martes, 26 de febrero de 2013

Política y ciudadanía




Harold Soberanis[1]

                En el mundo actual, posmoderno, caótico y relativo, muchas cosas y saberes han caído en descrédito, muchas profesiones se han devaluado y muchas buenas costumbres han desaparecido. En sociedades atrasadas, como la nuestra,  esto es más que evidente.
Una de esas profesiones que históricamente han sido importantes para el desarrollo y sobrevivencia de las sociedades, desde hace mucho tiempo ha venido sufriendo un desgaste y desprestigio injustos. Lo paradójico, o talvez o tanto, de esta situación es que los mismos quienes se dedican a ella han sido precisamente los que más la han desvirtuado.   En efecto, me estoy refiriendo a la política y a quienes han hecho de ella su profesión, aunque la han pervertido.  Obviamente, esto no es privativo de la política. Los ejemplos abundan de profesionales de distintas disciplinas (por ejemplo, el derecho) que han desnaturalizado su profesión, lo que ha contribuido a que las demás personas las rechacen o tengan una opinión muy pobre de ellas.
Aunque, como dije arriba, ésta no es una característica específica de la política, quizá sea esta disciplina donde más se visualiza dicho desprestigio.  Este desprestigio se revela en la poca valoración que las personas le dan y en frases tales como “la política es para ladrones”, “prefiero ser pobre pero honrado”, y otras parecidas.   Dicha situación es  consecuencia de que quienes se dedican a ella la han prostituido de manera sistemática. Y si observamos este fenómeno en nuestros países tercermundistas, creo que la percepción negativa de la política es aún mayor. De esa cuenta, en Guatemala, como en otros países, la política es sinónimo de corrupción. De ahí que muchas personas se nieguen a participar en ella, pues temen ser tildados de corruptos, ladrones e inmorales. 
Tal percepción negativa de esta noble profesión ha derivado en apatía e indiferencia en el ciudadano, que prefiere dejar los asuntos públicos en manos de esos que se autodenominan políticos, antes que hundirse en el lodo y la podredumbre que, según ellos, significa ser político.  Y he aquí el grave error en el que han caído nuestras sociedades, pues esa indiferencia lo único que ha logrado es hacerle el juego a esos mercaderes de la verdad que, como en el caso de Guatemala, han configurado un país injusto y desigual.  Esto es hacerles el juego, puesto que eso es precisamente lo que quieren estos politiqueros venidos en mala hora. De esa manera, queda allanado el camino para que ellos sigan haciendo de la política el ámbito donde se compran y venden conciencias.
El descrédito de la política, sin embargo, no ha sido una constante histórica.  En épocas lejanas y en otros contextos, el ejercicio político ha sido algo digno. Su práctica ha sido reconocida y altamente valorada por los ciudadanos, quienes ven en ella el espacio perfecto donde resolver sus conflictos. Los políticos han sido personas honorables y confiables, dignos representantes de los intereses públicos.
Empero, la consecuencia más grave de toda esta descomposición no ha sido la percepción desfavorable que se tenga de la política, sino la apatía ciudadana, la poca conciencia política de las personas, la nula identidad con el país, la pobre participación en la cosa pública, lo que ha derivado en que un grupo minoritario sea quien decida los destinos de la patria.  Dicho grupito dirige esta nación, llamada Guatemala,  como una finca de su propiedad, a ciencia y paciencia de quienes nos decimos ciudadanos.
Nuestra pobre ciudadanía se reduce a cumplir la mayoría de edad para que nos otorguen un documento que nos acredita como tales; a gritar en el estadio que somos “orgullosamente guatemaltecos”, cuando la selección de futbol fracasa una vez más;  a enorgullecernos de un pasado indígena que heredó una gran cultura, aunque despreciamos al indígena de carne y hueso que está frente a nosotros; a sentir una gran emoción que nos embarga cuando nuestra “digna” representante participa en un concurso internacional de belleza.  Es decir, nuestra identidad es como un palacio de cartón: es frágil, falsa, contradictoria, superficial. Hemos confundido el patriotismo con la patriotería.
De ahí que, como he insistido en otras ocasiones, se hace urgente fomentar y multiplicar la participación política de todos, para ir formando esa ciudadanía que nos hace falta. Al sentirnos ciudadanos, en el sentido exacto del término, también habremos de participar más en el quehacer político. Es decir que, ciudadanía-política, es un camino de doble vía. En tanto más nos politicemos, esto es, más seamos ciudadanos, iremos rescatando esta noble disciplina y echaremos al basurero de la historia a todos esos mercachifles que la han corrompido. Al ser más políticos, seremos mejores ciudadanos, talvez acercándonos al sentido que los antiguos griegos daban al término.
Efectivamente, en la Grecia Antigua, ser ciudadano no significaba solamente llegar a la mayoría de edad, sino sentirse uno con la polis, es decir, con su ciudad.  Ser ciudadano griego significaba participar activamente en la vida política de su estado, incidir en las decisiones de los gobernantes, opinar sobre las leyes. Para estos ciudadanos, la polis no le era ajena, sino todo lo contrario, ya que la ciudad era parte de su ser. Había una plena y consciente identificación con ella, y no esa ficticia relación que en nuestro contexto, por ejemplo,  se reduce a anuncios llenos de frases motivacionales y vacías como los que divulga nuestro flamante alcalde, siempre al borde de las lágrimas .  En la propaganda de la alcaldía actual, lo único que se evidencia es la pobre idea que se tiene del ser ciudadano: por un lado apela a que nos sintamos orgullosos de vivir en esta ciudad, y por el otro se fomenta el modelo de una ciudad precaria, caótica e invivible.
De ahí pues, lo perentorio de recuperar el sentido original de ser ciudadano por medio del rescate de la política como una profesión digna. Esto, en buena medida puede lograrse por medio de la educación.  Obviamente, esto implica transformar el actual modelo alienante de educación, pues solo una educación liberadora y crítica puede contribuir eficazmente a esta empresa.



