jueves, 5 de agosto de 2010

Una sociedad enajenada (y el papel de los medios de comunicación)

*Harold Soberanis
En la actualidad es innegable el papel que juegan los medios de comunicación en la configuración y percepción del mundo. A raíz del desarrollo imparable de la tecnología, se han creado una serie de formas de comunicación que prácticamente hacen cada vez más pequeño el mundo. Hoy podemos intercambiar información, ideas o conversar con alguien que está del otro lado del mundo, en el mismo instante que lo deseemos. Hasta quienes desconfían del progreso y sus productos no pueden abstraerse a estos avances tecnológicos.

Ahora bien, a pesar de todos estos adelantos cabe preguntarse si la humanidad, si el hombre concreto de carne y hueso, ha avanzado al mismo nivel que sus inventos. ¿Somos más humanos hoy que antes? Aunque como señalaba arriba, las formas de comunicarse hoy día son tan variadas, ¿realmente nos “comunicamos” más? La percepción que tengo es que sucede precisamente todo lo contrario. Hoy, estamos más aislados, más desconectados, más solos que nunca. Esto significa que a pesar del desarrollo tecnológico seguimos, en términos generales, viviendo en la prehistoria. Claro, hay quienes son más trogloditas que otros. En el caso de Guatemala, aún existen dinosaurios: basta ver nuestra fauna política o empresarial para darnos cuenta de esta verdad.

Desde hace algunos años, Noam Chomsky ha abordado el tema del papel que los medios de comunicación juegan en sociedades capitalistas o pre capitalistas. Como sabemos, el capitalismo basa un buen porcentaje de su “éxito” en exacerbar el consumo de los seres humanos, elevándolo a “consumismo”. Consumir es algo natural del ser humano; el consumismo es una forma degenerada de algo que es necesario para la vida. El consumismo, pues, le conviene a un sistema económico perverso que enajena a los hombres. Y en este proceso de enajenación desarrollan una función importante los medios de comunicación de cualquier índole.

A través del bombardeo continuo que los medios hacen sobre los individuos a fin de que cada vez consuman más, se ha llegado a la idea de que el ser humano vale por lo que tiene y no por lo que es o sabe. Se han trastocado los valores haciéndonos creer que lo importante es el éxito, sobre todo económico, sin importar los medios. Recuerdo una frase de Camus que dice “el éxito es fácil alcanzarlo; lo difícil es merecerlo”. Muchos que se consideran exitosos no reparan en esto que afirma Camus, pues lo único que les interesa es que los demás los admiren por el éxito que gozan. En este proceso degenerativo de los seres humanos juegan, como mencione más arriba, un papel preponderante los medios de comunicación que nos hacen creer en un mundo donde lo importante es la marca del auto que usamos, la ropa de marca que compramos o el celular último modelo que tenemos. Si a todo este bombardeo publicitario agregamos que quienes lo reciben son personas sin mayor criterio ni formación y que consideran todo lo que escuchan como verdades incuestionables, es fácil explicarnos porque estamos como estamos.

Quizá donde más se evidencie esta manipulación que los medios de comunicación ejercen sobre la mayoría de la sociedad, sea en la cuestión política. Condenamos al político X o exaltamos al político Y a partir de lo que los medios nos hacen creer. Que si este ex presidente es un ladrón y aquél un ciudadano ejemplar; que si ese empresario es digno de respeto y el otro de la condena más profunda. Todo esto lo hacemos a partir de lo que dichos medios nos hacen creer y que es lo que conviene a los poderes económicos que están detrás de ellos. Los “dueños” de los medios de comunicación tienen su propia agenda y ésta, obviamente, no coincide con los intereses de la sociedad sino con los de quienes pagan sus salarios.

¿Se puede hablar de una prensa independiente? ¿Podemos hablar de una prensa objetiva? Creo que no. La opinión pública opina lo que los señores feudales de este país quieren que pensemos y utilizan a los diferentes medios de comunicación para hacernos creer que la realidad es como ellos dicen que es y lo cual les conviene a sus intereses particulares.

Ante una realidad así, creo que el papel de los intelectuales es el de la denuncia. Uno de los imperativos morales del intelectual es, siguiendo lo afirmado por Mario Bunge, el aprecio y defensa de la verdad. Los intelectuales tienen la obligación moral de revelar la verdadera realidad y denunciar a los poderes fácticos que nos engañan con los mismos espejitos de antes.

*Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

martes, 20 de abril de 2010

¿Neutralidad ética de la ciencia?

* Harold Soberanis
Uno de los grandes temas dentro del debate permanente de la filosofía y su relación con otras áreas del saber, es aquel que se refiere a la relación entre ética y ciencia. Aquí, como en otros problemas de esta índole, se esgrimen diversos argumentos que se podrían resumir en dos posiciones: por un lado, la que afirma que la ciencia no puede ser éticamente neutral por lo que debe ser normada por la ética y, por el otro, la que asegura lo contrario, es decir, que la ciencia se rige por sus propios cánones, que es totalmente autónoma y que no puede ni debe tomar en cuenta a la ética, so pena de verse interferida en sus investigaciones.
Nuestra posición es que la ciencia, tanto como otras disciplinas, no puede estar desligada de la ética. En las siguientes líneas trataremos de demostrar y fundamentar esta posición.
Si bien es cierto muchas de las investigaciones y resultados de la ciencia se refieren a la realidad objetiva, el científico es un ser humano que vive dentro de un cuerpo social, por lo que su trabajo incide, directa o indirectamente, en el grupo al que pertenece. Puede que el trabajo de algún científico se refiera a un fenómeno del universo físico en el que se encuentra el planeta que habitamos, pero las conclusiones a las que llegue pueden ser sesgadas a fin de justificar el uso de esos resultados, a favor o en contra de la humanidad, comprometiendo o desvirtuando su búsqueda de la verdad que es, entre otros, un valor que debe regir su trabajo.
Por ejemplo, los avances en el uso de la energía atómica y sus implicaciones, podrían ser utilizados al antojo de un Estado político particular bajo el argumento de que éste, por haber financiado tal investigación, tiene la capacidad de utilizarla como le parezca pues es un derecho que le corresponde sólo a él y a ningún otro. Esto daría más poder político y militar a algún país poderoso, lo que le permitiría expandir su dominio sobre otras naciones, débiles y dependientes, incrementando sus pretensiones imperialistas en detrimento de aquellos países que no cuentan con el poder económico, ni el desarrollo tecnológico del que aquél goza. Se podría afirmar que dicha potencia es libre de invertir los recursos que quiera en el desarrollo de su poderío militar, pues al fin y al cabo goza de una gran riqueza producto del trabajo de sus ciudadanos por lo que puede usarla en lo que quiera. Se podría agregar que no es culpa de este Estado que hayan otros que sean pobres, puesto que la pobreza o riqueza de un país es responsabilidad de sus ciudadanos y dirigentes que han implantado modelos económicos que los han llevado al éxito o al fracaso, etc., etc.,
Sin embargo, tales argumentos se desmoronan cuando advertimos que el trabajo del científico se da, como señalamos más arriba, dentro de un contexto social, por lo que el producto de sus investigaciones son también de carácter social y sus resultados pueden contribuir a elevar el nivel de vida de la humanidad o, por el contrario, pueden poner en riesgo la misma existencia de los seres humanos; que la riqueza de una nación, si bien por una parte es producto del esfuerzo de sus ciudadanos, también lo es que muchas veces, esa riqueza está construida sobre la pobreza de otros; que el conocimiento no es privativo de nadie y que más bien, tenemos la obligación moral de compartirlo con los menos favorecidos. Resulta no sólo inmoral sino hasta obsceno, observar cómo algunos países poderosos gastan millones de dólares en la fabricación de armas, cuando hay miles de niños que mueren de hambre todos los días, porque no tienen lo mínimo para subsistir.
Claro que la ciencia goza de su propio estatuto epistemológico, lo que le otorga independencia como un saber autónomo, regido por su propio método, objeto de estudio y fundamentos. En otras palabras: la autonomía de la ciencia le garantiza su misma esencia, de lo cual no se infiere que le sea inadmisible regirse por valores o principios que son universalmente reconocidos como deseables.
Asimismo, la permanente relación entre ética y ciencia puede permitir que ambas se enriquezcan de los conocimientos y avances mutuos. El abismo que hay entre ciencia y ética no es tal. Ambas pertenecen a esferas diferentes del quehacer humano, es verdad, pero esto no significa que haya entre ellas una total y absoluta separación, imposible de superar. En la posibilidad de colaborar y apoyarse, dicha separación se hace cada vez más reducida.
Dentro del trabajo del científico existen valores que guían su labor, valores que son válidos y necesarios en cualquier esfera de la vida humana. Con esto quiero decir que los valores de la ciencia, no pueden ser diferentes a aquellos que perseguimos en nuestra vida diaria, lo que vendría a demostrar que la ciencia, aún aceptando su autonomía epistemológica, no está totalmente aislada o separada de un contexto social, ni de la existencia de seres humanos concretos, por lo que sus resultados deben estar orientados a alcanzar el máximo bienestar de la humanidad y no lo contrario.
Valores como la honradez, la honestidad, el amor a la verdad, etc., son válidos tanto para el científico como para el político, el médico o el hombre común. Son válidos porque sin ellos no se alcanza una existencia digna. De esa cuenta, no se puede separar el trabajo del científico del contexto en que se da. Sólo una actitud positivista presenta la realidad como algo fragmentario e inconexo. La realidad es una sola y es una especie de red que se va configurando, a partir de las acciones y relaciones concretas que se establecen entre los seres humanos. Nosotros mismos no somos seres fragmentarios. Los diversos roles que desarrollamos en la vida social no están desconectados unos de otros. Estos no son más que facetas de un mismo ser, unitario, cuya esencia es precisamente la unidad. Pensar que podemos llevar distintas maneras de vida, totalmente desconectadas unas de otras, es un error que hemos aceptado justamente a partir de esa visión positivista y fragmentaria de la realidad.
Esta concepción fraccionada de la realidad y de nosotros mismos revela cierta patología. Por eso resulta enfermizo el hecho de que una persona tenga una actitud distinta como padre, por ejemplo, a otra que tiene como funcionario público. Entre el papel de padre y el de funcionario, no puede existir una total desconexión. El mismo sujeto, desarrollando actividades distintas, debe orientarse por los mismos valores. No puede ser un hombre honrado en su hogar y un perfecto ladrón en su trabajo.
Lo mismo sucede, pues, con el científico. Éste no puede alegar que es una persona diferente en su papel de ciudadano y de investigador, para justificar que su trabajo está más allá de consideraciones éticas. Tampoco puede afirmar que sus investigaciones son totalmente objetivas y que por lo mismo, no pueden estar sujetas al escrutinio moral; que lo moral se circunscribe a su vida como ciudadano o como padre, pero nunca como científico, etc.,
Podríamos seguir ahondado en este tema pues hay muchas otras cosas que analizar. Por el momento me detengo aquí. Solamente deseo dejar en claro una idea: que la ciencia no está más allá del bien y del mal y que un científico antes de serlo es un ser humano lo que le otorga el carácter de ser un agente moral.

