martes, 26 de febrero de 2013
Política y ciudadanía
lunes, 18 de febrero de 2013
No es cuestión de valores
domingo, 27 de mayo de 2012
viernes, 10 de febrero de 2012
Lo que no es filosofía
De vez en cuando, nos llevamos la grata sorpresa de encontrar en Internet cosas interesantes, de esas que valen la pena. Esto es lo que me sucedió el otro día cuando, para mi agrado, encontré reproducida una entrevista que el periodista Esteban Hernández le hiciera a la filósofa española Victoria Camps[2]. La profesora Camps, es una destacada intelectual que en años recientes ha publicado no pocos libros de filosofía, principalmente sobre ética, su especialidad.
En dicha entrevista, la profesora Camps se refiere, entre otras cosas, al reconocimiento que, en los últimos tiempos,se ha dado al papel que juegan los sentimientos en cuanto a las valoraciones morales que hacemos. En efecto, según ella apunta, cuando emitimos un juicio de valor éste también debería ser producto de nuestra esfera afectiva y no sólo de la razón. De ahí que una persona moral sea no solamente quien se guía por su capacidad racional, sino “alguien que reacciona afectivamente ante las inmoralidades y la vulneración de las reglas básicas, alguien que siente indignación, vergüenza o rabia ante las grandes injusticias o ante las prácticas inhumanas”.[3] Obviamente, no se trata de rechazar la Razón y basar nuestros juicios morales únicamente en los sentimientos, pues esto tampoco nos haría mejores. Se trata, en síntesis, de encontrar un punto de equilibrio entre ambas, idea que, por otro lado, no es nada nueva. Lo novedoso en este caso, según interpreto, es que tal valoración de los sentimientos ha ido calando, cada vez más, en ámbitos aparentemente ajenos a los sentimientos, como los discursos políticos. Y en tal sentido, sigue diciendo la profesora Camps, ha sido la izquierda quien más se ha apropiado de este elemento. No sé si dicha afirmación sea verdad o no, pues en este momento no me interesa analizarlo. A lo que deseo referirme es a algo que la profesora Camps señala en la entrevista de marras.
Según ella, está bien valorar el papel de los sentimientos a la hora de emitir juicios morales, pero teniendo el cuidado de no exagerar su importancia, tal como sucede en el tipo de publicaciones de autoayuda. Como es bien sabido, en los últimos tiempos ha proliferado gran cantidad de estos escritos. Numerosos “gurús” intentan enseñarnos cómo ser felices. Para ello se montan innumerables cursos, seminarios o diplomados a donde asisten aquellas personas que desean que un “experto”, les dé una receta mágica que les permita superar sus problemas y alcanzar la felicidad eterna. Esto, señala la profesora Camps, no es filosofía.
La filosofía, por su propia naturaleza, nos induce a analizar la realidad de manera compleja, nos lleva a la raíz de las cosas, nos exige una actitud analítica rigurosa, una reflexión profunda. Todos esos libritos de autoayuda o esos cursitos motivacionales, lo que hacen es mostrar una realidad demasiado simple,cediendo a lo fácil y manipulando a las masas. De tal cuenta que, afirma Victoria Camps, “la autoayuda es la negación de la filosofía, porque la primera quiere dar respuestas claras y fáciles a problemas complejos, mientras que la filosofía tiene como misión introducir dudas en los problemas. No pretende dar fórmulas que nos digan lo que hay que hacer, y que reduzcan todo a una serie de ideas simplistas sobre cómo ser feliz, cómo hablar en público o cómo manejar las depresiones, sino que pretende ir más allá y entender lo que ocurre en toda su extensión”.[4]
Aunque la energía que implica la búsqueda personal de la verdad sea muy grande, ésta es preferible a seguir autoengañándonos con las fórmulas prefabricadas que expertos pretenden vendernos. Nuestro esfuerzo se verá recompensado con la posibilidad de establecer un diálogo íntimo con los grandes pensadores de todos los tiempos, los mismos quienes con sus escritos han contribuido a configurar, para la humanidad, ese legado de sabiduría que conocemos como Filosofía.