[1] Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

lunes, 18 de febrero de 2013

No es cuestión de valores


Harold Soberanis[1]

Ni de optimismo. Ni de rezar todos los días. Si la solución fuera tan simple, ya habríamos cambiado nuestra realidad. Guatemala no sería el país injusto y desigual que es. No sería el país violento que tenemos, donde se mata a diario a hombres y mujeres honestos. No sería el país donde los niños y los viejos tienen que trabajar para sobrevivir.

Menciono esto, pensando en la reciente visita a Guatemala de uno de esos famosos “gurús” sabelotodo  que poseen la fórmula mágica para que todos vivamos felices y seamos triunfadores. Según entiendo,  este iluminado “sabio” (¿o sería mejor llamarlo sofista?), fue traído por un grupo de empresarios y comerciantes, los mismos que deciden lo que debemos hacer, pensar y decir. Y lo trajeron para que por medio de su exaltada y teatral forma de hablar nos indicara lo que, según ellos, contratistas y contratado, debemos hacer para ser felices, para producir más, para no ser fracasados, para repetirnos por enésima vez que si somos pobres es porque queremos, ya que las oportunidades de ser exitosos y millonarios las tenemos frente a nuestras narices. En una palabra: lo trajeron para que nos dijera que podemos ser un país del primer mundo, pues todo está en nuestra voluntad de querer serlo.

De acuerdo con lo publicado en algunos medios de comunicación, este moderno sofista asegura que todo es cuestión de valores. De ahí que su objetivo primordial al visitar empresas, instituciones gubernamentales, consorcios y hasta universidades, fue el de hacernos ver que si queremos un país mejor, una sociedad mejor, un nivel económico mejor y de paso ser hombres y mujeres de éxito, todo lo que tenemos que hacer es transformar nuestros valores.  O, como le llaman hoy en día los adoradores del neoliberalismo y el mercado, provocar dentro de nosotros una reingeniería moral.

Según este tipo de seudodiscurso, todo es cuestión de cambiar valores, de retomar aquellos que hemos ido perdiendo o de adaptar los que tenemos a los nuevos tiempos que corren.  Así de simple y fácil.  Es decir que, este “famoso” sofista no vino a decir nada nuevo de lo que otros grandes “genios” motivadores han dicho ya. Por eso el título de este escrito, pues si fuera tan fácil la solución a nuestros grandes, históricos y complejos problemas estructurales, todos nos pondríamos a rezar, seríamos optimistas, transformaríamos nuestros valores y listo: de la noche a la mañana viviríamos en un país maravilloso, para admiración y envidia de los demás.

Pero sucede que la cuestión no es tan fácil como nos hacen creer estos charlatanes a sueldo. Para empezar, los valores de una sociedad son aquellos que las clases dominantes han impuesto para preservar y mantener el estado de las cosas.  Son, como lo demostró Marx, la expresión del poder de esas clases económicas que lo que buscan es proteger sus intereses de clase. De ahí que, cuando dichas clases, por medio de sus seudointelectuales, hablan de un cambio de valores morales, lo que en el fondo están buscando es que las clases dominadas sigamos  obedeciendo sumisamente, no pensemos críticamente y solo nos dediquemos a producir más para que sus cuentas sigan engordando.

Los problemas que ahogan a Guatemala son estructurales, sus causas son históricas y comienzan desde la venida de los españoles quienes imponen un modelo económico basado en la explotación, el abuso y la exclusión.  Con el paso de los años, dicho modelo fue tomando formas más sofisticadas de expresión, pero en el fondo siguió siendo lo mismo. Cambió de actores y el escenario se modificó, adaptándose a los tiempos, pero los resultados fueron los de siempre: una minoría que cada vez era más rica y la mayoría pobre, hundiéndose en la miseria.

Todo esto ha producido una sociedad injusta y desigual. Los problemas que vivimos hoy día como la violencia, el narcotráfico, la corrupción, el analfabetismo, etc; no se solucionan con un simple cambio de valores y actitudes.  No basta con ser optimistas para que todo por arte de magia cambie.  La causa de nuestros males es económica, por lo que deberíamos transformar la infraestructura, es decir, el modelo mercantilista de explotación que tenemos para provocar una transformación en la superestructura social.

Si la riqueza se distribuyera de forma equitativa tendríamos una sociedad más igualitaria y cada uno de los hombres y mujeres que la integran, aspirarían a una vida guiada por valores morales superiores. Entonces sí, tendría sentido hablar de un cambio de valores y de una actitud optimista ante la vida. Pero en las circunstancias en las que nos encontramos, venir a desarrollar discursos motivacionales, lo único que logra es hacerle el juego a los sectores oligarcas. Es insistir en que todo debe cambiar para que nada cambie.