Profesor titular. Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
haroldsoberanis@usac.edu.gt
prosophiablogspot.com

lunes, 1 de marzo de 2010

Por una educación liberadora

*Harold Soberanis

En otras ocasiones me he referido a la necesidad de enfatizar el importante papel que juega la educación, en relación a la configuración de individuos responsables y activos, que con su esfuerzo constante construyan sociedades mejores. Lograr una sociedad más digna y justa, donde cada quien tenga lo necesario para alcanzar una vida plena es un deseo de todos, sobre todo en los tiempos que corren.

Ahora bien, no puede ser cualquier tipo o modelo de educación el que se proponga, pues de ser así, se presenta el riesgo que nuestros esfuerzos sean inútiles. Por eso mismo, es necesario reflexionar sobre el tipo de educación al que aspiramos.

A mi juicio, una verdadera educación que proporcione a todos los miembros de la sociedad los instrumentos que les permitan alcanzar el bienestar que se desea, no puede ser otra más que aquella que libere al ser humano, de formas de pensamiento que le condenan a la servidumbre de todo tipo. Determinadas formas de pensamiento pueden conducirnos a acciones perversas que nos desnaturalizan y separan de los otros. Es el caso, por ejemplo, de la violencia generalizada en la que vivimos y que puede llevar a un individuo a justificar hechos abominables, como el asesinar a otro para robarle un teléfono que después vende y con ese dinero sostener a su familia. En ningún sentido puede justificarse tal acción.

Este tipo de conducta es posible a partir de formas de pensamiento que desfiguran la realidad moral de la persona. El origen de estas formas hay que buscarlo en el ambiente social que, a través de prácticas perversas, multiplican un discurso consumista y enajenante, el que a su vez es producto de un modelo socioeconómico que ha desvirtuado el carácter social y solidario del ser humano.

En este sentido, el modelo de educación que actualmente se promueve y practica en nuestra sociedad, ha contribuido a la reproducción de formas de pensamiento enajenantes que desembocan, inevitablemente, en formas violentas de comportamiento y fragmentación de la persona humana. Por ejemplo, ahora ya no se habla de objetivos, sino de competencias, inculcando en la mente de nuestros jóvenes, la validez de un discurso que pretende justificar la ambición y la codicia, fundamentándose en una supuesta naturaleza humana egoísta.

A mi juicio, una verdadera educación debería promover en el individuo, el rechazo a estas formas alienantes de comportamiento. Para ello se necesita que tal educación incentive en el educando, un pensamiento crítico que le permita juzgar las acciones sociales en su justa dimensión. Un pensamiento crítico significa ser capaz de analizar determinadas acciones, de acuerdo a valores que todos reconocemos como dignos. De esa cuenta, no se puede considerar la codicia y la indiferencia como valores positivos, que orienten el actuar de los miembros de la sociedad. No puede ser mejor el egoísmo, que la solidaridad entre seres humanos. Si bien es cierto todos buscamos estar mejor de lo que estamos, ese “estar mejor” no puede alcanzarse a base de explotar y marginar a los otros. Nunca se podrá justificar considerar al prójimo como peldaño sobre el que hay que pasar, para lograr nuestros propósitos.

Ese mismo cultivo de un pensamiento crítico debe llevarnos a tomar conciencia de nuestro papel como ciudadanos, es decir, de seres pertenecientes a una sociedad en la que cada uno juega un papel importante para su construcción. Lo que conlleva a tomar posiciones políticas válidas y a no rechazar la práctica de la política, argumentando que ésta es sucia. Esa indiferencia a la política favorece de maravilla a la clase politiquera que nos gobierna y que cada vez más nos hunde en la miseria de todo tipo. Pero la única manera de participar positivamente en el ámbito político de la sociedad, es a través de una actuación que se rija por valores morales sólidos y una actitud crítica.

Es necesario distinguir entre una actitud crítica y una “criticona”. No se trata de señalar lo malo de la realidad por el simple hecho de hacerlo, sino de analizar y comparar las acciones humanas o los hechos que acontecen, con el fin de encontrar criterios válidos de comportamiento. Y éstos únicamente pueden serlo si se fundamentan en valores permanentes, que contribuyan al crecimiento moral de la persona, es decir, si contribuyen a su dignificación como ser humano y nunca a su degradación.

De esa cuenta, pues, se debe replantear el modelo actual de educación con el fin de configurar uno nuevo. En este sentido, me parece que una propuesta que debe considerarse seriamente, es la que hace mucho tiempo hizo Paulo Freire, cuando planteaba un tipo de educación que se vinculara con el individuo, a partir de la realidad concreta en la que se encuentra. En otras palabras, lo que Freire proponía era una educación que partiera del contexto material de la persona, de su realidad inmediata y no de consideraciones ajenas a ella. Sólo una educación que mantenga esta vinculación del individuo y su realidad, puede generar en él un pensamiento crítico, el cual le puede permitir ser un sujeto activo y propositivo en la transformación de su entorno y, por ende, en la configuración de un ser humano más pleno y realizado.

Una educación que fomente un pensamiento crítico es, pues, fundamental para la formación de seres humanos responsables y participativos. Y ésta, debe comenzar desde la niñez ya que serán los niños quienes, en un momento determinado, tomen las riendas de la sociedad. Desde temprana edad, se les debe inculcar el respeto y el compromiso con el prójimo. Se les debe enseñar que los otros, son seres humanos dignos y que cada uno es, como diría Kant, un fin en sí mismo y nunca un medio. Sólo de esta manera podremos aspirar a una sociedad justa y equitativa, aspiración que todas las personas honestas y de buena educación debemos tener.

*Candidato a Doctor en Filosofía. Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC. Prosophia.blogspot.com

martes, 26 de enero de 2010

Albert Camus

“Los hombres mueren sin ser felices”.
Albert Camus

*Harold Soberanis

Entre los muchos libros que he leído a lo largo de mi casi medio siglo de existencia, hay algunos que han dejado una profunda huella en mi interior, y a los que vuelvo cada vez que la vida se me torna cuesta arriba. Vuelvo a ellos porque siempre encuentro la respuesta adecuada a un problema que me agobia. Entre estos libros tan queridos están, sin ser éste un orden de preferencia, La Náusea de Sartre, El Lobo Estepario de Hesse, Sobre Héroes y Tumbas de Sábato y El Extranjero de Camus.

Precisamente ahora, que se cumplen cincuenta años de la muerte de Albert Camus, no encuentro momento más propicio para dedicarle algunas líneas que expresen lo que este genial escritor y sus obras han significado en mi vida.

No recuerdo en qué momento leí por primera vez a Camus, pero desde que lo hice surgió en mí una profunda admiración hacia su figura y su obra. De un estilo muy particular, conciso, directo y profundo, Camus es, a mi parecer, uno de los más grandes escritores del siglo XX, lúcido, genial y muy humano. Aunque posee un estilo muy sencillo no por eso es fácil de leer. En sus frases cortas y directas, se esconde una profundidad de pensamiento que no nos deja indiferentes, pues sacude las fibras de nuestro ser.

De cuna muy pobre, a base de esfuerzo, mucha capacidad y un gran talento llegó a obtener el Premio Nóbel de Literatura en 1957 y tres años después, murió en un desafortunado accidente de carretera, cuando aún era joven y estaba en plena madurez intelectual, la que ya por entonces le había convertido en un referente moral de la humanidad que, en esa época como ahora, atravesaba un momento crítico de su historia. Siempre fue generoso y agradecido y nunca olvidó, ni negó sus orígenes. De su agradecimiento queda constancia: el momento en que recibe el Premio Nobel y se lo dedica a su maestro, Louis Germain, quien lo estimuló a no abandonar sus estudios y desarrollarse como un gran escritor.