Savater en Guatemala
Recientemente estuvo en Guatemala el conocido filósofo español, Fernando Savater, invitado por una fundación internacional. En una conferencia dada en un hotel capitalino y cuyo tema giró en torno a la relación entre ética y política, Savater demostró el por qué es uno de los pocos filósofos que, tanto las élites ilustradas, como las no ilustradas (como las de Guatemala) y los grupos de activistas diletantes, conocen bastante bien. Este dato es, ya en sí mismo, un logro que hay que reconocerle a este profesor español. Si bien teóricamente Savater no es fuerte, tiene la virtud de ser un gran divulgador de la filosofía. Sus charlas son amenas, salpicadas de ejemplos oportunos y algunos chistes, lo que le hace simpático entre quienes le escuchan. Y esto, el de hacer de la filosofía un conocimiento más accesible a las masas sin formación filosófica, es algo que hay que agradecerle. Esto explicaría la razón de su popularidad, lo que también es meritorio, pues en un mundo donde las imágenes que nos saturan tanto en la televisión como en los diarios e internet son, sobre todo, de personajes de la farándula, insípidos, prefabricados y frívolos, sin ninguna virtud en lo que dicen hacer, resulta llamativo que sobresalga un filósofo, es decir, un personaje que se dedica a algo menos que enigmático y misterioso.
Empero, a lo que me quiero referir no es al personaje, sino a algunas ideas sueltas que le escuché decir y que apunté al vuelo mientras él disertaba. Para empezar, el tema de la relación entre ética y política, ha sido uno de los más trabajados en filosofía desde sus primeros tiempos. Basta con echar una mirada a la Historia de la Filosofía. Ya Sócrates, Platón y Aristóteles se ocuparon de tal tema, y cada uno desarrolló una manera de entender dicha relación, relación que, según ellos, es indisoluble. Así se mantuvo a lo largo de los años, hasta que apareció el genio de Maquiavelo quien afirmó que bien pueden estar, la política y la ética, una sin la otra. Esta afirmación del Canciller florentino, ha sido maliciosamente tergiversada, lo que ha derivado en una imagen perversa de este científico de la política. Sin embargo, a pesar de lo contundente de la revelación de Maquiavelo, no se ha dejado de abordar el tema y muchos y variados han sido los autores, tanto como teorías que se han referido al respecto.
Pues bien, una de las cosas que Savater dijo sobre la relación entre ética y política y que llamó mi atención fue cuando afirmó que todos somos políticos (Aristóteles lo dijo a su manera cuando definió al hombre como un zoon politikón, es decir, un animal político), pero que a aquéllos a quienes llamamos “políticos” son esos personajes que hemos “mandado mandar”. Por lo mismo, son responsables, esto es, deben responder ante quienes les hemos elegido. Bien harían nuestros politiqueros (en Guatemala no hay políticos profesionales), en no olvidar esto.
Otra de las cosas que mencionó, y ojalá la hayan escuchado muy bien todos esos que andan por ahí con aires de perdonavidas, es que los problemas políticos se resuelven con una buena dosis de política y no de ética. Que se debe desconfiar de aquellos que para todo recurren a la ética para resolver problemas de cualquier índole. Esto es importante, pues en nuestro medio prevalece la idea, de que todo puede y debe solucionarse con inculcar valores morales (y no éticos) o con rezar. Esta actitud ingenua nos ha llevado a acciones como la de implementar cursos de valores o vigilias para orar por la paz, pretendiendo con ello resolver nuestros problemas cuya raíz es muy diferente. Con enseñar más valores u orar durante largas horas, no se resuelven los problemas que nos aprisionan. El origen de tales problemas hay que buscarlo en la desigualdad e inequidad sobre las que se ha construido esto que llamamos Guatemala. Históricamente este país se construyó sobre la base de los privilegios que las clases dominantes deseaban conservar. Tales privilegios se sostienen, a su vez, sobre la explotación de las mayorías que, para ser explotadas deben primero ser marginadas de los beneficios económicos lo que las hace estar en la desigualdad. Así pues, tales problemas se resuelven de manera política y económica, es decir, tratando de cambiar las estructuras que los justifican y distribuyendo equitativamente la riqueza que, en última instancia y como lo afirmaría Marx en su momento, es de origen social.
Refiriéndose a los nacionalismos, Savater afirmó, en una de las tantas entrevistas que se le hicieron, que tales acciones no hacen sino entorpecer el desarrollo de los pueblos. Esta idea la relacionó a esa actitud, hoy tan de moda gracias a esos organismos internacionales que buscan lavar la consciencia de sus respectivos países, de mantener a las culturas originales en un estado de pureza. En efecto, tal como es el caso de Guatemala, se habla mucho de preservar, por ejemplo, la cultura maya. Se enfatiza el hecho de mantenerla pura, sin contaminarse con la occidental, con el argumento de evitar que desaparezca. Esto es una trampa, pues lo que se logra con ello es mantenerla en el atraso permanente. En su momento, Don Severo Martínez, en su ya clásica obra La Patria del Criollo, se refería, premonitoriamente, a esta tendencia y advertía, con bases científicas, en el peligro que representaba. Efectivamente, pretender proteger a los descendientes de los mayas, hombres y mujeres de carne y hueso, con el argumento de evitar cualquier contaminación que amenace su cultura, no es más que condenarlos al aislamiento y el atraso y de esa forma seguir explotándolos. De lo que se trata, pues, es de preservar sus tradiciones y creencias, pero incorporándolos a los procesos de producción, al modelo económico, a la cultura que, nos guste o no, es la predominante. Con ello no se busca destruirlos, sino integrarlos a la dinámica social que les posibilite salir de la marginación y la miseria.