Dado que la transformación de esta sociedad no vendrá de los sectores que detentan el poder, sino de la sociedad misma por medio de todas sus instancias e instituciones, es necesario que nos eduquemos y fomentemos un pensamiento crítico. Esto implica, como ya lo he dicho en otros artículos, que analicemos la realidad, nos informemos, pensemos por nosotros mismos y saquemos conclusiones. Deberíamos empezar, como lo hizo Descartes, por dudar de todo lo aprendido y de lo que vemos. A partir de ahí podríamos esperar que las nuevas generaciones asuman una actitud más cuestionadora y transformadora. Y entonces sí, cambiaríamos este país para hacer de él un lugar digno para vivir.






[1] Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
 

domingo, 27 de mayo de 2012


Rousseau, el Ilustrado[1]

            En este año, se conmemoran los 300 del nacimiento de Jean Jaques Rousseau, uno de los más célebres filósofos de la Ilustración.  Como es bien sabido, la Ilustración es ese período de la Historia en la que el optimismo, propio de quienes confían ciegamente en la Razón, invade el ánimo de los hombres de la época, seguros de que la Humanidad se encamina a una etapa inevitable de progreso y bienestar.  Los pensadores de la Ilustración, en efecto, retoman el proyecto del racionalismo clásico aunque agregándole la confianza en el poder de la ciencia y la tecnología, manifestaciones características de la Edad Moderna. Después de siglos de oscurantismo, el del medioevo, la modernidad y la Ilustración confían en encauzar a las sociedades todas hacia una etapa de esplendor.  Bueno, al menos eso era lo que esperaban estos filósofos.

Pues bien, es en este contexto donde surge un pensador muy singular como Rousseau. De origen ginebrino, Rousseau desarrolla su obra filosófica en Francia, a la sazón, la cuna de la Ilustración. De Francia son también pensadores ilustrados como Diderot, D’Alembert, Voltaire, entre otros.

Es precisamente Diderot el promotor de uno de los grandes proyectos de este movimiento intelectual: la Enciclopedia. Diderot pretendía que la Enciclopedia fuera el compendio del saber humano de todos los tiempos.  Para ello, convocó a las mentes más lúcidas del momento. Por supuesto, entre ellas estaba la de Rousseau. Actualmente, la Enciclopedia no es más que una serie de vetustos libros, curiosidad de una época ya lejana, guardada en algún museo para deleite de los adoradores de la tecnología que al verla se burlaran de ella. Empero, en su momento fue una empresa impresionante, sobre todo si tomamos en cuenta que no existían las máquinas de escribir eléctricas, las computadoras ni el internet. Aunque Rousseau colaboró en la elaboración de la Enciclopedia, nunca se consideró parte de los enciclopedistas.

A mi juicio, la mayor aportación intelectual de Rousseau está en su filosofía política. De carácter retraído, oscilante y hasta huraño, la obra roussoniana está marcada por la impronta de su peculiar personalidad. De ahí que algunas de su propuestas nos parezcan verdaderamente absurdas. Aunque otras, en cambio, nos revelan los destellos de un genio. Rousseau es uno de los grandes teóricos del liberalismo y de la teoría del contrato. Una de su obras, quizá la más conocida junto con El Emilio es, precisamente, El Contrato Social. Según los filósofos contractualistas, en un pasado lejano vivíamos en un estado de naturaleza, semisalvaje, pero felices. Sin embargo, para estar mejor, la mayoría nos pusimos de acuerdo y decidimos, por medio de un pacto o contrato, pasar al estado político concediéndole a un sujeto, electo por nosotros, el derecho a ser gobernados por él. En dicha transición, aseguran algunos de los contractualistas, renunciamos a nuestros derechos en función de aquél. Pero ojo, que no le cedimos todos nuestros derechos, sino solo algunos, aclara indignado Rousseau. De esa cuenta, la soberanía descansa en la sociedad en tanto cuerpo social. Tal sociedad, a su vez, se apoya en un principio moral: la voluntad general.

En esta teoría de Rousseau, subyace la idea romántica del buen salvaje. Efectivamente, según este filósofo ginebrino, cuando vivíamos en el estado de naturaleza, éramos felices pero, sobre todo, buenos. Esta tesis contradice aquella otra de Hobbes, también uno de los teóricos del contractualismo, quien define al hombre como un lobo para el hombre, lo que en un lenguaje más preciso significaría que el ser humano, por naturaleza, es malo y sólo al pasar al estado político logra controlar sus instintos salvajes.

Para Rousseau, la realidad es totalmente diferente. El hombre por naturaleza, es bueno siendo, precisamente, la sociedad civil quien lo vuelve malo. El que el hombre se haya degenerado se debe, asegura el ginebrino, a la vida en sociedad. Así, lo que tenemos es una paradoja: por un lado, hay una necesidad histórica de pasar del estado de naturaleza al estado civil y, por el otro, aunque este paso sea necesario, la conformación de las sociedades políticas es algo negativo, pues pervierte al ser humano. La vida social, dice Rousseau, se rige por los vicios, más que por las virtudes. Resulta curioso que, en la actualidad, los agoreros del mal, esos que lanzan moralinas por doquier, los mismos que se creen santos y puros y nos ven a los demás como la encarnación del mismísimo demonio, afirmen exactamente lo mismo, es decir, que la vida social nos degenera. Y es curioso digo, porque mientras nos asustan con el petate del muerto del fin del mundo llamándonos al arrepentimiento, al mismo tiempo gozan de las mieles del poder que el dinero, que acumulan vorazmente, les proporciona, sin preocuparse mucho del alma.

