernos al espejo, vemos a alguien más viejo pero nos reconocemos como nosotros mismos. Es decir que, a pesar de los cambios, hay un continuo que nos otorga nuestra esencia.
Lo mismo sucede con el reconocimiento de que hay una realidad que trasciende lo meramente empírico. Aunque profesemos una actitud materialista (en sentido filosófico, no en sentido vulgar), y nuestra concepción de la vida esté alejada de creencias religiosas, intuimos por alguna razón, que debe haber algo más allá de lo meramente fáctico. Aceptamos que debe existir una realidad no física que le da sentido a la esfera física en la que transcurre nuestra existencia.
Estas mismas conclusiones son a las que llega el primer Wittgenstein, aunque lo diga con un lenguaje más enigmático que por momentos pueden confundirnos. Empero, la relectura de las obras de este importante filósofo pueden ayudarnos a comprender la realidad vertiginosa que nos rodea, comprensión que, acaso, nos permita encontrar el sentido de nuestra existencia.

*Profesor titular de Filosofía,
Departamento de Filosofía, Facultad de
Humanidades, USAC.

lunes 26 de enero de 2009

Ludwig Wittgenstein o el mundo de la vida (1/2)

Harold Soberanis*
haroldsoberanis@usac.edu.gt

Ludwig Wittgenstein nació en Viena en 1889. Perteneció a una familia acomodada lo que le permitió una esmerada educación. De personalidad fuerte, sensible y profunda, además de una mente brillante, tendió a la soledad y a la depresión. Interesado en las matemáticas puras, viajó a Cambridge para estudiarlas. Ahí conoció y recibió clases con el famoso filósofo Bertrand Russell, lo que contribuyó para que él mismo se decidiera a estudiar filosofía, llegando a ser uno de los más lúcidos e importantes filósofos del siglo XX, cuya influencia aún hoy se manifiesta en muchos círculos intelectuales de todo el mundo. A la muerte de su padre rechazó la parte de la herencia millonaria que le correspondía, cediéndosela a su hermana. Siempre repudió la petulancia y llevó un estilo de vida sencillo que se manifestaba, incluso, en su forma de vestir. Durante algunos años se alejó de la filosofía, convencido de que con su primera obra había resuelto todos los problemas filosóficos existentes pues, de acuerdo con algunas de las ideas de su primera etapa intelectual, consideraba que no habían verdaderos problemas filosóficos sino que, problemas de lenguaje. Al desentrañar la lógica interna del lenguaje, tales problemas se resuelven, o más bien, se disuelven. Después de este tiempo volvió a Cambridge y retomó su trabajo filosófico. Poco después le fue diagnosticado cáncer, muriendo en 1951.
Durante la Primera Guerra Mundial participó como voluntario. Asignado a un lugar donde la confrontación era escasa, empleó el tiempo que le sobraba en redactar su primera y famosa obra: el Tractatus lógico-philosophicus, más conocida simplemente como el Tractatus, en la que resume la primera etapa de su filosofía. Aunque Wittgenstein siempre negó pertenecer al movimiento filosófico conocido como Círculo de Viena, cuya filosofía analítica estaba de moda en algunos países de Europa, su Tractatus contribuyó a que este movimiento se lograra desarrollar y ejerciera gran influencia en el mundo académico durante buena parte del pasado siglo.
La filosofía de Wittgenstein es bastante compleja como para pretender explicitarla en este artículo. Suele dividirse su pensamiento en lo que se ha dado en llamar “el primer Wittgenstein” y “el segundo Wittgenstein”. El primero sería el Wittgenstein del Tractatus. El segundo, el de Las Investigaciones Filosóficas, obra póstuma que representa la segunda etapa de su original pensamiento filosófico. En esta obra, Wittgenstein se aleja de algunas de las tesis expuestas en el Tractatus y evoluciona hacia otras maneras de considerar la filosofía y el lenguaje.