De Camus lo que he aprendido es a aceptar el carácter absurdo de nuestra existencia, puesto que no hay un dios que sirva de referencia para darle sentido. Este carácter absurdo de la vida humana queda explicitado en su famoso ensayo El Mito de Sísifo donde, apoyándose en este mito griego, demuestra cómo la vida humana carece de sentido y vivirla es un absurdo. Sin embargo, aunque parezca extraño, y en oposición a muchos que han interpretado su pensamiento como un claro pesimismo, esa misma naturaleza absurda de la existencia no implica su negación o abandono. Por el contrario, lo que el pensamiento filosófico de Camus quiere demostrar es que, a pesar del sinsentido de la vida, ésta merece la pena vivirla y no sólo vivirla sin más, sino vivirla con pasión, cada momento, cada instante, cada minuto, pues la vida a pesar de todo es bella y digna de asumirla. Lo que sucede, dice Camus, es que debemos ser conscientes de su sentido absurdo, no para negarla o entregarnos a la desesperación, sino para aceptarla tal como es, con la misma dignidad y heroísmo que lo hace Sísifo al emprender la tarea absurda a la que los dioses lo han condenado. En ese asumir la existencia tal como es y no como las religiones o filosofías baratas nos han hecho creer que es, radica el valor de la vida misma.

Como intelectual de una época difícil vio con lucidez el problema de las sociedades, a través de lo complejo de la naturaleza humana. Nada le era indiferente, por eso asumió un compromiso con todas las luchas que se oponían a cualquier forma de totalitarismo, que de alguna manera condicionaban o limitaban la libertad humana, haciendo de la existencia de los hombres y mujeres de este planeta algo precario.

De ahí pues, que políticamente rechazó los nacionalismos y la pretensión del Estado a controlar la vida de los individuos y colectividades, poniendo por encima de estas formas de opresión la dignidad y la libertad. Aprendió a valorar las cosas sencillas de la vida como las más importantes, más allá de la posesión material de cosas que lo único que hacen es condenar a los hombres a formas inhumanas de esclavitud, aunque no por eso negó lo importante de llevar una vida con los mínimos satisfactores, que harían de ella algo agradable.

Su profunda fe en la libertad, sobre todo de pensamiento, le impidió adherirse a formas políticas que la negaran, lo que le condujo a mantener posiciones controversiales con muchos intelectuales de su época. Famosa es la polémica que sostuvo con Sartre, después de haber cultivado una amistad de muchos años entre ambos y que les llevó a colaboraciones de distinto tipo. Sartre aceptaba el poder del Estado en determinados casos y esto significaba oponerse a la libertad, lo que trajo como consecuencia que surgieran ciertas discrepancias ideológicas entre ellos, que al final se vieron reflejadas en un alejamiento. Sin embargo, cuando acontece la trágica y absurda muerte de Camus, Sartre fue de los primeros en lamentarla reconociendo su grandeza intelectual y humana, lo que viene a demostrar, en última instancia, la nobleza de espíritu del autor de La Náusea.

Una consecuencia que se deriva de la idea de que no hay un dios que sea un punto de referencia moral es, según Camus, el hecho de que debemos inventarnos nuestra propia moral más allá de cualquier fórmula o código moral dado. Y no sólo lo podemos hacer, sino que tenemos la obligación de hacerlo, porque somos seres libres. Esta tesis, y algunas otras, lo ubicaron conceptualmente entre los existencialistas, aunque él lo negara muchas veces.

Otra de las facetas importantes de Camus fue la de periodista. En ésta, como en las otras que desarrolló, siempre mantuvo una coherencia y honestidad intelectual que le valieron tanto el reconocimiento de algunos como el rechazo de otros. Sin embargo, se mantuvo fiel a sus convicciones. Respecto a este oficio es importante señalar que asumió la libertad de expresión como un valor fundamental de esta profesión, pero sin considerarla como un escudo que hiciera del periodista un ser intocable. La libertad exige responsabilidad y compromiso consigo mismo y con los demás, pero nunca puede ser excusa para atrincherarse en posiciones que nieguen la verdad y se pongan al servicio de los poderosos. Esta manera de entender el periodismo debería ya de por sí ser una lección que no deberían olvidar todos aquellos que se dedican a él, sobre todo en países como el nuestro donde muchos periodistas, apoyándose en el derecho a expresarse libremente, se consideran incuestionables como si estuviesen más allá del bien y del mal, y utilizan este noble oficio para desprestigiar, calumniar o conspirar.

A pesar del tiempo transcurrido desde su muerte, en el que injustamente su obra y pensamiento han ido cayendo en el olvido para dar paso a personajes oscuros y mediocres que con su actuar han trastocado los verdaderos valores que dignifican al hombre, sustituyéndolos por la vulgaridad y el escándalo, deberíamos volver a él. En estas épocas de crisis de toda índole que han hecho de la mayoría de nosotros seres sin esperanza, ni sueños, bien nos vendría releer sus textos con el fin de encontrar en ellos las claves necesarias que nos permitieran comprender nuestra situación existencial. Porque Camus es de esos intelectuales que como Marx y Sartre, y en palabras de Brecht, son imprescindibles.

*Profesor titular de Filosofía, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
Prosophia.blogspot.com

viernes, 13 de noviembre de 2009

El papel del intelectual en el mundo de hoy

*Harold Soberanis

En una ocasión, Sartre definió al intelectual como “aquel que es fiel a un conjunto político y social, pero no deja de discutirlo”. Tratar de definir qué es un intelectual y cuál es el papel que debe jugar en su entorno social, ha sido una preocupación de los mismos intelectuales en todos los momentos de la historia.

Como toda cuestión teórica, no es fácil dar una definición de lo que se puede entender por un intelectual y de su papel en la sociedad. Sobre todo ahora, en estos tiempos, en que muchos autodenominados intelectuales han desprestigiado el oficio.

A mi juicio, la definición que da Sartre de un intelectual es bastante acertada. Todo intelectual debe asumir una posición definida y defenderla. Esto no obsta para que cuestione su propia ideología y revise continuamente sus mismas tesis. Ningún intelectual puede pretender que su pensamiento sea un dogma incuestionable. Su propia honestidad intelectual, le exige revisar constantemente su pensamiento, ajustando al momento actual lo que deba ser ajustado.

En una de sus obras, Marx dijo que no era “marxista”. Yo interpreto esta afirmación, precisamente en el sentido de que ningún pensador, por mucho que confíe en su sistema, puede pretender que sea absoluto. Siempre existe la posibilidad de revisarlo y replantearlo. Además, es necesario considerar otras posiciones que pueden echar luces a la propia. El verdadero intelectual, pues, debe siempre estar abierto a otras maneras de ver las mismas cosas.

Respecto al papel que todo intelectual debe jugar en su sociedad, creo que es la de servir de guía, sin creerse infalible o dueño de la verdad. Sin embargo, debe asumir una posición y esto ya implica presuponer como válidas y verdaderas ciertas ideas, pues de lo contrario no cumpliría con su rol, es decir, el de ser orientación a los demás.

Sin pensar en que su concepción de la realidad sea absoluta, sí deberá estar seguro y confiar firmemente en determinadas tesis, abriéndose a otras posibilidades. El intelectual es una especie de conciencia crítica de su época y su sociedad, señalando los caminos por donde ésta deberá conducirse. Puede que se equivoque, al fin y al cabo es un ser humano, pero deberá tener la suficiente honradez para reconocer lo equivocado o no de su planteamiento.

Por otro lado, en tanto ser social, el intelectual no desarrolla su trabajo de manera aislada. Su propia actividad está determinada por la de los demás y deberá saber articularla con otros saberes para complementarla.

Debo reconocer que cuando estoy hablando de lo que es un intelectual, estoy pensando en el filósofo, por ser ésta mi propia profesión, pero en ningún momento rechazo la figura de un escritor o científico, por ejemplo. Estos también, en su profesión desarrollan un trabajo intelectual.

También debo reconocer que asigno mucho valor a la actividad intelectual por encima de la manual, sin negar el valor que ésta pueda tener. Y esto se debe, al menos en mi caso, a la influencia que los mismos filósofos ejercen sobre mi pensamiento, especialmente Aristóteles.

En efecto, es Aristóteles quien, en su propuesta ético-política, reconoce la superioridad de la actividad intelectual. Para el Estagirita, como sabemos, la filosofía es la más digna de las ciencias humanas, precisamente porque no tiene un fin ulterior y se basta y justifica a sí misma. Esta autonomía le da, a la filosofía, un valor superior. De ahí que el filósofo, es decir quien se dedica al cultivo de la filosofía, sea el más independiente de los hombres y su actividad tenga más valor. Además recordemos que estos pensadores griegos despreciaban de suyo el trabajo manual, por considerarlo indigno del hombre libre, del ciudadano.

Esta posición puede ser cuestionada, y de hecho lo es, pero me sirve para lo que quiero ilustrar, esto es, el valor del trabajo intelectual. En sociedades como la nuestra, donde aún no resolvemos una serie de problemas que otras sociedades ya han superado, el trabajo intelectual es despreciado y quien se dedica a él es visto como un parásito. Esta es una visión totalmente equivocada y responde al poco valor que se le asigna al trabajo intelectual. Países del primer mundo, como USA, por ejemplo, es puesto frecuentemente como modelo del desarrollo tecnológico. Pero se olvida que si bien posee un alto nivel de desarrollo científico y tecnológico, esto se debe a que posee una fuerte base teórica sin la cual aquél hubiese sido imposible alcanzar tal desarrollo. Estos países del primer mundo, pues, valoran altamente el papel que sus intelectuales juegan en sus sociedades.