A pesar de los evidentes errores conceptuales de la teoría política roussoniana, de las muchas ideas que expresa, algunas verdaderamente extravagantes, me gustaría, sin embargo, quedarme con una: la de que el verdadero soberano es el pueblo y no quien detenta ocasionalmente el poder, más por casualidad que por méritos. Me gustaría quedarme con ella y recordársela a quienes, por su infinito amor a la patria, cada cuatro años compiten entre sí para gobernarnos. Lo haría con la secreta esperanza de que estén conscientes que nosotros, el pueblo, somos sus patrones. Esto haría bien a nuestras sociedades y celebraríamos, permanentemente, la memoria de Rousseau.



[1] Lic. Harold Soberanis, profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

viernes, 10 de febrero de 2012

Lo que no es filosofía

Harold Soberanis[1]

                De vez en cuando, nos llevamos la grata sorpresa de encontrar en Internet cosas interesantes, de esas que valen la pena.  Esto es lo que me sucedió el otro día cuando, para mi agrado, encontré reproducida una entrevista que el periodista Esteban Hernández le hiciera a la filósofa española Victoria Camps[2].  La profesora Camps, es una destacada intelectual que en años recientes ha publicado no pocos libros de filosofía, principalmente sobre ética, su especialidad.

                En dicha entrevista, la profesora Camps se refiere, entre otras cosas, al reconocimiento que, en los últimos tiempos,se ha dado al papel que juegan los sentimientos en cuanto a las valoraciones morales que hacemos. En efecto, según ella apunta, cuando emitimos un juicio de valor éste también debería ser producto de nuestra esfera afectiva y no sólo de la razón.  De ahí  que una persona moral sea no solamente quien se guía por su capacidad racional, sino “alguien que reacciona afectivamente ante las inmoralidades y la vulneración de las reglas básicas, alguien que siente indignación, vergüenza o rabia ante las grandes injusticias o ante las prácticas inhumanas”.[3]  Obviamente, no se trata de rechazar la Razón y basar nuestros juicios morales únicamente en los sentimientos, pues esto tampoco nos haría mejores.  Se trata, en síntesis, de encontrar un punto de equilibrio entre ambas, idea que, por otro lado, no es nada nueva. Lo novedoso en este caso, según interpreto, es que tal valoración de los sentimientos ha ido calando, cada vez más, en ámbitos aparentemente ajenos a los sentimientos, como los discursos políticos.  Y en tal sentido, sigue diciendo la profesora Camps, ha sido la izquierda quien más se ha apropiado de este elemento.  No sé si dicha afirmación sea verdad o no, pues en este momento no me interesa analizarlo.  A lo que deseo referirme es a algo que la profesora Camps señala en la entrevista de marras.

                Según ella, está bien valorar el papel de los sentimientos a la hora de emitir juicios morales, pero teniendo el cuidado de no exagerar su importancia, tal como sucede en el tipo de publicaciones de autoayuda.  Como es bien sabido, en los últimos tiempos ha proliferado gran cantidad de estos escritos. Numerosos “gurús” intentan enseñarnos cómo ser felices. Para ello se montan innumerables cursos, seminarios o diplomados a donde asisten aquellas personas que desean que un “experto”, les dé una receta mágica que les permita superar sus problemas y  alcanzar la felicidad eterna.  Esto, señala la profesora Camps, no es filosofía.

                La filosofía, por su propia naturaleza, nos induce a analizar la realidad de manera compleja, nos lleva a la raíz de las cosas, nos exige una actitud analítica rigurosa, una reflexión profunda.  Todos esos libritos de autoayuda o esos cursitos motivacionales, lo que hacen es mostrar una realidad demasiado simple,cediendo a lo fácil y manipulando a las masas.  De tal cuenta que, afirma Victoria Camps,  la autoayuda es la negación de la filosofía, porque la primera quiere dar respuestas claras y fáciles a problemas complejos, mientras que la filosofía tiene como misión introducir dudas en los problemas. No pretende dar fórmulas que nos digan lo que hay que hacer, y que reduzcan todo a una serie de ideas simplistas sobre cómo ser feliz, cómo hablar en público o cómo manejar las depresiones, sino que pretende ir más allá y entender lo que ocurre en toda su extensión”.[4]

                En efecto, la Filosofía nos estimula a ser capaces de descubrir, por nosotros mismos, el porqué de los problemas, haciendo buen uso de nuestra capacidad racional.  Esto me recuerda a Sócrates, para quien el descubrimiento de la verdad es un camino que cada quien debe recorrer.  Al poner en duda la aparente sabiduría de los sofistas, Sócrates afirmaba que nadie nos puede mostrar la verdad, pues ésta reside en nuestro interior y la razón, cual poderosa linterna, la alumbra.  En todo caso, lo que otro puede enseñarnos es a dirigir la luz al lado correcto.  En última instancia, pues, la revelación de la verdad es un descubrimiento que hacemos hacia nuestro interior.