En el presente escrito, sin embargo, lo que me interesa es presentar algunas de las tesis centrales del Tractatus, para demostrar cómo la filosofía wittgensteniana, al menos en esta primera etapa, puede ayudarnos a comprender, lo que ha dado en llamarse, el mundo de la vida. A mi juicio, y aún aceptando todos los errores que pueda contener el Tractatus, como muchos especialistas ya lo han señalado, considero que es precisamente el Wittgenstein de esta obra el más rico en ideas. Al ahondar en ellas podremos encontrar muchos matices, pensamientos no explícitos, etc; que nos ayudaran en el intento por interpretar el mundo actual. Al igual que con Marx, aún queda mucho por descubrir en el pensamiento de Wittgenstein. Creo que estamos en el momento justo para releer y reinterpretar la obra de los grandes filósofos, pues el tiempo que vivimos así nos lo revela.
Según el primer Wittgenstein el lenguaje es un mapa de la realidad. Con el lenguaje únicamente puedo expresar lo que acontece dentro los límites del mundo empírico, de ahí la afirmación wittgensteniana de que los límites del mundo son los limites de mi lenguaje. Con esto lo que Wittgenstein quiere decir es que solamente puedo predicar aquello que está dentro del mundo empírico. Esto nos podría hacer pensar que nuestro filósofo, al igual que los de la tradición analítica, herederos intelectuales del empirismo inglés, niega la posibilidad de una realidad no empírica. Empero, Wittgenstein no rechaza esa otra realidad, lo que lo vendría a distinguir de los filósofos del Círculo de Viena quienes sí niegan que pueda existir una realidad no empírica, con lo que ésta queda reducida únicamente a los hechos atómicos, punto central del atomismo lógico de Russell.
¿Qué es, entonces, lo que dice Wittgenstein? Lo que afirma este filósofo es que con el lenguaje únicamente nos podemos referir a lo que está dentro del mundo empírico, pero de ahí a negar que exista una realidad metafísica hay una gran distancia. De hecho, Wittgenstein deja entrever, al final del Tractatus, que existe algo más allá de lo empírico pero que, precisamente porque ese algo trasciende los límites del mundo atómico, no lo puedo predicar, aunque sí lo puedo intuir. Dado que no podemos hablar de lo que acontece más allá de lo empírico lo mejor que podemos hacer es guardar silencio. El mismo Wittgenstein termina su famosa obra con la muy conocida sentencia: de lo que no se puede hablar lo mejor es callar, y él calla durante mucho tiempo.
Ahora bien, de lo expuesto en el Tractatus y más aún, de lo que no está escrito en él, y que vendría a ser lo más importante de la obra, según su autor, podemos inferir que existe la posibilidad de que un sujeto colocado en el límite del mundo pueda contemplarlo. Este es el sujeto metafísico. Dicho sujeto, situado en los límites del mundo empírico puede observarlo. Nos encontramos ahora, con los dos elementos principales que, articulándose, configuran el mundo de la vida: el silencio y el sujeto metafísico.
El silencio nos permite intuir, vislumbrar otra realidad más allá de lo fáctico. El sujeto metafísico puede contemplar esa otra realidad y convertirse en la posibilidad del sentido del mundo de la vida. Este mundo no es, pues, solamente el de las cosas empíricas que acontecen en él, sino también el de aquellos hechos no materiales que nos conforman como seres duales: por un lado, entes empíricos determinados por una biología compartida y, por el otro, seres que encuentran su sentido en la búsqueda de una realidad metafísica, en la necesidad de trascender. Trascendencia que no debe interpretarse únicamente en términos religiosos, como pretenden hacerlo ver las religiones establecidas.
En mi próximo artículo desarrollaré el concepto de mundo de la vida y lo relacionaré con la filosofía del primer Wittgenstein.