En fin, fueron muchas las ideas que expresó este conocido filósofo en su visita a nuestro país. Visita oportuna que sirve de pretexto para reflexionar sobre nuestra realidad y, en especial, sobre el papel que la filosofía puede jugar en nuestro esfuerzo por comprender dicha realidad. Un marco propicio, sobre todo tomando en cuenta que en este noviembre se conmemora una vez más el Día Mundial de la Filosofía, fecha establecida por la Unesco hace ya algunos años. Como oportuno es recordar que el próximo año nuestro país será la sede mundial de esta fiesta, pues la reflexión filosófica y el cultivo de la Filosofía, debería ser eso: una fiesta. En especial, debería serlo para quienes nos dedicamos a ella profesionalmente. Enhorabuena.
sábado, 7 de mayo de 2011
Sábato
Dicen que cuando un gran hombre muere, el mundo pesa menos. No sé si esto sea verdad. Lo que sé, es que con la muerte de don Ernesto Sábato se ha ido uno de los intelectuales más lúcidos y geniales del último siglo. Ahora, ya no se escuchará la voz de un Hombre que con sus reflexiones criticó el abuso de poder, la irracionalidad y la injusticia lo que le valió para que, junto a otros grandes pensadores, se le considerara la conciencia de muchas generaciones. Fue la voz de los sin voz, la voz de esos que la lógica del capitalismo salvaje ha deshumanizado y ha vuelto invisibles. Sábato era, al fin, junto a los grandes hombres de la historia, la reserva moral de una humanidad que no termina de aprender el valor de la vida, de la solidaridad, de la justicia. En sus obras se puede encontrar la sabiduría necesaria que, como una luz, nos orienta y vuelve al camino, que nos rescata del extravío en el que nos encontramos perdidos como estamos en un mundo cada vez más inhumano.
Al igual que su contemporáneo Borges, nunca recibió el Nóbel, y creo que nunca lo necesito para ser reconocido como uno de los inmortales de la literatura universal. Su obra trasciende los límites del tiempo. Además, nunca buscó reconocimientos (como otros muchos que se pasan la vida mendigando un premio), pues como lo dijo en repetidas ocasiones, él escribía porque sentía la necesidad de hacerlo: escribía o reventaba. Tampoco escribió porque "tuviera" la obligación de hacerlo para mantenerse vigente en el mercado. Cuando publicó algún libro, fue porque tenía algo que decir. No era como esos "escritores" a sueldo que llenan miles de páginas por el simple hecho de cumplir con algún compromiso editorial. Por eso nunca escribió "best sellers". Lo suyo fue verdadera literatura, es decir, aquella que nace de lo profundo del ser humano y vuelve al él.
Esta actitud honesta, coherente, sin concesiones al poder, como hombre y escritor, le mostró como un ser auténtico, como diría su admirado Sartre. Claro, también le granjeó enemigos y detractores que trataron inútilmente de menospreciar su obra. Esto explica el olvido al que los medios lo habían condenado en los últimos tiempos. El poder, sea de cualquier naturaleza, nunca tolera la lucidez y honestidad de quienes le cuestionan.
Muchos afirman que en Latinoamérica nunca se ha hecho filosofía. En lo personal, no estoy de acuerdo con ello. A mi juicio, lo que sucede es que en nuestro continente la filosofía se ha cultivado y transmitido a través de la literatura. En el caso de don Ernesto Sábato, y otros muchos escritores, esto es más que evidente. De inicial formación científica, como ya todo el mundo sabe, Sábato fue derivando hacia el arte, especialmente la literatura, preocupado más por las cosas que angustian a los seres humanos de carne y hueso, que por lo que sucede con las moléculas y los átomos. De ahí que sus innumerables obras estén marcadas por una profunda preocupación por el hombre, por las cosas que lo agobian día a día. No podía ser indiferente ante el dolor, la soledad, el desamparo y todo eso que hoy, y siempre, amenaza a la gente. Ante un mundo que cada vez se degrada más, ante el poder que desvaloriza la vida humana, ante el obsceno afán por el dinero o el consumismo, productos ambos de un sistema económico de suyo perverso, Sábato elevo siempre su voz y puso su pluma al servicio de la verdad.