                En todos los tiempos de crisis siempre aparecen “profetas” (ahora se les llama gurús o expertos) que, afirmando ser dueños de la verdad, intentan orientar a las masas hacia lo que ellos consideran es la felicidad.  Esto ha sucedido siempre, basta con repasar la historia para darnos cuenta de ello.  Las épocas de crisis, de toda índole, son propicias para el aparecimiento de estos charlatanes que disfrazados de sabios, nos venden formulas prefabricadas de la verdad.  Y esto sucede porque precisamente la gente, ante la falta de puntos de referencia, busca desesperadamente un lugar sólido donde asirse, necesita algo en qué confiar, pero sin hacer el más mínimo esfuerzo de pensar, de analizar, esperando que otro lo haga por él.

                De ahí el éxito de esta clase de libros entre la masa.  Por su parte, la Filosofía, la verdadera Filosofía,  nos exige el atrevimiento de pensar, de ser críticos (no criticones, que es otra cosa), de analizar la realidad para luego asumir una postura frente a ella. El trabajo de pensar, lamentablemente, es algo que la mayoría no está dispuesta  a hacer. Esa es la razón de la moda de esta clase de libritos, e incluso de las religiones, que únicamente nos piden creer, pero sin cuestionamientos.

                Aunque la energía que implica la búsqueda personal de la verdad sea muy grande, ésta es preferible a seguir autoengañándonos  con las fórmulas prefabricadas que expertos pretenden vendernos.  Nuestro esfuerzo se verá recompensado con la posibilidad de establecer un diálogo íntimo con los grandes pensadores de todos los tiempos, los mismos quienes con sus escritos han contribuido a configurar, para la humanidad, ese legado de sabiduría que conocemos como Filosofía.



               



[1] Profesor titular de Filosofía. Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos de Guatemala.
[3]Ibídem.

Savater en Guatemala

Harold Soberanis

Recientemente estuvo en Guatemala el conocido filósofo español, Fernando Savater, invitado por una fundación internacional. En una conferencia dada en un hotel capitalino y cuyo tema giró en torno a la relación entre ética y política, Savater demostró el por qué es uno de los pocos filósofos que, tanto las élites ilustradas, como las no ilustradas (como las de Guatemala) y los grupos de activistas diletantes, conocen bastante bien. Este dato es, ya en sí mismo, un logro que hay que reconocerle a este profesor español. Si bien teóricamente Savater no es fuerte, tiene la virtud de ser un gran divulgador de la filosofía. Sus charlas son amenas, salpicadas de ejemplos oportunos y algunos chistes, lo que le hace simpático entre quienes le escuchan. Y esto, el de hacer de la filosofía un conocimiento más accesible a las masas sin formación filosófica, es algo que hay que agradecerle. Esto explicaría la razón de su popularidad, lo que también es meritorio, pues en un mundo donde las imágenes que nos saturan tanto en la televisión como en los diarios e internet son, sobre todo, de personajes de la farándula, insípidos, prefabricados y frívolos, sin ninguna virtud en lo que dicen hacer, resulta llamativo que sobresalga un filósofo, es decir, un personaje que se dedica a algo menos que enigmático y misterioso.

Empero, a lo que me quiero referir no es al personaje, sino a algunas ideas sueltas que le escuché decir y que apunté al vuelo mientras él disertaba. Para empezar, el tema de la relación entre ética y política, ha sido uno de los más trabajados en filosofía desde sus primeros tiempos. Basta con echar una mirada a la Historia de la Filosofía. Ya Sócrates, Platón y Aristóteles se ocuparon de tal tema, y cada uno desarrolló una manera de entender dicha relación, relación que, según ellos, es indisoluble. Así se mantuvo a lo largo de los años, hasta que apareció el genio de Maquiavelo quien afirmó que bien pueden estar, la política y la ética, una sin la otra. Esta afirmación del Canciller florentino, ha sido maliciosamente tergiversada, lo que ha derivado en una imagen perversa de este científico de la política. Sin embargo, a pesar de lo contundente de la revelación de Maquiavelo, no se ha dejado de abordar el tema y muchos y variados han sido los autores, tanto como teorías que se han referido al respecto.

Pues bien, una de las cosas que Savater dijo sobre la relación entre ética y política y que llamó mi atención fue cuando afirmó que todos somos políticos (Aristóteles lo dijo a su manera cuando definió al hombre como un zoon politikón, es decir, un animal político), pero que a aquéllos a quienes llamamos “políticos” son esos personajes que hemos “mandado mandar”. Por lo mismo, son responsables, esto es, deben responder ante quienes les hemos elegido. Bien harían nuestros politiqueros (en Guatemala no hay políticos profesionales), en no olvidar esto.