*Profesor titular en el Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

domingo 25 de enero de 2009

Reivindicar la política

Los pueblos débiles y flojos, sin voluntad
y sin conciencia, son los que se complacen en ser mal gobernados.
Gracián

*Harold Soberanis

En los tiempos que corren, se hace perentorio reivindicar la política. No recuerdo con precisión, quien dijo que la política es algo tan serio que no era posible dejarla, únicamente, en manos de los políticos. El haber permitido que sean éstos solamente quienes se ocupen de la política, ha provocado su extendido desprestigio. Nunca antes, una profesión tan noble y necesaria ha sido condenada a existir en el fango de las perversiones humanas.

Y es que no podemos vivir sin ella o alejados de su esfera. Desde la Grecia antigua se reconoce que la política es una actividad propia del ser humano, pues es parte de su misma esencia. Es lo que afirma Aristóteles cuando define al hombre como un zoon politikón, esto es, un animal político. Su ejercicio es, junto al de otras actividades humanas como el arte, el lenguaje, la fe religiosa, etc; un saber que nos permite configurar un concepto de hombre con el cual podemos trascender los límites de nuestro ser biológico, el mismo que compartimos con los animales. Es desde esta revelación que alcanzamos a comprender la profundidad de la famosa definición hecha por el Estagirita.

En países como Guatemala, cuya historia es un ejemplo perfecto de infamia, la política ha sido prostituida por quienes, por definición, están llamados a dignificarla. Claro, no son ellos los únicos culpables, ni las razones son tan simples. Pero sí son ellos quienes más responsabilidad tienen es este asunto, pues dedicándose a ella y haciendo de ella su profesión deberían reivindicarla en cada acto. Aunque, viendo las cosas más de cerca uno comprende porque son ellos, precisamente, quienes más se empecinan a diario en desvirtuarla, ya que si hicieran lo contrario, muchos desearían dedicarse a ella, y entonces, la competencia sería atroz. Razones competitivas -de un libre mercado que todo lo vuelve mercancía y que no logra, de una vez por todas, derramar el vaso de la riqueza que, curiosamente, cada vez se hace más alto -o acaso motivos de celo profesional, quien sabe.