Dotado de un espíritu sensible e influenciado por la filosofía existencialista, la condición humana y el orden de las cosas le angustiaban profundamente. Esta preocupación por la existencia precaria del hombre hizo que abandonara la ciencia y se sumergiera en la literatura como una manera de escapar a esa dolorosa realidad pero que, a la vez, le permitiera comprenderla. Vio en la adoración a la ciencia y la tecnología un enorme peligro para la convivencia de los seres humanos, cada vez más enajenados y deshumanizados. De ahí que en sus obras se trasluce la desesperación y la angustia propias de aquel que pretende recobrar el sentido del hombre, recuperarlo para sí mismo, pero que ve con amargura la inutilidad de sus esfuerzos. Esto mismo hace que su obra se inscriba dentro de la mejor tradición humanista, esa que tiene como eje principal el rescate del ser humano.
Los personajes de sus novelas son seres desamparados, precarios, que luchan contra una existencia cada vez más insoportable. Por eso su concepción de la vida es pesimista. Empero, este pesimismo no es el del nihilista, sino el de aquel que guarda una íntima esperanza por tiempos mejores. Es el mismo pesimismo que se revela en los escritos de sus amigos Benedetti y Saramago, es decir, un pesimismo lleno de fe en la vida humana y la felicidad.
Hay libros imprescindibles que nos marcan para toda la vida. En mi caso, las obras de Sábato pertenecen a este grupo. Desde que me acerqué a ellas, en tiempos ya lejanos, no pude dejar de hacerlo cada cierto tiempo. He releído sus obras muchas veces y siempre encuentro una renovada y profunda sabiduría. Ahora que ya descansa en la tierra que sufrió y amó, vuelvo la mirada y encuentro su figura gigantesca y la inmensidad de su pensamiento. En el gran vacío que nos deja su ausencia, se revela la tragedia de su partida. Como consuelo, nos queda la inmortalidad de su palabra, de su ejemplo vivo, de su honestidad incuestionable. Acaso el mundo pese menos. Descanse en paz maestro.
sábado, 16 de abril de 2011
Moral y Política
Harold Soberanis[1]
Ante la reciente noticia del aparente divorcio del actual presidente de Guatemala y su esposa (la figura de primera dama no existe), con el que se busca eludir la prohibición constitucional que le impide a ella suceder a su esposo en el cargo, se ha levantado una ola de indignación cuyo principal argumento, en la mayoría de los casos, apela a la ética y la moral. Por ser un hecho que tiene que ver con la moralidad o inmoralidad de una acción determinada, lo cual nos conduce inevitablemente al ámbito de la ética, me tomo el tiempo para referirme a él, aun cuando soy consciente de que existen temas mucho más importantes que exigen nuestra atención y esfuerzo, pues este hecho no pasa de ser una especie de culebrón local. En ningún momento pretendo unirme al coro de puritanos moralistas que todos los días escriben en los medios de comunicación, ya que han encontrado en este escándalo una forma de aumentar sus ventas o desahogar complejos. Tampoco, busco defender a nadie ni quedar bien con nadie, pues no tengo necesidad de ello.
Sin embargo, antes de entrar de lleno en el tema, creo necesario aclarar algunas cosas. Primero, se debe distinguir entre ética y moral pues, aunque en el lenguaje coloquial se usen como sinónimos, en sentido estricto no lo son. La ética es una parte de la filosofía que analiza los principios sobre los que descansa cualquier código moral. Si la filosofía, por naturaleza, es una disciplina teórica, se infiere que la ética también lo es. Y de ésta se ocupan los filósofos, que son los profesionales cuya tarea principal es reflexionar sobre los fundamentos generales de la realidad, tanto objetiva como subjetiva, es decir, de esa realidad que está fuera de nosotros como de la que está dentro. Así pues, el caso que nos ocupa se ubicaría, en última instancia, en el ámbito de la moral y no de la ética, pues tiene que ver más bien con que si la conducta de estos personajes se adecúa o no a unas normas morales determinadas.
Segundo, como agentes morales que somos, los seres humanos realizamos acciones que pueden ser morales, inmorales o amorales. La moralidad o inmoralidad de nuestros actos, o los del otro, dependen del código moral que nos sirve para juzgarlos. Por lo tanto, los juicios de valor se refieren a acciones concretas, de seres concretos. El filósofo lo que hace es reflexionar y analizar sobre los fines que buscan los seres humanos cuando actúan de una u otra manera. La ética es, pues, la parte teórica y la moral la parte práctica de la acción humana. Nuevamente: el supuesto divorcio del presidente y su esposa tiene que ver con la moralidad o inmoralidad que reviste, y no con la ética.