Otra de las cosas que mencionó, y ojalá la hayan escuchado muy bien todos esos que andan por ahí con aires de perdonavidas, es que los problemas políticos se resuelven con una buena dosis de política y no de ética. Que se debe desconfiar de aquellos que para todo recurren a la ética para resolver problemas de cualquier índole. Esto es importante, pues en nuestro medio prevalece la idea, de que todo puede y debe solucionarse con inculcar valores morales (y no éticos) o con rezar. Esta actitud ingenua nos ha llevado a acciones como la de implementar cursos de valores o vigilias para orar por la paz, pretendiendo con ello resolver nuestros problemas cuya raíz es muy diferente. Con enseñar más valores u orar durante largas horas, no se resuelven los problemas que nos aprisionan. El origen de tales problemas hay que buscarlo en la desigualdad e inequidad sobre las que se ha construido esto que llamamos Guatemala. Históricamente este país se construyó sobre la base de los privilegios que las clases dominantes deseaban conservar. Tales privilegios se sostienen, a su vez, sobre la explotación de las mayorías que, para ser explotadas deben primero ser marginadas de los beneficios económicos lo que las hace estar en la desigualdad. Así pues, tales problemas se resuelven de manera política y económica, es decir, tratando de cambiar las estructuras que los justifican y distribuyendo equitativamente la riqueza que, en última instancia y como lo afirmaría Marx en su momento, es de origen social.

Refiriéndose a los nacionalismos, Savater afirmó, en una de las tantas entrevistas que se le hicieron, que tales acciones no hacen sino entorpecer el desarrollo de los pueblos. Esta idea la relacionó a esa actitud, hoy tan de moda gracias a esos organismos internacionales que buscan lavar la consciencia de sus respectivos países, de mantener a las culturas originales en un estado de pureza. En efecto, tal como es el caso de Guatemala, se habla mucho de preservar, por ejemplo, la cultura maya. Se enfatiza el hecho de mantenerla pura, sin contaminarse con la occidental, con el argumento de evitar que desaparezca. Esto es una trampa, pues lo que se logra con ello es mantenerla en el atraso permanente. En su momento, Don Severo Martínez, en su ya clásica obra La Patria del Criollo, se refería, premonitoriamente, a esta tendencia y advertía, con bases científicas, en el peligro que representaba. Efectivamente, pretender proteger a los descendientes de los mayas, hombres y mujeres de carne y hueso, con el argumento de evitar cualquier contaminación que amenace su cultura, no es más que condenarlos al aislamiento y el atraso y de esa forma seguir explotándolos. De lo que se trata, pues, es de preservar sus tradiciones y creencias, pero incorporándolos a los procesos de producción, al modelo económico, a la cultura que, nos guste o no, es la predominante. Con ello no se busca destruirlos, sino integrarlos a la dinámica social que les posibilite salir de la marginación y la miseria.

En fin, fueron muchas las ideas que expresó este conocido filósofo en su visita a nuestro país. Visita oportuna que sirve de pretexto para reflexionar sobre nuestra realidad y, en especial, sobre el papel que la filosofía puede jugar en nuestro esfuerzo por comprender dicha realidad. Un marco propicio, sobre todo tomando en cuenta que en este noviembre se conmemora una vez más el Día Mundial de la Filosofía, fecha establecida por la Unesco hace ya algunos años. Como oportuno es recordar que el próximo año nuestro país será la sede mundial de esta fiesta, pues la reflexión filosófica y el cultivo de la Filosofía, debería ser eso: una fiesta. En especial, debería serlo para quienes nos dedicamos a ella profesionalmente. Enhorabuena.

sábado, 7 de mayo de 2011

Sábato

Harold Soberanis

Dicen que cuando un gran hombre muere, el mundo pesa menos. No sé si esto sea verdad. Lo que sé, es que con la muerte de don Ernesto Sábato se ha ido uno de los intelectuales más lúcidos y geniales del último siglo. Ahora, ya no se escuchará la voz de un Hombre que con sus reflexiones criticó el abuso de poder, la irracionalidad y la injusticia lo que le valió para que, junto a otros grandes pensadores, se le considerara la conciencia de muchas generaciones. Fue la voz de los sin voz, la voz de esos que la lógica del capitalismo salvaje ha deshumanizado y ha vuelto invisibles. Sábato era, al fin, junto a los grandes hombres de la historia, la reserva moral de una humanidad que no termina de aprender el valor de la vida, de la solidaridad, de la justicia. En sus obras se puede encontrar la sabiduría necesaria que, como una luz, nos orienta y vuelve al camino, que nos rescata del extravío en el que nos encontramos perdidos como estamos en un mundo cada vez más inhumano.

Al igual que su contemporáneo Borges, nunca recibió el Nóbel, y creo que nunca lo necesito para ser reconocido como uno de los inmortales de la literatura universal. Su obra trasciende los límites del tiempo. Además, nunca buscó reconocimientos (como otros muchos que se pasan la vida mendigando un premio), pues como lo dijo en repetidas ocasiones, él escribía porque sentía la necesidad de hacerlo: escribía o reventaba. Tampoco escribió porque "tuviera" la obligación de hacerlo para mantenerse vigente en el mercado. Cuando publicó algún libro, fue porque tenía algo que decir. No era como esos "escritores" a sueldo que llenan miles de páginas por el simple hecho de cumplir con algún compromiso editorial. Por eso nunca escribió "best sellers". Lo suyo fue verdadera literatura, es decir, aquella que nace de lo profundo del ser humano y vuelve al él.