Lo cierto es que no podemos permitir que esta situación siga así. Es necesario que la sociedad se politice, es decir que, como seres cuya naturaleza tiende a lo social, comprendamos que sólo, en tanto actuemos en función de esa naturaleza, nos realizaremos plenamente como seres humanos integrales. Debemos renunciar a la apatía política, a la indiferencia forzada, al dejar que los demás decidan por nosotros. Tenemos que asumir nuestra responsabilidad histórica y arrebatar a los políticos (¿o politiqueros?) el derecho al ejercicio de una profesión fundamental para la existencia de la sociedad misma. Hay que hacerles entender que no son los propietarios absolutos de ella.

Después del reciente proceso electoral, con el que cada cuatro años nos autoengañamos, al creer que vivimos en democracia por el sólo hecho de emitir un voto, la política, ese ámbito esencial donde se desarrollan y articulan los procesos necesarios que permiten crear una sociedad mejor, ha quedado muy desacreditada. Por eso, ahora que, ya terminado el circo electoral, pasamos al análisis y la reflexión de todo lo que nos ha dejado dicho proceso, es necesario que incluyamos en ese análisis a la política, a fin de replantear su papel en nuestra sociedad, así como su futuro y el nuestro. Pues mientras no entendamos que como seres sociales nuestra participación en la toma de decisiones de las políticas públicas que afectan a todos es fundamental, no lograremos construir una sociedad justa e igualitaria, donde todos vivamos con dignidad y no haya ciudadanos de primera, segunda o tercera categoría. Mientras no entendamos todo eso, digo, estaremos condenados a que una clase política desprestigiada, en contubernio con los sectores poderosos pero no ilustrados de la sociedad, sigan definiendo nuestro destino, con la arrogancia y prepotencia que da el dinero, mas no la sabiduría.

De ahí mi insistencia en la urgencia de reivindicar la política, a fin de que el ciudadano medio ya no siga pensando que esta profesión es sucia y que se dedican a ella únicamente personas corruptas. Seguir pensando así favorece a nuestros politicastros, en la realización de sus perversos intereses. Si logramos rescatar a la política y la mostramos como una profesión noble a la que deben dedicarse los buenos hijos de esta tierra, tal vez consigamos vislumbrar un mejor futuro para todos.

Pero, ¿cómo hacer que todos entiendan que somos seres políticos? ¿Cómo convencer al ciudadano que su participación es esencial para la configuración de una sociedad más digna? ¿Cómo demostrarles que es necesario que se interesen en los asuntos del Estado, si la tarea más urgente es sobrevivir con un miserable sueldo que no permite dar a nuestra familia una vida decorosa? ¿Cómo persuadirlos de que se instruyan y preparen si nuestro nivel de analfabetismo sigue siendo un modelo perfecto de inequidad? La tarea no es fácil, y nadie ha dicho que lo sea. Pero aún con una realidad tan adversa, debemos procurar motivar a la gente para que renuncie a su tradicional apatía.

Creo que en esta empresa juega un papel importante la educación. Claro, una verdadera educación que forme seres pensantes y críticos que puedan aportar, desde su particular condición, a la solución de los problemas que agobian a la sociedad. La educación debe formar ejemplares ciudadanos. Ciudadanos en el sentido que pedían los filósofos griegos, para quienes la construcción y permanencia de la polis, como el espacio donde se realiza el hombre en cuanto tal, es la tarea más importante que debe asumir todo ser verdaderamente libre. Este es el sentido pleno de ciudadano: una persona libre que se involucra en los asuntos públicos, porque sabe que en el futuro de la sociedad se juega el suyo propio.

Como señalé arriba la tarea no es fácil. Pero mientras más tardemos en actuar más tendremos que arrepentirnos de no haber hecho de la política una de las practicas más dignas del ser humano.

Aquí también es necesario que la filosofía y los filósofos reclamen el espacio que les ha sido negado en sociedades subdesarrolladas como la nuestra. No ya como pretendía Platón (¿o acaso si?), cuando en su Estado ideal incorporaba la figura del rey-filósofo, esto es, el gobernante sabio que, precisamente porque era sabio, estaba mejor dotado para gobernar. Acaso dicho rey-filósofo no sea viable llevarlo a la realidad. Acaso nunca lo fue. Empero, aunque su inserción en la realidad actual sea imposible de tan perfecta, deberíamos actuar como si lo fuese. En todo caso la tarea del filósofo debería ser la de guiar a la sociedad por el sendero correcto a modo de que pueda ejercer una positiva acción política.