De esa cuenta, creo que se debe ir cambiando la concepción que se tiene del intelectual y su trabajo y reconocer que sin él las sociedades están desorientadas lo que impide que alcancen el nivel de desarrollo que se desea. El intelectual, pues, es necesario e importante en las sociedades, ya que sin él éstas se encuentran a la deriva. De ahí el papel que juegan en su entorno que es, en resumidas cuentas, la de servir de guía y conciencia crítica a sus sociedades.

* Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC
Prosophia.blogspot.com



viernes, 16 de octubre de 2009

El Che

*Harold Soberanis

El 8 de octubre de 1967 era capturado en la selva boliviana, y asesinado cobardemente un día después, el doctor Ernesto Guevara de la Cerna, más conocido como el Che. De esto pues, hace 42 años. Figura fundamental y controvertida de la Revolución Cubana su ejemplo de lucha y sueños por un mundo mejor siguen siendo vigentes, sobre todo en un mundo como el de hoy que, a diferencia del que él soñó, se ha vuelto más injusto y desigual, menos digno, pues se asigna más valor al tener que al ser, se premia la corrupción y se degrada el pensamiento.
Como todo personaje de la historia, de esos que dejan huella a su paso por la vida, tiene tantos seguidores como detractores, lo que viene a demostrar que pertenece a ese grupo minoritario de los “imprescindibles”, como diría Brecht.
Su rostro es conocido por muchas personas a lo largo del mundo, incluso en aquellos lugares donde la cultura y forma de ser es tan diferente a las del pueblo latinoamericano. Ese rostro quedó inmortalizado por la ya famosa fotografía de Alberto Korda quien, en un acto publico al que asistía Guevara, lo logró captar en un momento único e irrepetible. Ahí, en la mirada perdida en el horizonte, se reflejan los ideales y sueños visionarios de un hombre que vivió y murió coherentemente, pues su pensamiento, sus palabras y su acción fueron un todo.
Ese mismo rostro ha sido comercializado por la “mano mágica” del mercado, símbolo inequívoco de un sistema económico que reproduce las desigualdades e inequidades y que, paradójicamente, él tanto combatió. El haber comercializado su rostro en camisetas, vasos y cuanta tontería se puede inventar, fue el único modo de “matarlo”, como afirmó alguien alguna vez. Empero, aun en el caso de que esto hubiese sido posible, sus ideas revolucionarias no han perdido vigencia ni han podido ser olvidadas. Sigue siendo un ejemplo en todos aquellos lugares donde se persigue el ideal de un mundo más justo, donde se lucha por reivindicar la libertad humana y donde siguen existiendo hombres y mujeres que son explotados y denigrados. En fin, sigue siendo un símbolo para los pueblos que buscan la emancipación, la libertad y la dignidad.
Como un fiel aventurero, en el buen sentido de la palabra, el Che no pudo ajustarse a un cargo burocrático como el que le fue encomendado luego del triunfo de la Revolución. El haber aceptado dicho cargo, cuando era un hombre de acción y no de estar sentado en un escritorio, fue un error de su parte que provocó serios problemas a la economía cubana, sobre todo en ese período de transición en el que Cuba pasaba de una dictadura retrógrada a asumir su propio destino como un pueblo digno. Ese ha sido un error que muchos de sus enemigos se han encargado de exagerar para denigrar su figura, pero fue un error del cual él sacó provecho.
Sin embargo, es meritorio de su parte el hecho de haber dedicado muchas horas al estudio de la economía, de la que sabía poco pero que terminó sabiendo mucho. Es muy conocido que pasaba interminables horas en su despacho del Ministerio y que en ese tiempo infinito, no sólo aprendió economía y otras cosas importantes, sino que leyó la filosofía de Marx, la que le ayudó a comprender muchas circunstancias de la historia de los pueblos del mundo y, sobre todo, a entender la nuestra, la de Latinoamérica y su trágico destino.
De ahí surgió su odio visceral a todo signo de imperialismo, en especial al norteamericano, pero también al soviético, del que desconfiaba profundamente. Esta misma desconfianza fue la que le mantuvo atento a las posibles consecuencias negativas que, futuras alianzas con los soviéticos, podían traerle a Cuba. En determinados momentos aceptó ser socio de los soviéticos, más por alejarse de los gringos, que por pensar que los rusos eran mejores. Esta misma desconfianza a ambas potencias enfrentadas en el marco de la Guerra Fría, fue lo que lo vinculó a otros pueblos con los que se sentía más afín, pues encontraba entre ellos y nuestra Latinoamérica más coincidencias que diferencias.
Estas coincidencias, tanto como su sentido de aventura, le llevaron a emprender muchas misiones en el mundo con las que, como un San Martín o un Bolívar contemporáneo, pretendió llevar la libertad a los pueblos sojuzgados de la tierra. Fue solidario con ellos y con sus luchas reivindicativas, y fue solidario con todo aquel que, en algún lugar del planeta, era víctima de la explotación y la esclavitud.
Como ser humano cometió muchos errores, eso es innegable, pero dejó como ejemplo para todos los que aún creemos en la dignidad humana, una impronta de justicia que difícilmente se borra con el paso de los años.
Cuando aún no era el Che, pasó por Guatemala, y fue testigo privilegiado de la intervención norteamericana que desembocó en el derrocamiento del gobierno legítimo y popularmente electo de Jacobo Arbenz. Este hecho despertó su conciencia social y su sentido de hermandad.
En sus dos ya famosos viajes por Latinoamérica conoció de cerca la miseria y el hambre de miles de seres humanos que, habitando en un continente infinito de riquezas, se morían de hambre, pues una minoría se quedaba y gozaba del fruto del trabajo de todos. Estos viajes al interior de un pueblo esquilmado por el imperialismo, le llevaron también a un recorrido interno que le permitió descubrir su sentido existencial y la causa por la que habría de vivir y morir.
Algo que no debemos olvidar, es la concepción guevariana del “Hombre Nuevo”. Este Hombre Nuevo, debía ser producto de la revolución que todos los pueblos dignos del mundo debían emprender. La revolución era necesaria pues era la única vía de transformación de las condiciones de explotación y deshumanización que un sistema en sí mismo perverso había provocado. Dicha revolución traería pues, un mundo mejor, una sociedad más equitativa. Pero una sociedad está conformada por seres humanos de carne y hueso y eran estos hombres y mujeres quienes debían realizar y preservar los ideales socialistas. De ahí su insistencia en la configuración de un nuevo hombre que se guiase por valores morales nuevos que contribuyeran a su configuración. Este era el Hombre Nuevo de Guevara, el que sigue ideales y no bienes económicos.
Todo esto suena hoy día, en un mundo mercantilizado y alienado, como una utopía imposible. Sin embargo, sigue siendo, la utopía, la única posibilidad de salvarnos del desastre al que nos ha condenado un sistema económico nefasto. Recordar estos ideales y luchar por que se realicen debería ser el mejor homenaje a la memoria de un gran hombre como el Che.
*Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, Usac.
haroldsoberanis@usac.edu.gt
www.prosophia.blogspot.com