Esta actitud honesta, coherente, sin concesiones al poder, como hombre y escritor, le mostró como un ser auténtico, como diría su admirado Sartre. Claro, también le granjeó enemigos y detractores que trataron inútilmente de menospreciar su obra. Esto explica el olvido al que los medios lo habían condenado en los últimos tiempos. El poder, sea de cualquier naturaleza, nunca tolera la lucidez y honestidad de quienes le cuestionan.

Muchos afirman que en Latinoamérica nunca se ha hecho filosofía. En lo personal, no estoy de acuerdo con ello. A mi juicio, lo que sucede es que en nuestro continente la filosofía se ha cultivado y transmitido a través de la literatura. En el caso de don Ernesto Sábato, y otros muchos escritores, esto es más que evidente. De inicial formación científica, como ya todo el mundo sabe, Sábato fue derivando hacia el arte, especialmente la literatura, preocupado más por las cosas que angustian a los seres humanos de carne y hueso, que por lo que sucede con las moléculas y los átomos. De ahí que sus innumerables obras estén marcadas por una profunda preocupación por el hombre, por las cosas que lo agobian día a día. No podía ser indiferente ante el dolor, la soledad, el desamparo y todo eso que hoy, y siempre, amenaza a la gente. Ante un mundo que cada vez se degrada más, ante el poder que desvaloriza la vida humana, ante el obsceno afán por el dinero o el consumismo, productos ambos de un sistema económico de suyo perverso, Sábato elevo siempre su voz y puso su pluma al servicio de la verdad.

Dotado de un espíritu sensible e influenciado por la filosofía existencialista, la condición humana y el orden de las cosas le angustiaban profundamente. Esta preocupación por la existencia precaria del hombre hizo que abandonara la ciencia y se sumergiera en la literatura como una manera de escapar a esa dolorosa realidad pero que, a la vez, le permitiera comprenderla. Vio en la adoración a la ciencia y la tecnología un enorme peligro para la convivencia de los seres humanos, cada vez más enajenados y deshumanizados. De ahí que en sus obras se trasluce la desesperación y la angustia propias de aquel que pretende recobrar el sentido del hombre, recuperarlo para sí mismo, pero que ve con amargura la inutilidad de sus esfuerzos. Esto mismo hace que su obra se inscriba dentro de la mejor tradición humanista, esa que tiene como eje principal el rescate del ser humano.

Los personajes de sus novelas son seres desamparados, precarios, que luchan contra una existencia cada vez más insoportable. Por eso su concepción de la vida es pesimista. Empero, este pesimismo no es el del nihilista, sino el de aquel que guarda una íntima esperanza por tiempos mejores. Es el mismo pesimismo que se revela en los escritos de sus amigos Benedetti y Saramago, es decir, un pesimismo lleno de fe en la vida humana y la felicidad.

Hay libros imprescindibles que nos marcan para toda la vida. En mi caso, las obras de Sábato pertenecen a este grupo. Desde que me acerqué a ellas, en tiempos ya lejanos, no pude dejar de hacerlo cada cierto tiempo. He releído sus obras muchas veces y siempre encuentro una renovada y profunda sabiduría. Ahora que ya descansa en la tierra que sufrió y amó, vuelvo la mirada y encuentro su figura gigantesca y la inmensidad de su pensamiento. En el gran vacío que nos deja su ausencia, se revela la tragedia de su partida. Como consuelo, nos queda la inmortalidad de su palabra, de su ejemplo vivo, de su honestidad incuestionable. Acaso el mundo pese menos. Descanse en paz maestro.

sábado, 16 de abril de 2011

Moral y Política

Harold Soberanis[1]

Ante la reciente noticia del aparente divorcio del actual presidente de Guatemala y su esposa (la figura de primera dama no existe), con el que se busca eludir la prohibición constitucional que le impide a ella suceder a su esposo en el cargo, se ha levantado una ola de indignación cuyo principal argumento, en la mayoría de los casos, apela a la ética y la moral. Por ser un hecho que tiene que ver con la moralidad o inmoralidad de una acción determinada, lo cual nos conduce inevitablemente al ámbito de la ética, me tomo el tiempo para referirme a él, aun cuando soy consciente de que existen temas mucho más importantes que exigen nuestra atención y esfuerzo, pues este hecho no pasa de ser una especie de culebrón local. En ningún momento pretendo unirme al coro de puritanos moralistas que todos los días escriben en los medios de comunicación, ya que han encontrado en este escándalo una forma de aumentar sus ventas o desahogar complejos. Tampoco, busco defender a nadie ni quedar bien con nadie, pues no tengo necesidad de ello.

Sin embargo, antes de entrar de lleno en el tema, creo necesario aclarar algunas cosas. Primero, se debe distinguir entre ética y moral pues, aunque en el lenguaje coloquial se usen como sinónimos, en sentido estricto no lo son. La ética es una parte de la filosofía que analiza los principios sobre los que descansa cualquier código moral. Si la filosofía, por naturaleza, es una disciplina teórica, se infiere que la ética también lo es. Y de ésta se ocupan los filósofos, que son los profesionales cuya tarea principal es reflexionar sobre los fundamentos generales de la realidad, tanto objetiva como subjetiva, es decir, de esa realidad que está fuera de nosotros como de la que está dentro. Así pues, el caso que nos ocupa se ubicaría, en última instancia, en el ámbito de la moral y no de la ética, pues tiene que ver más bien con que si la conducta de estos personajes se adecúa o no a unas normas morales determinadas.