A todo esto se debería añadir un modelo de democracia real en la que el ciudadano tenga la posibilidad de elegir a sus autoridades pero también pueda quitarlos cuando no cumplen con el fin para el que fueron electos. Ahora bien, únicamente es posible construir una democracia real a través de la participación libre del ciudadano. Pero éste, a su vez, necesita del espacio social y de las instituciones que estimulen y garanticen su participación. Por lo tanto, ambas, democracia y participación ciudadana (o politización de la sociedad), son elementos que se articulan en un permanente movimiento dialéctico que posibilita construir una sociedad justa y digna para todos. Y esto debemos tenerlo muy claro.


*Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.



sábado 24 de enero de 2009

ETICA Y POLÍTICA (Una relación necesaria)

* Harold Soberanis

Desde la Grecia clásica, la relación entre ética y política ha sido uno de los temas que más ha preocupado a muchos filósofos, a lo largo de la historia del pensamiento humano.

Como sabemos, durante la antigüedad y el Medioevo se daba por sentado que la relación entre ética y política era una relación esencial, algo natural, es decir, era parte de la realidad misma de estas esferas de la acción humana. Entre ellas no había contradicción, ni separación posible. Ambas se articulaban en el desarrollo histórico de las sociedades. Dedicarse a una de ellas implicaba acercarse a la otra. De esa cuenta, los filósofos antiguos y medievales no podían concebir una separación entre ellas pues, ética y política, estaban unidas en una relación indisoluble.

Es hasta la Edad Moderna, con pensadores como Maquiavelo (injustamente juzgado por la historia), cuando comienza a cuestionarse si esta relación, ética-política, es esencial, necesaria, como afirmaban los antiguos, o por el contrario es contingente. Al hombre moderno ya no le parece que sea una relación tan natural. Y a Maquiavelo le tocará sembrar la duda sobre este vínculo. Para el pensador florentino, el fin del verdadero político, del gobernante eficaz, es el ejercicio del poder, no por el poder mismo sino en función del bienestar general o bien común. Es este bien común el criterio que ha de regular, en última instancia, la actuación del gobernante. Dicho principio regulador vendría a desvirtuar la imagen que, históricamente, nos hemos hecho de Maquiavelo: una persona sin escrúpulos, totalmente inmoral. Afirmar que este filósofo no reconoce ningún límite moral a la acción de los gobernantes, es no haber comprendido, ni el contexto, ni el pensamiento del político florentino.

Después de Maquiavelo muchos, la mayoría oportunistas, han interpretado su pensamiento según su conveniencia, haciendo del poder político un instrumento de corrupción por medio del cual se puede cometer cualquier clase de crímenes y abusos. Con ello, han desnaturalizando la verdadera función de la política y han puesto en entredicho la importancia del papel del político dentro de la sociedad. Esto ha desembocado en un rechazo total de la gente común hacia la actividad política por considerarla deshonesta.

Lo anterior nos revela que este tipo de reflexiones en torno a la relación ética-política, permanece vigente y que, a pesar del tiempo transcurrido, es uno de los temas más permanentes de la filosofía. En nuestro caso, me refiero a Guatemala, la discusión sobre la ética de la política o la política de la ética, debería ser uno de los temas más importantes que estuvieran dentro del debate actual, sobretodo tomando en cuenta que nos encontramos en un proceso eleccionario del que saldrán las autoridades que nos habrán de gobernar (¿?) los próximos cuatro años.
Dada nuestra historia reciente, sabemos que en los últimos 50 años se ha ido generado un proceso de descomposición social que, ha derivado en la precaria realidad que tenemos. Nos encontramos ante un Estado fracasado que ha sido incapaz de proporcionar las condiciones mínimas necesarias para una vida digna a los guatemaltecos. Esta descomposición social mucho tiene que ver, precisamente, con el grado de incapacidad política y naturaleza corrupta de quienes han detentado el poder. De esa cuenta, lo que tenemos es un Estado tomado por las mafias de toda índole y donde, la gran mayoría, vivimos en condiciones de pobreza.

Dentro de este contexto, se hace perentorio traer al plano de la cotidianidad, la discusión sobre la relación ética-política, pues las conclusiones que vayamos sacando nos permitirán establecer los principios o criterios que nos guíen en la elección de los futuros gobernantes. Debemos tener claro que el gobernante como tal, tiene una función específica y determinada. Platón afirmaba que, así como el buen capitán de un barco es aquel que sabe llevar a puerto seguro su nave, el mejor gobernante será quien dirija el Estado de tal forma que todos los miembros de la sociedad, y la sociedad en su conjunto, logren alcanzar el fin último de la vida en sociedad: el bienestar y la felicidad. El buen gobernante será, pues, quien consiga llevar a buen puerto la nave del Estado lo que, en términos platónicos, significa lograr que los miembros de la sociedad sean felices. Para ello se necesita que la acción del gobernante esté limitada por principios morales que le permitan, y en ningún caso le impidan, la consecución del fin último del poder político.