Tercero, no todos los actos humanos son susceptibles de juicios de valor moral. A diario realizamos acciones que no tienen nada que ver con la moralidad. Es el caso de si alguien prefiere comer pastas o ensaladas, si corre o se sienta a leer, si se viste de una u otra forma. Podemos afirmar que correr ayuda a la salud y que, por lo tanto, es bueno pero cuando formulamos este juicio, no lo hacemos en el mismo sentido en que decimos que ser justo es bueno. La bondad de correr o no, no tiene nada que ver con el ámbito de la moral. De lo anterior se desprende que un acto humano puede ser moral, inmoral o amoral. Es moral, cuando se ajusta a las normas que dicta un código moral particular; es inmoral, cuando va en contra de dichas normas y es amoral, cuando no es susceptible de un juicio de valor moral. Por lo tanto, es erróneo afirmar que lo que la pareja presidencial está haciendo, al promover un divorcio ficticio es amoral (como insisten algunos columnistas que escriben a diario sobre este tema). En todo caso, y en sentido estricto, se debería decir que es inmoral ya que, aparentemente, va en contra de ciertas normas de conducta que hemos reconocido como buenas. Si tales normas son buenas o no en sí mismas es otro tema, del que deberían ocuparse los filósofos de la moral.
En el revuelo que ha provocado esta noticia, lo que percibo es la natural reacción hipócrita de una sociedad conservadora, de doble moral, como la nuestra. Muchos de los que hoy se tiran de los pelos y se escandalizan por lo que esta pareja hace, son los mismos que no tienen ningún problema en ponerle los cuernos a la esposa o al esposo, o los que se hacen de la vista gorda ante el hambre de un niño en la calle o el ridículo de un anciano que, cual bufón, hace piruetas en la vía pública a cambio de unas pocas monedas que le permitan sobrevivir, o que no dicen nada de los que maltratan a un animal. Repito: en ningún momento pretendo defender a nadie pues no me interesa quedar bien con nadie. Además, mejores defensores tendrá el presidente y su consorte, defensores a sueldo que bien sabrán desquitar su paga. Lo que me impulsa a escribir esto, es más bien la repulsa que me provocan las moralinas hipócritas de las buenas conciencias que se escandalizan ante hechos que únicamente atañen a quienes se ven involucrados en ellos.
Considero que el problema de fondo en esta acción no es de índole moral. Probablemente estén cometiendo una ilegalidad, ya que abiertamente han confesado que lo del divorcio es una salida a un impedimento legal, puesto que aún se aman profundamente. Quienes habrán de determinar si están cayendo en fraude de ley o no, serán los abogados de la oposición y los organismos respectivos. A mi juicio, el verdadero problema radica en el desprestigio, el deterioro cada vez mayor que, situaciones como esta, afectan el ejercicio de una noble profesión: la política. Ya de por sí en Guatemala, la política está mal vista, está desprestigiada, desvalorada, como para que vengan estos politicastros, en su ambición desmedida, a echarle más lodo.
El descrédito de la política, provocado por estos mismos politiqueros, únicamente los favorece a ellos. Como he escrito en otras ocasiones: el resultado de la imagen negativa de la política lo que ha dado como resultado es que personas capaces y honradas prefieran abstenerse de involucrarse en ella, so pena de ser tildados de ladrones, corruptos o sinvergüenzas. Es decir, quienes salen ganando con la degradación de la política son los mismos quienes la generan, pues la mayoría de ciudadanos prefiere permanecer lejos de este ámbito, tan connatural a la esencia humana. Dicho alejamiento se manifiesta en la indiferencia ante los problemas sociales, en la poca participación en los asuntos públicos, en la falta de educación cívica, en el dejar en manos de otros lo que a todos, como miembros de la sociedad, nos corresponde.
Como resultado de todo lo anterior tenemos una sociedad apolítica, atrasada, subdesarrollada, atrapada por una cadena de problemas que otras sociedades, más avanzadas, han superado desde hace mucho tiempo. Por eso, Guatemala sigue siendo uno de los países más injustos y desiguales del mundo. De ahí que lo grave del asunto de marras, sea que se mantenga esa imagen negativa de la política. Por lo mismo, lo urgente es rescatarla y volver a colocarla en el lugar que merece, ya que la política es algo tan importante que no podemos, ni debemos, dejarla únicamente en manos de estos pseudopolíticos.