Segundo, como agentes morales que somos, los seres humanos realizamos acciones que pueden ser morales, inmorales o amorales. La moralidad o inmoralidad de nuestros actos, o los del otro, dependen del código moral que nos sirve para juzgarlos. Por lo tanto, los juicios de valor se refieren a acciones concretas, de seres concretos. El filósofo lo que hace es reflexionar y analizar sobre los fines que buscan los seres humanos cuando actúan de una u otra manera. La ética es, pues, la parte teórica y la moral la parte práctica de la acción humana. Nuevamente: el supuesto divorcio del presidente y su esposa tiene que ver con la moralidad o inmoralidad que reviste, y no con la ética.

Tercero, no todos los actos humanos son susceptibles de juicios de valor moral. A diario realizamos acciones que no tienen nada que ver con la moralidad. Es el caso de si alguien prefiere comer pastas o ensaladas, si corre o se sienta a leer, si se viste de una u otra forma. Podemos afirmar que correr ayuda a la salud y que, por lo tanto, es bueno pero cuando formulamos este juicio, no lo hacemos en el mismo sentido en que decimos que ser justo es bueno. La bondad de correr o no, no tiene nada que ver con el ámbito de la moral. De lo anterior se desprende que un acto humano puede ser moral, inmoral o amoral. Es moral, cuando se ajusta a las normas que dicta un código moral particular; es inmoral, cuando va en contra de dichas normas y es amoral, cuando no es susceptible de un juicio de valor moral. Por lo tanto, es erróneo afirmar que lo que la pareja presidencial está haciendo, al promover un divorcio ficticio es amoral (como insisten algunos columnistas que escriben a diario sobre este tema). En todo caso, y en sentido estricto, se debería decir que es inmoral ya que, aparentemente, va en contra de ciertas normas de conducta que hemos reconocido como buenas. Si tales normas son buenas o no en sí mismas es otro tema, del que deberían ocuparse los filósofos de la moral.

En el revuelo que ha provocado esta noticia, lo que percibo es la natural reacción hipócrita de una sociedad conservadora, de doble moral, como la nuestra. Muchos de los que hoy se tiran de los pelos y se escandalizan por lo que esta pareja hace, son los mismos que no tienen ningún problema en ponerle los cuernos a la esposa o al esposo, o los que se hacen de la vista gorda ante el hambre de un niño en la calle o el ridículo de un anciano que, cual bufón, hace piruetas en la vía pública a cambio de unas pocas monedas que le permitan sobrevivir, o que no dicen nada de los que maltratan a un animal. Repito: en ningún momento pretendo defender a nadie pues no me interesa quedar bien con nadie. Además, mejores defensores tendrá el presidente y su consorte, defensores a sueldo que bien sabrán desquitar su paga. Lo que me impulsa a escribir esto, es más bien la repulsa que me provocan las moralinas hipócritas de las buenas conciencias que se escandalizan ante hechos que únicamente atañen a quienes se ven involucrados en ellos.

Considero que el problema de fondo en esta acción no es de índole moral. Probablemente estén cometiendo una ilegalidad, ya que abiertamente han confesado que lo del divorcio es una salida a un impedimento legal, puesto que aún se aman profundamente. Quienes habrán de determinar si están cayendo en fraude de ley o no, serán los abogados de la oposición y los organismos respectivos. A mi juicio, el verdadero problema radica en el desprestigio, el deterioro cada vez mayor que, situaciones como esta, afectan el ejercicio de una noble profesión: la política. Ya de por sí en Guatemala, la política está mal vista, está desprestigiada, desvalorada, como para que vengan estos politicastros, en su ambición desmedida, a echarle más lodo.

El descrédito de la política, provocado por estos mismos politiqueros, únicamente los favorece a ellos. Como he escrito en otras ocasiones: el resultado de la imagen negativa de la política lo que ha dado como resultado es que personas capaces y honradas prefieran abstenerse de involucrarse en ella, so pena de ser tildados de ladrones, corruptos o sinvergüenzas. Es decir, quienes salen ganando con la degradación de la política son los mismos quienes la generan, pues la mayoría de ciudadanos prefiere permanecer lejos de este ámbito, tan connatural a la esencia humana. Dicho alejamiento se manifiesta en la indiferencia ante los problemas sociales, en la poca participación en los asuntos públicos, en la falta de educación cívica, en el dejar en manos de otros lo que a todos, como miembros de la sociedad, nos corresponde.

Como resultado de todo lo anterior tenemos una sociedad apolítica, atrasada, subdesarrollada, atrapada por una cadena de problemas que otras sociedades, más avanzadas, han superado desde hace mucho tiempo. Por eso, Guatemala sigue siendo uno de los países más injustos y desiguales del mundo. De ahí que lo grave del asunto de marras, sea que se mantenga esa imagen negativa de la política. Por lo mismo, lo urgente es rescatarla y volver a colocarla en el lugar que merece, ya que la política es algo tan importante que no podemos, ni debemos, dejarla únicamente en manos de estos pseudopolíticos.



[1] Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.