Resulta sintomático, pues, que en el actual proceso eleccionario, ningún candidato ni partido político haga referencia a la necesidad de establecer principios éticos que sirvan de fundamento a cualquier propuesta programática. Esto nos lleva a pensar que para estos politiqueros cualquier consideración ética sobra, pues ellos están más allá del bien y del mal y que el fin justifica los medios (frase que nunca pronunció Maquiavelo).

Mostrar la necesidad de consolidar la relación ética-política, resaltando la importancia que para el hombre de estado tiene contar con principios éticos que regulen su acción como única vía para lograr el bienestar de las sociedades en el mundo globalizado de hoy, es la tarea del filósofo. Empero, ya sabemos que, históricamente, el político pragmático siempre ha desconfiado del intelectual, marginándolo y con ello despreciando un conocimiento que es vital. Cuando esta situación cambie, cambiaran muchas cosas que hoy son parte de nuestra triste realidad social.

*Profesor Titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

jueves 22 de enero de 2009

LA PARADOJA HUMANA

*Harold Soberanis

La condición humana es tan compleja que nunca terminamos por comprender como somos y cómo son los demás. Las motivaciones de los hombres son tan enigmáticas, que lo único que nos muestran es lo insondable de su naturaleza, si es que es posible hablar de ésta. Así, resulta que los seres humanos son un misterio para sí mismos.
El esfuerzo por conocer y comprender al hombre nos ha llevado a la creación de ciertos saberes por medio de los cuales pretendemos ahondar en ese misterio. Así, hemos creado la ciencia, la religión, el arte, la filosofía y todo aquello que denominamos cultura. La cultura es, pues, no sólo el resultado de la creatividad humana, sino el intento por comprender a este sujeto creador.
Hace más de dos mil años, Sócrates, en la antigua Grecia, afirmó que no hay misterio más grande para el hombre que el hombre mismo. De ahí, su insistencia en conocernos, que no es más que realizar una permanente introspección que nos conduzca al encuentro íntimo con nuestro ser. De nada serviría, dice este filósofo, conocer el mundo que nos rodea, dominar la naturaleza, si no somos capaces de conocernos a nosotros mismos. Esta es la razón de la exigencia de la ética socrática de alcanzar la episteme, el verdadero conocimiento, iniciando esa búsqueda de la verdad a partir de la percatación de lo que somos, pues esa verdad no está fuera de nuestro ser. La sabiduría, la verdadera, esa que únicamente es posible por medio de la filosofía (la cual podemos interpretar como búsqueda permanente de lo-que-es), es descubrimiento de la verdad. Para alcanzarla, Sócrates proponía el ejercicio de la Razón humana que, cual poderosa linterna, alumbra esa verdad que anida en el alma de los hombres. Nadie inventa la verdad, ni nos la enseña puesto que ella permanece cobijada en la interioridad de cada quien, a la espera de que cada uno haga el esfuerzo por descubrirla al penetrar en lo más íntimo de su ser. El sendero que nos lleva a ella, a esa verdad incuestionable, debe ser transitado por cada individuo, lo que hace de la filosofía una búsqueda en solitario. Esto no debe interpretarse como un aislamiento, como un encerrarse en sí mismo, sino como la evidencia de que, la aprehensión de la verdad, sólo es posible a partir del ensimismamiento el cual debe ser capaz de articularse, posteriormente, con la presencia de los otros.
El encuentro con el otro y la exigencia de ser honestos consigo mismos, a partir del ahondar en nuestra intimidad, hacen que esta búsqueda de la verdad sea un imperativo moral, pues sin ese referente tal búsqueda es, desde el inicio, una ficción y, por lo mismo, negación de posibilidad de la episteme.
Aunque desde que habló Sócrates, han pasado muchos años y han surgido grandes pensadores y sistemas filosóficos que han planteado, cada quien desde su particular punto de vista, lo que el hombre es, éste sigue siendo un misterio pues siempre se nos revela un aspecto que no conocíamos o una acción que no esperábamos de él.
Y creo que aquí es donde surge uno de los aspectos más paradójicos de la existencia humana pues, aunque el hombre ha inventado la ciencia y desarrollado una tecnología impresionante, aunque ha ido a la luna y ha dominado en buena parte a la naturaleza, a pesar que ha penetrado y desenmarañado algunos misterios del mundo, sigue siendo para sí mismo algo incomprensible, insondable. El hombre no ha logrado resolver el enigma que representa para sí. De ahí acaso, la separación, la incomunicación, la soledad que el hombre del siglo XXI experimenta.
Esto se nos muestra, por ejemplo, en el hecho de que a pesar del avance en la tecnología de las comunicaciones, con esto del internet, cada vez somos más incapaces de comunicarnos entre nosotros, seres de carne y hueso que sueñan y anhelan, que aman y sufren. Nos comunicamos a la perfección con la máquina, pero no con nuestros semejantes. El contacto con el otro se ha perdido enredado en los millones de alambres de la tecnología y de las máquinas. El médico ahora, ya no tiene ese contacto humano con sus pacientes, el maestro mantiene una actitud indiferente y distante con el alumno, el sacerdote o pastor ve en su feligresía la fuente de un ingreso monetario. Por eso, no resulta extraño que la mayoría de enfermedades de este tiempo, no tengan un origen propiamente físico, sino que su causa se encuentre en la fragmentación del ser del hombre. Piénsese en la anorexia, la esquizofrenia, la obesidad, etc.
Por eso es urgente el cultivo de la filosofía como forma de reflexionar sobre nuestra condición, sobre la realidad y sobre los otros. La filosofía como reflexión significa pensar, es decir, detenerse un momento en el ajetreo cotidiano y preguntarnos sobre el sentido de nuestra existencia. Significa también, dudar y más que encontrar respuestas absolutas, encontrar nuevas preguntas que nos interpelen y sacudan. Nada nos garantiza que con este ejercicio constante lleguemos a conocernos totalmente, pero al menos la búsqueda de lo que somos ya no será a ciegas y tendremos, al menos, la certeza y la satisfacción de realizarla con honestidad.
Aunque nunca alcancemos la comprensión total de lo que somos, debemos practicar esta búsqueda como el encuentro posible con nuestro ser. Al menos así, cuando la muerte nos encuentre, pensaremos que no hemos vivido en vano.


* Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

¿QUÉ ES LA ESTÉTICA? (2/2) (Un posible acercamiento a su sentido)

*Harold Soberanis

En la primera parte de este artículo, me referí a algunas características que pueden ayudarnos a comprender qué es la estética. Después de señalar, brevemente, el desarrollo histórico de esta disciplina y de mencionar algunos temas que aborda, finalizaba esa primera entrega haciéndome algunas preguntas acerca de lo qué es el arte y en qué radica el valor de la obra.
Como señalé anteriormente, la estética es la rama de la filosofía que reflexiona sobre el arte en general, y sobre la obra de arte, en particular, tratando de comprender en qué radica su estatuto de obra de arte. Respecto a esto último, una respuesta muy generalizada afirma que la obra de arte lo es en tanto encarna el ideal de belleza, en el sentido platónico de la participación de las cosas respecto a las Ideas. Sin embargo, esta respuesta, aunque puede decir mucho, no dice gran cosa, pues la belleza puede ser entendida de muchas maneras. Claro, Platón nunca admitiría que sobre la belleza se puedan tener diversas concepciones. Recordemos que una característica de la filosofía clásica griega será la de pretender ser un saber universal, es decir, un saber que es válido para todos los seres humanos sin importar la época y el lugar.
Este sentido de universalidad del conocimiento y sus contenidos se mantuvo invariable durante mucho tiempo dentro del pensamiento occidental. Fue hasta la llegada de la Edad Moderna cuando los filósofos de esta época comenzaron a poner en entredicho esa pretendida universalidad. La misma filosofía había entrado en crisis y como consecuencia de ella se verá desplazada por la ciencia quien, a partir de este momento, ocupará su lugar y le arrebatará el prestigio que hasta entonces poseía. Así, uno de los efectos que tendrá este movimiento, y que hasta el día de hoy se manifiesta, es el respeto y la buena reputación de la ciencia y sus resultados.
De esa cuenta, el mismo sentido de belleza que hasta entonces había sido aceptado como universal y cuya definición había sido dada por los filósofos griegos comienza a cuestionarse. En realidad, es la misma Razón, esencialmente holística, la que se cuestiona y con ella todos sus conceptos y categorías. Sin embargo, en este momento, a pesar de sospechar de la Razón, algunos de sus postulados teóricos se mantienen y surgen dentro de la misma tradición filosófica intentos por salvar el poder de la Razón, aún cuando se tenga que renunciar a algunas de sus verdades, verdades que se venían afirmando desde la antigüedad. Este es el caso de Kant quien, como sabemos, hará una crítica destructora de la capacidad de la Razón en cuanto a comprender el mundo, no para denigrarla y rechazarla como algo inferior sino para, a partir de reconocer sus límites, consolidarla como la facultad más generosa de la naturaleza humana. En este sentido, el mismo Kant reconoce la función de la Razón para penetrar en el insondable mundo del arte y sus productos.
Sin embargo, la duda sobre la belleza como elemento esencial al arte ya está dada y no habrá marcha atrás al respecto. Es más, en el trascurso de la historia se ahondará dicha duda. Las consecuencias de esta puesta en crisis de la Razón y sus postulados las veremos en el surgimiento, en el siglo XX, del denominado posmodernismo. Este nuevo movimiento intelectual será no solamente la cúspide del rechazo al modernismo y a todo lo que éste significaba sino, sobre todo, será el rechazo al poder de la Razón y con ello, la renuncia al proyecto filosófico de los griegos.
Para los posmodernistas el arte ya no será lo que era para los griegos; su valor ya no estará dado por la belleza que pueda contener; el mismo concepto de belleza perderá su claridad tornándose ambiguo; y lo bello podrá encontrarse en todas partes, incluso en la fealdad, por muy contradictoria que parezca esta afirmación.
Así, nos encontramos ante una concepción del arte, de la obra y del papel del artista no como algo universal, es decir, como algo válido y valioso para todos, sino más bien como un aspecto relativo a la cultura y al espectador de la obra. El arte habrá perdido su universalidad reduciendo su significado a la sociedad y la época en que se manifiesta, Interpretándose con las condiciones particulares de cada momento histórico.
Una consecuencia esperada de este relativismo posmodernista será la de reivindicar el valor de las culturas que hasta entonces habían estado marginadas de la modernidad. Al reivindicarlas se les dará un nuevo sentido y se buscará en sus manifestaciones más humanas, como el arte, novedosas expresiones y maneras de ver las cosas. Se plantean, entonces, formas distintas de valorar lo artístico en tanto que son expresiones de lo más íntimo del ser humano y, por lo mismo, más alejado del dominio de la esfera racional. Para ello se elaboran nuevas estéticas que logren capturar su esencia momentánea (por paradójico que suene) de la cual derivarán valores nunca antes concebidos.
Así, ya no importa lo que es bello, pues bello será lo que cada quien logre entender. Ya no se buscará un concepto universal de belleza. La obra de arte se habrá vuelto difusa y esa misma vaguedad le otorgará un sentido y valor renovados.
Derivado de lo anterior, encontramos una nueva estética con nuevas categorías y consideraciones. La misma función de la estética habrá cambiado y ya no se pretenderá que sea un saber totalizador. Nuevamente, la Razón ha perdido un campo de dominio y la filosofía ha visto reducida su capacidad de comprender el mundo. En este momento el arte es muchas cosas y por derivación también la estética.
Un ejemplo del sentido nuevo de este arte es que la obra pide del espectador una participación como posibilidad de encuentro y complementariedad de su sentido. El espectador ya no es el ente pasivo que, frente a la obra, mantiene una posición contemplativa. Ahora es más activo y en su actividad termina, por decirlo de una manera, de completar la obra.
Para los posmodernistas, la obra de arte puede estar y está en todas partes. Ya no se reduce a lo colocado en los museos o galerías. El artista es cualquiera que, en un momento dado, decida que el objeto que tiene en la mano sea obra de arte.
Esta nueva actitud, consecuencia inevitable del relativismo de la posmodernidad, ha hecho del arte en particular y de la realidad en general, algo más complicado de entender y asimilar de manera efectiva. La realidad se nos escapa. El arte mismo es incomprensible. Ya no hay puntos de referencia que nos permitan aprehender un sentido totalizador de la realidad. Lo universal se ha diluido en la relatividad de las cosas. Ahora sí, Dios ha muerto y todo es válido.
Se ha abierto, pues, una época de escepticismo y hasta nihilismo. Una época en que se han perdido las certezas y la desconfianza nos ha asaltado. En este panorama intelectual, la estética ha trastocado su sentido y no se tiene muy claro cuál es su discurso. Sin embargo, la obra de arte sigue existiendo, el papel del artista sigue siendo valioso y la reflexión sobre todas estas realidades sigue siendo necesaria, pues es parte de la naturaleza humana el querer comprender el mundo que le rodea. Y mientras esto continúe seguirá reflexionándose sobre el arte, es decir, seguirá existiendo la estética, aun cuando se haya modificado su sentido.


*Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

¿QUÉ ES LA ESTÉTICA? (1/2) (Un posible acercamiento a su sentido)

*Harold Soberanis

Es bien sabido que una característica esencial de la filosofía, y por supuesto de los filósofos, es la búsqueda o elaboración de definiciones, como un intento por aprehender, comprender y dominar algo de la realidad que se nos escapa y que, por lo mismo, nos provoca. Cuando logramos delimitar (ya que definir no es más que esto) aquello que nos interpelaba, nos sentimos dominadores de ese hecho o fenómeno que se nos iba como agua entre los dedos. Y aunque nuestros intentos por lograr definiciones, la más de las veces fracasan, pues nunca alcanzamos a aprehender la esencia de las cosas (aun cuando para la fenomenología esto sí sea posible) volvemos, una y otra vez, a intentarlo como en un acto de infinita absurdidez, similar al realizado por Sísifo. Esto es así y seguirá siéndolo, al menos, en la tradición de la filosofía occidental.
Y como no podemos renunciar a esta búsqueda pues, como señalé arriba, es parte de la naturaleza misma de esta profesión, que es la filosofía, intentaré ahora, a través de estas especulaciones, configurar una definición de estética a sabiendas de que, dicha empresa acaso no produzca el más mínimo resultado esperado. Debo advertir que realizo este ensayo desde mi particular punto de vista, utilizando las herramientas conceptuales que mi acercamiento a la filosofía me ha proporcionado, articulando dicho saber con mi propia experiencia personal, experiencia que se reduce al gozo que me proporcionan las manifestaciones artísticas de mi predilección: la música y la literatura. No es que no valore o disfrute otras formas de arte, como la pintura o la escultura o la arquitectura. También en estas se esconde el secreto del gozo estético. Lo que sucede es que dicho placer se me da más fácil o de manera más inmediata con esas dos formas de arte.
Así también creo que antes de intentar elaborar una definición de estética, es necesario distinguir entre los elementos que entran en juego a la hora de valorar la creación artística. Esos elementos son, a mi juicio: la obra de arte propiamente dicha, el artista que la elabora, el crítico de arte que la juzga según sus particulares criterios y el filósofo de la estética que trata de encontrar, de manera holística, las razones últimas que nos explique el sentido de una obra particular o del arte en general. En mi caso, me sitúo, aunque sin considerarme filósofo de la estética, en el último elemento que menciono arriba.
¿Qué es la estética? Es una pregunta que se hacen los filósofos que se ocupan de ese otro espacio que no es la moral, ni la política, ni la historia, ni la sociedad, pero que está presente en todos ellos y éstos en aquél. Porque toda obra de arte es, a la vez, un producto político, histórico, social, moral. Es el resultado de todos aquellos factores que se interrelacionan en el mundo del hombre. La obra de arte no está aislada de todos estos elementos que configuran un contexto definido. Ningún artista crea su obra de la nada. Así como tampoco la obra es neutra pues, siendo el resultado de esos factores que se articulan en un contexto histórico concreto repercute, de una u otra manera, en ese contexto del que surge.
Por supuesto que todo esto que digo está sujeto a discusión. De hecho, muchos artistas o críticos de arte, no estarán de acuerdo conmigo, pero esa misma divergencia de opiniones puede ser fructífera y arrojar alguna luz sobre el tema que nos ocupa.
Históricamente sabemos que la estética no surgió como un saber definido y autónomo de la filosofía (como sí lo hizo por ejemplo, la ética), o no abordaba los temas que actualmente analiza, o lo hacía a través de otro método distinto al que hoy día usamos. Lo que quiero decir es que, en sus orígenes, la estética no es lo que es en el presente, a saber: el espacio autónomo de reflexión filosófica que trata sobre la obra de arte, sobre el arte, sobre lo que debería ser, o es, el arte y sobre los valores que encarna como producción humana, sobre el papel del artista, de su compromiso social o total neutralidad.
Durante muchos años la reflexión sobre lo bello o la obra de arte estuvo subordinada a otras reflexiones superiores como la moral o la política, por ejemplo. Aunque se seguían produciendo obras de arte y surgían importantes artistas, el arte como tal (y la reflexión sobre éste) no lograba construir su propia esfera, y no lo consiguió sino hasta el siglo XVIII cuando surge como un saber autónomo, con su propio estatuto epistemológico dentro del panorama general de la filosofía.
Al igual como sucede con las otras áreas de la filosofía, no existe un sentido único de estética. El significado que se le atribuya dependerá de cada autor, corriente filosófica, época o momento histórico y base ideológica.
A mi juicio, creo que la estética es el ámbito de reflexión exclusivo sobre el arte en el que la filosofía medita a fin de encontrar las razones que hacen de la producción artística un elemento significativo dentro de la sociedad. Y no sólo pensar sobre la obra, sino también sobre el papel del artista como un miembro de la sociedad. Además, la estética nos da las claves para comprender la obra de arte, en su singularidad y concreción
Durante mucho tiempo la estética se dedicó a descubrir qué era lo bello, qué hacía que una obra de arte fuera eso, obra de arte. Se pensó que lo que distinguía a ésta de aquello que no lo era, radicaba precisamente en que contenía algún elemento de belleza o compartía, a su manera, el modelo de lo bello, para usar una expresión de corte platónico.
Sin embargo, en la actualidad ya no importa tanto la cantidad de belleza que pueda contener una obra de arte (¿acaso nunca importó?) porque eso, en última instancia, es muy subjetivo. Lo que para mí puede ser bello para otro no lo es, y viceversa. Por lo tanto, no podemos centrar nuestra reflexión sobre aspectos de la subjetividad humana ya que, precisamente por serlo, no podemos encontrar un criterio válido (para todos) que nos explique la obra.
¿En qué radica el valor de una obra de arte? ¿Acaso en la técnica empleada? ¿O en los colores, o las formas o las palabras que se articulan? ¿O talvez en el nombre del artista que la produjo? Pueden acaso ser todos estos elementos, pero yo agregaría también la función que cumple en la sociedad, el valor político que pueda encarnar o el significado que encierre en tanto contribuya al desarrollo social del hombre.

*Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.