jueves, 10 de septiembre de 2009

Cambalache

*Harold Soberanis

Mi gusto por el tango me viene de las ya lejanas tardes de sábado cuando, junto a mi padre, mis hermanos y yo nos veíamos obligados a escuchar los innumerables discos de acetato que, en un ritual interminable, él ponía para escuchar a Gardel, ese fabuloso tanguero que cada día canta mejor.
A fuerza de oír esa música, fui tomándole el gusto, de tal manera que hoy día, cuando ya mi padre no está, sigo buscando esos viejos discos y, repitiendo ese ritual de cada sábado, los coloco y escucho con sumo placer. Claro, ahora son mis hijos quienes “sufren” esta afición mía.
De entre los muchos tangos que me sé de memoria, hay uno que me causa un particular sentimiento. Ese tango es “Cambalache”, escrito en 1935 por Enrique Santos Discépolo, más conocido como “el filósofo”. Este prolífico autor, dejó grandes composiciones que aún se escuchan y que son como requisito obligado del repertorio para todo aquel cantante de tango que se respete.
La versión que yo escuchó, sin embargo, es la que cantó Joan Manuel Serrat en un concierto de hace mucho tiempo, concierto que fue titulado “En directo”.
Este tango “Cambalache” describe, con agudeza e ironía, lo que su autor estaba viviendo y observando acerca de los cambios vertiginosos que se desarrollaban en la primera mitad del siglo pasado. Lo que más llama la atención es que, según Discépolo, se estaba perdiendo, ya en esa época, el respeto por los valores que hasta entonces habían sido puntos de referencia en el actuar de la gente, y todo se mezclaba en una amalgama cínica, al estilo de los cambalaches, esas tiendas donde se vendían muchas cosas de segunda mano, y que eran exhibidas en una abigarrada mescolanza.
Según Discépolo, lo mismo ocurría en la sociedad de su momento, pues daba igual vivir honradamente que no, ya que todo era válido. Me parece que este tango, aún con las limitaciones propias de su momento histórico, anunciaba, muy a su manera, lo que muchos años después señalaría el posmodernismo: que no hay puntos de referencia y que por lo mismo, todo se vale.
Es increíble que a pesar del tiempo transcurrido, cuando uno escucha este tango, pareciera que está oyendo la descripción de situaciones cotidianas, situaciones y hechos que se dan a nuestro alrededor. Y no puede uno dejar de comparar a aquélla Argentina de la primera mitad del siglo XX con la Guatemala actual, pues resulta que hoy ser corrupto y sinvergüenza es tan valioso como lo contrario y que, aún más, en algunos casos se exalta más que la honradez. Cuántas veces no hemos escuchado que se alaba la astucia de nuestros políticos de turno al decir que fulano o zutano fue muy listo pues supo robar y hacerse rico sin que los demás nos diéramos cuenta. Incluso se llega a aceptar que estos politiqueros roben “un poquito” con tal de hacer un poco de obra social.
Estos mismos individuos, son los que después salen en la televisión dando consejos a todo mundo e intentan moralizar a una sociedad que ellos mismos han corrompido y prostituido.
Por eso, este tango “Cambalache” me sigue pareciendo el mejor en describir los tiempos que vivimos. Como siempre, Guatemala es el ejemplo perfecto de la descomposición social en la que estamos hoy día, esa descomposición que destruye a toda la humanidad. Esto es muy bien aprovechado por las grandes empresas capitalistas que, en su insaciable voracidad, bombardean a todo mundo, pero especialmente a nuestra juventud, con una serie de mensajes que incitan al consumismo irracional, bajo el argumento que más vale tener que ser. De esa cuenta, se privilegia la posesión de objetos y se desprecia la vida virtuosa que es la que, al fin de cuentas, nos da valor y nos hace mejores cada día.
Si a este consumismo contraponemos la pobreza en la que se encuentran sumergidos millones de seres humanos en todo el mundo, comprendemos entonces esa contradicción, esa angustia que se esconde en el corazón de muchos hombres y mujeres y que se expresa en la decadencia moral y delincuencia que nos agobia. Pues resulta que como es mejor tener que ser, y dado que no cuento con los medios económicos para atesorar cosas, no me queda otra que robar, pues de lo que se trata es que los demás me vean y me valoren por lo que tengo, aunque los medios para conseguirlo no sean lícitos.
Y ahí está también el mal ejemplo de nuestros politiqueros que con desfachatez y cinismo hacen alarde de la buena posición social que tienen, aunque todo mundo sepa que para lograrlo tuvieron que robar. Después el sistema los premia nombrándolos ministros o diputados, y la cosa queda como si nada hubiera pasado.
Como no soy ningún puritano no es mi intención lanzar moralinas a la gente. Mi intención es apelar al buen juicio, a la reflexión, al análisis que nos proporciona la filosofía, confiando en que nos demos cuenta de nuestras acciones y dejemos de premiar a quien no se lo merece. Como dijo Camus, “el éxito es fácil obtenerlo; lo difícil es merecerlo”. Y para merecerlo el único camino que tenemos es el de la virtud que es el justo medio y el hábito de las buenas acciones, tal como afirmó Aristóteles.
Por eso sería bueno que todos los días escucháramos el tango “Cambalache”, pues nos haría pensar sobre lo que estamos haciendo para saber si nuestra conducta es la correcta.

*Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.
Prosophia.blogspot.com

viernes, 14 de agosto de 2009

La decadencia de Occidente

*Harold Soberanis

Hoy día es muy común oír, de personas de diferente nacionalidad o condición étnica, hablar de la decadencia de Occidente y con ello resaltar el valor y la importancia de otras culturas, históricamente subordinadas a aquélla. A la cultura occidental le achacan todos los males del mundo: las guerras, las enfermedades, las crisis económicas y vaya usted a saber cuántas cosas más.
Sin negar el valor que puedan tener culturas como la China, la Hindú o la Maya, para sólo señalar algunas, me parece exagerado y un rasgo de ignorancia, culpar a la cultura occidental y todos sus productos, de los males del mundo de hoy y de siempre.
No me opongo a la reivindicación que se hace de esas “otras” culturas, pero lo que me parece rechazable, es que se les quiera idealizar y, a la vez, descalificar la cultura occidental de la que, nos guste o no, somos herederos.
La cultura occidental ha dado a la humanidad grandes aportes: la filosofía, la ciencia, el derecho, etc. Claro, también ha producido muchas aberraciones. Pero, ¿qué cultura no lo ha hecho? ¿O es que acaso por venir de estas culturas subordinadas, todas las prácticas que la configuran son válidas? ¿Puede ser válida, por ejemplo, el sacrifico de los prisioneros para adorar a supuestos dioses, o la castración de la mujer para que no sienta placer sexual? No creo que haya alguien quien, en su sano juicio, pueda defender semejantes prácticas irracionales.
La cultura occidental y el mundo que la refleja no es la única culpable de las cosas que suceden en este mundo. Esto viene a cuento porque recientemente escuché a un pensador chileno, señalar a la cultura occidental como el nido de donde surgen los males del mundo.
Creo que mucho de esta actitud de rechazo a todo lo occidental, viene por esa tendencia de moda a glorificar todos los elementos culturales de otros pueblos. Ahora resulta que en esas culturas reside la sabiduría del mundo, por lo que hay que volver la vista hacia ellas, tratando de encontrar la respuesta a todos los males que nos aquejan.
No niego que estas culturas puedan tener elementos valiosos que hay que rescatar, pero no hay necesidad de condenar todo lo occidental.
Este rechazo a la cultura occidental no es nuevo. Recuerdo que ya a finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, varios filósofos pusieron en duda el valor e importancia de la cultura occidental. Sobre todo, cuestionaron el proyecto de la Razón como la facultad humana por excelencia, con la que podíamos comprender la realidad. Este es un elemento que los griegos establecieron en su proyecto filosófico: tratar de comprender y penetrar el mundo, la realidad, desde la pura racionalidad.
Obviamente, esto ya no es posible. Es verdad que muchas aberraciones se han cometido en nombre de la Razón: las guerras, los genocidios, la explotación, etc. Pero culpar de todo lo malo a la Razón, me parece que no es el camino correcto.
En sociedades como la nuestra, donde el grado de violencia y descomposición social es altísimo, donde la vida no vale nada, donde la corrupción y el latrocinio son los valores predominantes, bien nos vendría un poco más de racionalidad, un poco más de guiar nuestra existencia social por los dictámenes de la Razón. Claro que el ser humano no se agota en la racionalidad. El hombre es mucho más que eso, pero la Razón, bien entendida, pude conducirnos por el sendero correcto. Por medio de ella podemos construir una sociedad mejor, más equitativa y justa.
Con la posmodernidad se cuestiona la Razón y se enfatizan otras esferas de la naturaleza humana. Se habla de la falta de referencias y se afirma que todo es válido. Se cuestiona la cultura occidental y se reivindican otras culturas. Esto ha traído como consecuencia que se haya derivado en un relativismo de toda índole. Ahora resulta que no es prudente tomar posiciones políticas, se condenan las ideologías y se dice que lo conveniente es no tomar partido. Se condena la derecha y la izquierda por igual y la moda es estar en contra de todo y a favor de nada.
Esto resulta grave, porque precisamente gracias a esa falta de toma de posición, no se plantea nada, ni se critica la realidad con bases teóricas fuertes, ni se proponen soluciones racionales a los problemas que nos aquejan. Todo vale y al final nada es valioso.
Señalar la crisis de la cultura occidental debería estimularnos a buscar soluciones, retomando los ideales originales de tal cultura. No se trata simplemente de hablar de una supuesta “decadencia” de Occidente, sino de señalar que la humanidad en su totalidad necesita una renovación de sus postulados para de ahí, plantear soluciones plausibles.
Pero antes de proponer soluciones debemos saber qué es lo que está mal. Se necesita hacer una crítica de la realidad, para obtener un diagnóstico de nuestra situación y a partir de ahí plantear posibles soluciones, pero sin despreciar la Razón, ni idealizar culturas.
Es imposible que nos pongamos de acuerdo en todo, pero deberíamos buscar los consensos mínimos que nos permitieran llevar a cabo una renovación de la especie humana. Personalmente, no creo que Occidente esté en decadencia ni que haya que rechazar todo lo que viene de esta cultura. Creo que la sociedad humana en general, está en crisis y que la única solución a nuestros problemas está en encontrar los puntos en común de todos los grupos humanos, tratando de consolidar aquellos valores que son vitales para nuestra preservación, ajustar a la realidad aquellos que haya que ajustar y olvidar los que ya no responden al contexto actual. Pero esto sólo es posible desde el ejercicio de la racionalidad, del diálogo abierto y honesto, de la toma de posición política y desde el planteamiento ideológico que nos define y nos da identidad.
Que quede claro que no menosprecio a esas otras culturas. Recordemos que toda cultura es invento humano y como tal tiene sus cosas buenas y malas. Lo que rechazo es esa inclinación a desvalorizar lo occidental a la vez que se glorifican las otras culturas, sin tomar en cuenta que todas tienen elementos que son condenables.
No se trata pues, de hablar de la decadencia de Occidente y de reivindicar sin más, a otras culturas, sino de ser críticos y analizar las cosas para juzgarlas como son. Y esto, insisto, sólo puede darse desde el ámbito de la Razón, ese gran invento de los filósofos griegos, constructores junto a otros, de la cultura occidental a la que debemos tanto.

* Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Utopía y praxis

* Harold Soberanis

Es conocido que el Materialismo Dialéctico y el Materialismo Histórico son dos esferas de una concepción general de la realidad que pretende interpretar, dicha realidad, desde una posición fundamentalmente material. En este sentido, esta concepción se convierte en una filosofía o teoría general del universo.
Sin embargo, dicha filosofía no es sólo una interpretación de la realidad, no es sólo una teoría que nos explica los fundamentos de esa realidad, sino que es, sobre todo, la insistencia en la posibilidad de transformación de dicha realidad. Es decir que, el materialismo dialéctico y el materialismo histórico no se agotan en la pura interpretación de los hechos puesto que, lo que buscan en última instancia, es interpretar y comprender la realidad social con el fin principal de transformarla, modificarla de manera radical, esto es, desde la raíz.
Para muchos críticos de esta filosofía materialista, llevar a cabo una transformación radical de la realidad, realidad social en la que estamos inmersos, es una utopía, en el sentido de ser algo irrealizable, una quimera propia de poetas o soñadores.
Sin embargo, la utopía, como ya he escrito en otras ocasiones, no es sinónimo de irrealizable, no debemos entenderla como algo imposible, sino todo lo contrario, es decir, como la posibilidad de lo concreto.
Ahora bien, la realización de la utopía implica una práctica concreta puesto que alcanzarla no es posible desde la pura teoría. Esta, la teoría, debe articularse coherentemente con la praxis, como única vía posible de realización. De ahí la importancia de desarrollar una praxis lógicamente articulada, que despliegue las posibilidades infinitas de transformación de la realidad.
Considerar estas posibilidades y emprender acciones concretas que nos lleven a su realización, no es la utopía renacentista que vislumbraba una sociedad perfecta donde no existían conflictos entre los hombres. Es más bien la consideración de la utopía posible, la utopía que puede realizarse siempre y cuando se den las condiciones materiales para ello pero, sobre todo, los hombres emprendan acciones que la hagan real.
De esa cuenta, utopía y praxis son dos elementos de un proyecto político que debe desarrollarse en un movimiento dialéctico continuo, que vaya superando las etapas precedentes y desemboque en una sociedad humana más justa e igualitaria. Vislumbrar esta utopía no es una quimera, no es algo imposible.
Toda teoría debe tener un lado práctico, en el sentido de ser el instrumento por medio del cual se logre concretar. Por lo tanto, la praxis es fundamental para cualquier proyecto político. A su vez, la praxis debe estar sustentada en una teoría coherente.
El materialismo dialéctico y el materialismo histórico, como concepciones de la realidad, constituyen una utopía, la única que puede emancipar al hombre de las cadenas de la opresión que ha producido un sistema perverso en sí mismo. Ahora bien, la posibilidad de que dicha utopía se realice no depende únicamente de la coherencia que posea la teoría que la sostiene, sino también de la praxis que pueda desarrollarse.
Dicha praxis será el reflejo de acciones concretas que, hombres concretos, puedan emprender y que vayan posibilitando dialécticamente, la realización de la utopía.
Esta articulación, utopía-praxis, debe desarrollarse sobre la concepción materialista de la realidad, pero sin caer en mecanicismos, pues éstos no explican la realidad como es.
La utopía es emancipación del hombre, por lo tanto, implica una idea de humanismo, pero no de un humanismo idealista que disocia al hombre de su condición material en la sociedad, sino de un humanismo que resalta y profundiza la condición material primaria del ser humano. Considerar al hombre desde una perspectiva idealista, es negarle su verdadero ser. No se puede hablar, por lo tanto, del Hombre como una abstracción, sino del hombre concreto inmerso en un sistema económico específico cuya base es material. De ahí que al hablar del hombre debamos pensar en el hombre concreto y no en una abstracción dual. El hombre es, principalmente, materia y su mundo, primordialmente, material.
Por eso, la praxis que debe desarrollarse y que desemboca en la realización de la utopía, es una praxis concreta cuya base es material e implica una concepción del ser humano como un ser único, cuyo correlato fundamental es el mundo material en el que se encuentra. Esto es, una antropología materialista.
Solamente pensando la utopía como posible, se podrán desarrollar aquellas acciones que nos conduzcan a ella. Tales acciones deberán estar fundadas en una teoría coherente que logre explicar las condiciones reales del ser humano. A mi juicio, la única concepción filosófica que logra hacer esta explicación coherentemente, es el Marxismo. Por eso hay que releer el pensamiento de Marx a la luz de las condiciones actuales. Tal lectura, objetiva y crítica, nos permitirá ajustar aquellas tesis marxistas que necesiten adecuarse a los tiempos que vivimos, sin olvidar la praxis como vía de realización de la utopía.

* Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

miércoles, 3 de junio de 2009

Benedetti

*Harold Soberanis

Ahora que ya han quedado atrás los homenajes y encomios de la obra y pensamiento del escritor Mario Benedetti, a raíz de su reciente muerte, deseo hacer, desde mi experiencia de un simple lector, algunas reflexiones sobre este gran hombre.
Es innegable la calidad literaria de la obra de don Mario Benedetti. Muchos escritores y especialistas han señalado atinadamente los elementos valiosos de sus poemas, cuentos y ensayos. De esa cuenta, es poco lo que yo podría agregar a la valoración de tan vasta obra. Por no ser crítico literario ni cosa parecida, mi juicio acerca de este distinguido escritor, es el producto de la lectura de sus obras, especialmente su narrativa, lectura que ha provocado en mi interior regocijo y emoción al descubrir en ellas maravillosos y profundos mensajes de amor, soledad, esperanza y sueños por cumplir.
Empero, en este momento lo que me interesa particularmente es referirme a su actividad y pensamiento político. Algunos autores ya han comentado algo al respecto, aunque creo que no suficientemente. Esto es entendible, pues su producción literaria es tan inmensa que ha ensombrecido un poco ese otro aspecto de su actividad intelectual.
Ubicado políticamente en la izquierda, don Mario ha hecho una serie de comentarios y señalamientos que buscan la reivindicación del ser humano en general. Ha criticado fuertemente las políticas neoliberales que no han producido más que pobreza y desigualdad en nuestras sociedades latinoamericanas. Este hecho, a mi juicio, ha revelado la naturaleza profundamente humana de don Mario, la cual también se refleja, naturalmente, en su literatura.
Aunque he leído algunas de sus obras narrativas y poemas, es su posición política la que más me ha atraído y por la que he llegado a admirarlo. Si bien no posee una fuerte formación teórica, en términos políticos, su vocación humanista y su marcada sensibilidad de artista, le han permitido acercarse a la gente de carne y hueso y compartir con ellos sus preocupaciones y anhelos.
Su propia experiencia le permitió tal acercamiento. Víctima injusta por decir lo que piensa sin dobleces ni eufemismos, vivió exiliado durante muchos años en diferentes países que le dieron cobijo y le estimularon a seguir con su producción literaria. Esta difícil experiencia le dotó de una profunda sensibilidad para sufrir los dolores de la condición del ser latinoamericano que es, en otras palabras, la condición de vivir en el continente más desigual del planeta.
Por eso sabía lo que era sufrir, sabía lo que significaba llevar una existencia desde la condición de ser marginado y explotado que es, al fin y al cabo, la condición de vivir en el sur de este continente. Estas certezas le dieron la fuerza necesaria para fustigar un sistema opresor, perverso en sí mismo, que deshumaniza y aliena al hombre. De ahí que su objetivo principal desde la esfera política haya sido promover la reivindicación del ser humano, alcanzar su emancipación de las cadenas alienantes del capitalismo.
Si bien el arte por sí mismo no transforma las condiciones materiales que enajenan al hombre, si ayudan a transformar su ser. Ninguna obra de arte ha detenido el avance voraz de los que dominan el mundo. Sin embargo, cuando la producción artística va acompañada de una posición política reivindicativa, la obra despierta las conciencias de los seres humanos, haciéndolos más solidarios.
Esto es lo que hace que las grandes obras trasciendan su tiempo y que hablen un lenguaje universal. El verdadero arte lleva en su seno la esperanza de un mundo mejor, da aliento a aquellos hombres y mujeres que en su soledad buscan una respuesta que les motive a seguir luchando por las causas que consideran justas, lucha que le otorga un sentido a su existencia, ya de por sí precaria e incierta.
Por eso la obra literaria de don Mario Benedetti ya ha trascendido el tiempo y el espacio y mucho tiempo después seguirá enviando su mensaje de amor y justicia, su deseo por la realización de un mundo mejor, menos desigual y más digno.
Con la muerte de don Mario el mundo pesa menos, su ausencia se resiente. Ya no escucharemos su voz pausada y sabia. Sin embargo, nos queda el consuelo de sus poemas y narraciones y nos queda, sobre todo, la autoridad de su pensamiento político, que no es producto de la academia sino de la experiencia humana concreta, del día a día, de la lucha codo a codo con los más desposeídos. Esto es lo que vale, pues hace de su obra algo universal e imperecedera y de su persona, un imprescindible.

*Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

martes, 28 de abril de 2009

Globalización, homologación y competencias

* Harold Soberanis

Una de las últimas ideas que se ha expandido a nivel mundial, reflejo de una fase tardía del capitalismo, por lo demás un sistema en crisis, es la de la globalización. Tal idea significa, en términos capitalistas, la ampliación de mercados, productos y consumidores, pero nunca de la justicia o la igualdad. De esa cuenta, según la lógica perversa de este sistema, lo que hay que hacer es romper fronteras, al menos en sentido figurativo, y que tanto productos como seres humanos puedan movilizarse libremente para, como siempre, beneficio de todos, entendiendo por “todos” a los dueños del capital mundial.
Como parte de esa moda globalizadora, se ha iniciado desde hace unos pocos años y a nivel de la educación superior, un proceso de autoevaluación de todas las carreras que se ofrecen en las universidades. Dicho proceso tiene como finalidad última la homologación de estudios que, en un lenguaje más sencillo, significa que cualquier profesional, sea cual sea su especialidad, pueda movilizarse con facilidad a otro país y, sin tener que enfrentar todo el calvario burocrático que le permita ejercer su profesión, pueda hacerlo de manera fácil. En la Universidad de San Carlos, que es donde trabajo, este proceso está en marcha.
Lo que me preocupa de todo esto no es tanto que esta moda nos venga, como sucede siempre, de los centros de poder mundial quienes, a través de la imposición de estas políticas, se niegan a renunciar a su papel de dominadores. No. Lo que me preocupa y molesta es que nosotros, países periféricos y dependientes, aceptemos estas modas como si fuera la palabra de Dios. Sin chistar y como si fuera algo natural, seguimos los lineamientos de organismos internacionales al servicio del gran capital, bajo la amenaza que de no hacerlo, nos quedaremos al margen del progreso, seremos unos desfasados de la historia, pueblos trogloditas sin cultura ni futuro, etc; etc;
A todo esto me pregunto ¿y cuando hemos participado de la fiesta capitalista y sus innumerables bondades? Si acaso, hemos sido unos tristes espectadores que, del otro lado del cristal, contemplamos boquiabiertos el banquete que se sirve dentro (no recuerdo de quién es esta metáfora, pero viene muy bien al caso).
La historia de nuestros pueblos se ha construido sobre la base de la explotación, el abuso y el irrespeto. Tal herencia nos ha vuelto individuos sin conciencia, irreflexivos, sin sentido crítico de la realidad. El mismo modelo de educación que nos han impuesto, no es más que un modelo que busca reproducir el adocenamiento, la actitud acrítica, la mediocridad. Por eso somos indiferentes a las cosas que acontecen en el Estado. Ante la actividad política preferimos mantenernos al margen, permitiendo a todos los politiqueros que sigan haciendo de esta disciplina un negocio. Nuestra indiferencia les favorece a estos grupos, pues siempre son los mismos corruptos quienes “hacen” política, es decir, siguen despilfarrando y enriqueciéndose a nuestras costillas. Además de enriquecerse a costa de lo “político” han contribuido a pervertir la política, lo que ha provocado en la mayoría la percepción de que tal actividad es algo sucio, algo a lo que las personas decentes no se dedican.
Pues bien, esta actitud acrítica y conformista no nos permite reflexionar sobre el fenómeno de la globalización y todas las consecuencias que trae. Más arriba mencionaba que también la educación se ha visto afectada por esta moda globalizadora, de ahí que se haya iniciado el proceso de autoevaluación de todas las carreras.
A mi juicio, el problema no es éste, es decir, que se pretenda homologar las profesiones, si no que no seamos capaces de discernir y comprender la ideología de dominación que subyace a dicho proceso. Y lo peor aún, es que seamos los mismos docentes universitarios, supuestamente formadores de pensamiento crítico en nuestros estudiantes, quienes no nos cuestionemos sobre la conveniencia o no, sobre la validez o no, de tal homologación y la aceptemos y nos insertemos en dicho proceso sin la más mínima duda. Ahora resulta que no ha existido idea más genial que ésta, por lo que oponernos a ella es ir en contra del progreso y el bienestar de los pueblos. Es patético ver a algunos colegas desarrollando, dentro de la Universidad, talleres y conferencias sobre la necesidad y bondad de integrarnos a dicho proceso, pero con una actitud tan sumisa e irreflexiva que, de no saber que son universitarios, pensaríamos que son lideres de alguna secta religiosa que con la amenaza de irnos al infierno si no obedecemos, tratan de forzarnos a entrar al redil.
Y resulta tan ridícula esta moda que hasta en el lenguaje se hacen modificaciones. Ahora resulta que no hay que hablar de “objetivos”, sino de “competencias”. El lenguaje no es neutral e inocente respecto a la realidad de la que brota. Hablar de “competencias” revela una actitud un tanto egoísta e individualista, pues de lo que se trata no es de buscar objetivos en conjunto con el otro, sino de competir con el otro. ¿Y qué ideología fomenta la “competencia” y el individualismo? Una ideología que parte de la idea de que somos seres por naturaleza egoístas y que por lo tanto, de lo que se trata es de estimular tal egoísmo, pues éste nos llevará al bienestar y la felicidad.
Empero, no en todo el mundo aceptan estas modas como si nada. En España, por poner un ejemplo, hace pocos meses, los profesores y estudiantes de humanidades se han opuesto al Plan Bolonia, que es la versión europea de lo que para nosotros es el proceso de autoevaluación y homologación de las carreras. Se han opuesto a dicho plan, porque en él se establece que se deben reducir las horas de enseñanza de la filosofía en función de las materias científicas. Sin negar la importancia de la ciencia, no se puede concebir al ser humano alejado de aquella esfera del saber que cultiva el espíritu y el intelecto y que es, entre otras cosas, lo que nos diferencia del animal. La oposición al Plan Bolonia ha sido fuerte y han logrado algunas conquistas. ¿Por qué en Guatemala y sobre todo en la Universidad de San Carlos no se hace algo similar?
Ya sé que los profetas del mercado dirán que veo fantasmas donde no los hay y que sufro de algún tipo de esquizofrenia que me hace ver intrigas de grupos anónimos y oscuros que confabulan a nivel mundial para hacernos pensar lo que les conviene. Pues que digan lo que quieran. Lo que yo persigo es que nos tomemos, amigo lector, un tiempo para reflexionar sobre todo esto y tratemos de encontrar y analizar las creencias e ideas que, como trasfondo, sostienen esta moda globalizadora que ya ha impactado en todos los ámbitos de nuestra vida.
Es necesario que el tipo de educación que reciben nuestros hijos cambie y fomente en ellos el pensamiento crítico, la reflexión, el análisis y la comprensión de la realidad. Estas habilidades las estimula muy bien la filosofía, por eso he insistido, y seguiré insistiendo, en que la enseñanza de la filosofía es urgente a todo nivel educativo. Esta es la única salida para dejar de ser una sociedad adormecida y conformista.}

* Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

jueves, 16 de abril de 2009

LA ÉTICA ESTÁ DE MODA

*Harold Soberanis
haroldsoberanis@usac.edu.gt


Así parece, si tomamos en cuenta la cantidad de seminarios, cursos, talleres y otras actividades que a diario se ofrecen por cualquier medio de publicidad. La mayoría de éstas, aseguran que la persona que asista saldrá de ahí siendo una persona nueva, con una renovada visión de la vida y, lo que es mejor aún, muy optimista para enfrentar los desafíos de la vida cotidiana. A juzgar por la cantidad de actividades que se publicitan, se puede inferir que las personas están muy interesadas en este tipo de charlas. Esto nos hace pensar que la gente está convencida de la necesidad de orientar su vida por principios fundamentales de conducta que le permitan, a lo largo de su existencia, ser mejores seres humanos. Sin embargo, tengo la percepción de que quienes van a estas actividades (que por cierto tienen un alto costo) quedan muy frustrados pues no salen de allí siendo mejores que cuando entraron, y esto porque por lo general, quienes se autoproclaman ser expertos en el tema, no tienen ni la más mínima idea de lo que es la ética. Estos “expertos”, en el mejor de los casos, lo que hacen es diseminar moralinas que, por definición, no tienen ninguna base teórica, pues se sostienen sobre una serie de prejuicios trasnochados y absurdos.
De esa cuenta, estos charlatanes disfrazados de “expertos” se hacen ricos a costa de la ignorancia y necesidad de los demás. Me parece que la gente está consciente de la necesidad de guiar su vida por valores y principios, como una forma de búsqueda de ser mejores. Sin embargo, se equivocan en la selección de las personas que les pueden orientar y de las actividades a que deben ir. De ahí la necesidad de reflexionar un poco sobre este tema.
La ética, para empezar, no es lo mismo que la moral. De hecho, aquélla es para los especialistas, es decir, los filósofos pues la ética, en un sentido estricto, es la reflexión y análisis teórico sobre los principios que deberían guiar la conducta humana. Esta es una disciplina que se mueve dentro del “debería ser”, esfera a la que pertenece, por su propia naturaleza, toda la filosofía.
La moral, por su parte, se refiere al aspecto práctico de la conducta. Se puede entender por moral el conjunto de normas o reglas concretas que nos dicen cómo actuar. Son normas o reglas que todos deberíamos cumplir dentro de la vida social para que ésta fuera posible. Ningún pensador, antiguo o moderno, propone la eliminación de normas morales que orienten la vida social. Cuando algún filósofo rechaza un tipo o código específico de moralidad (el cristianismo, por ejemplo) lo hace por lo que esa moral representa respecto al sistema filosófico que él propone, pero en ningún momento declara que se pueda vivir sin ningún tipo de restricción o normativa moral. Piénsese, por ejemplo, en Nietzsche, Sartre, Marx o Freud.
Ahora bien, lo que sucede es que en el lenguaje cotidiano tendemos a confundir ambos términos y utilizamos “ética” y “moral” como sinónimos. Empero, en sentido estricto no son lo mismo. Las personas son moralmente buenas o no. Observar y cumplir con algún tipo de reglas me hacen ser mejor moralmente. No respetar ningún ordenamiento me convierte en un ser inmoral. Pero no se es más ético o menos ético, por el hecho de respetar o no ciertas normas. Lo que quiero decir es que las personas son morales o inmorales, según cumplan o no con ciertas reglas de conducta. Pero no son más éticas o menos éticas dependiendo de si guían su vida por normas morales o no. Acá lo que se da es una confusión del lenguaje común.
¿Qué me hace ser mejor moralmente? Pues el cumplimiento de determinadas normas morales. Hay personas que llevan una vida intachable (en la medida de lo posible, pues no hay nadie que sea absolutamente bueno o malo moralmente hablando), que mantienen una conducta ejemplar y no obstante nunca en su vida han leído un tratado de ética. Simplemente, ajustan su vida a aquellas normas que les parecen deseables. Asimismo, hay quienes devoran tratados enteros de filosofía moral (ética) y sin embargo, llevan una vida que es una vergüenza. Es que una cosa no implica necesariamente a la otra. De donde se infiere que lo que me hace ser mejor, como agente moral, no es la cantidad de libros o tratados de moral que pueda leer, sino la observancia que haga de aquellas normas que me posibiliten convertirme en un ser más digno.
La ética tampoco es receta de cocina. Muchas personas que se acercan a estos cursos o conferencias que señalaba arriba, lo hacen con el ánimo de que el supuesto “experto” les revele la fórmula mágica que les haga ser mejores personas. Esperan que les indique, cual receta de cocina, los pasos que deben seguir para obtener el tan anhelado bocadillo moral y sentirse bien consigo mismos.
Otro tanto de confusión sucede con los llamados códigos de ética profesional. La ética es una sola disciplina filosófica que se orienta, repito una vez más, a la reflexión y análisis sobre los principios que sirven de fundamento a la conducta moral. De ahí que a lo que se refiere, cuando se habla de un código de ética profesional, es a establecer normas concretas y precisas de conducta para alguien que ejerce determinada profesión. Sin embargo, si observáramos una conducta moral adecuada socialmente, deberíamos de ser capaces de aplicar las mismas normas a nuestro ámbito profesional, porque lo que es válido en mi vida cotidiana (la honestidad, honradez, veracidad, solidaridad, etc.,) lo es en cualquier otra esfera de mi existencia.
Una verdadera ética, debe estimularnos a la reflexión como medio para descubrir racionalmente aquellos principios por los que debo guiar mi conducta y ser, en cada elección que haga, un ser más digno. Asimismo, debería impulsarnos a una actitud crítica que nos haga cuestionarnos de nuestras propias creencias a fin de encontrar principios sólidos que garanticen que nuestra forma de actuar es la deseable. En fin, una formación ética debería hacernos mejores en la medida en que los fundamentos sobre los que apoyamos nuestro actuar, son el resultado de un proceso racional, de una meditación profunda y no la consecuencia de palabras vacías y charlatanería.
De ahí que las personas que buscan hacer de sí mismos y de sus vidas algo mejor, deberían acercarse a los filósofos que son, como ya lo dije más arriba, los especialistas en el tema. Estos no van a darles recetas de cómo actuar bien, sino que los van hacer reflexionar para que, por ellos mismos, descubran racionalmente dentro de sí, esos principios que habrán de orientar su acción dentro del contexto social. Para Sócrates esta era la verdadera tarea del filósofo pues, según este pensador griego, la verdad reside dentro de cada uno y lo que el filósofo hace es guiar a cada quien para que por medio de un proceso racional alumbre, cual luz eterna, dentro de sí y descubra por sus propios medios esa verdad que, equivocadamente, cree hallar fuera.
Aún queda por abordar el tema de los valores, pero eso será en otro artículo.

*Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, Universidad de San Carlos d

viernes, 10 de abril de 2009

Sobre los valores

* Harold Soberanis


En un artículo anterior me referí a la tendencia que, en nuestro medio, se ha dado últimamente respecto a la excesiva oferta de actividades tan disímiles como seminarios, talleres, cursos y/o diplomados sobre ética o valores o cosas parecidas. En éstos se ofrece enseñar, a quienes asistan, a ser mejores personas por medio de unas cuantas formulas mágicas y, lo que es aún más importante, les prometen que encontrarán la felicidad absoluta. Ante la cruda realidad de los tiempos que corren, donde la soledad y el sinsentido de la existencia son cosas comunes, muchas personas están hambrientas de encontrar la clave de la felicidad y el bienestar, por lo que incautas, se dejan llevar por los ofrecimientos de todos estos charlatanes que lo único que buscan es enriquecerse a costa de su ignorancia.
En esa ocasión, señalaba el riesgo de asistir a esas actividades sin el más mínimo sentido crítico pues, lo que de hecho se hace en ellas, es lanzar moralinas a las personas y nunca estimularlas a que por medio de la reflexión descubran por sí mismas el valor moral de sus acciones o los principios que deberían orientar sus vidas.
Reflexionar para descubrir tales principios que son, en última instancia, los que deberían dirigir nuestra vida moral, es lo que busca un análisis serio sobre la acción humana. En otras palabras: esto es lo que busca la Ética, es decir, la reflexión teórica, filosófica sobre el comportamiento de las personas. Como resultado de ese análisis, de esa autorreflexión, tendríamos que encontrar aquellos principios que orientaran nuestra interrelación con los demás, a fin de que actuáramos apegados a lo moralmente bueno. Esto es precisamente lo que le falta a todos estos cursitos y talleres que ofrecen hacer de las personas mejores seres humanos, pues no estimulan ese sentido crítico que toda acción humana conlleva y se limitan a repetir recetas de buena conducta pero sin decir cómo se llega a ella o qué significa ser bueno.
Aprendemos a reconocer lo bueno o malo, lo moral o inmoral, la bondad o maldad de nuestros actos y los de los del prójimo, desde la reflexión seria, honesta y profunda de aquello que les concede, a tales actos, su moralidad. Esto es, en otras palabras, reconocer la esencia moral de las acciones humanas. Gracias a esa reflexión, descubrimos aquellos principios deseables que deberían orientar la acción de todos. Ese descubrimiento y aprehensión es posible sólo, pues, desde la meditación filosófica y nunca a través de moralinas o supuestas formulas mágicas. Estimular y fomentar dicha reflexión en todas las personas para que ellas mismas por medio de su Razón encuentren esos principios que les de sentido y validez a sus acciones, es la verdadera tarea del filósofo de la moral.
Al final del artículo ya mencionado ofrecía ocuparme, en una posterior entrega, del tema de los valores. Por diversas razones fui postergando tal ofrecimiento hasta que un amable lector me lo recordó.
Tratar de encontrar una única definición de valor, un único significado de él, es una tarea de suyo difícil pues, como sucede con todos los términos filosóficos, no existe unanimidad sobre qué es. Empero, intentaré dar una idea de lo que a mi juicio se debe entender por valor, tomando en cuenta los rasgos en común que, las diversas significaciones sobre él, tienen entre sí.
Una primera aclaración se hace necesaria: ésta se refiere a si es correcto hablar de “valores éticos” o “valores morales”. Bueno, la distinción entre estas expresiones es la misma que se aplica a la diferencia entre “ética” y “moral”. He dicho varias veces que ambos términos se tienden a usar como sinónimos pero, en un sentido estricto, no son lo mismo. En efecto, la ética es cosa de los profesionales, es decir, de los filósofos y se ocupa de analizar racionalmente el fundamento y la validez de la moral. Esta vendría a ser la parte práctica, las normas concretas de acción, los códigos que nos indican cómo actuar. Tales códigos deben estar asentados en ciertos principios que reconocemos como legítimos. Descubrir, analizar y comprender tales principios es la tarea de la ética y del filósofo de la moral.
Con lo dicho anteriormente, podemos inferir que los valores son morales y que quien se ocupa de analizar su validez, alcance, sentido y legitimación es la ética.
Otro problema que surge en torno a los valores es si éstos son objetivos o subjetivos. Algunos filósofos y escuelas filosóficas sostienen que son objetivos. Por ejemplo, para los antiguos griegos, los valores son objetivos, pues no son producto de la creación humana, no son elaborados por nuestra conciencia, existen fuera de ella y nuestra Razón lo que hace es descubrirlos. Es el caso de Sócrates, Platón y Aristóteles quienes creen que los valores tales como justicia, bondad, belleza, etc; no son creación humana, pues existen independientemente de nosotros y precisamente porque no dependen del ser humano, es que sirven de principio rector de la conducta de los hombres. Gracias a que son objetivos tales valores son universales y absolutos. Esto significa que independientemente de la época o sociedad particular, los valores son siempre válidos y los mismos para todos.
En contraposición a este planteamiento, otros filósofos y escuelas filosóficas, afirman que los valores son subjetivos, es decir, son creaciones humanas que, dependiendo de la época o circunstancias históricas, surgen en un momento determinado y cobran validez y sentido únicamente dentro de ese contexto.
Según estos pensadores, cuando reconocemos algo como valioso es porque vemos en ese objeto o acción algo que nos es útil. Por lo tanto, el que algo sea o no valioso depende de nosotros, está en nuestra conciencia moral y no en el objeto o acción en cuestión. Es decir que, lo valioso no es objetivo sino subjetivo pues depende de la valoración particular del sujeto. Lo que resulta bueno o malo para alguien puede ser lo contrario para otro.
Además, como afirmará Marx, los valores morales que predominan en una época, responden o son expresión de la clase dominante, por lo tanto no son objetivos, al menos no en el sentido clásico, puesto que son la expresión ideológica de los grupos de poder quienes, interesados en que no se transforme la realidad, propugnan determinados valores que toda la sociedad debe seguir con el fin de mantener el statu quo vigente. Piénsese, por ejemplo, en las propuestas de reforma que a la Constitución hace el grupo ProReforma. En la base de tales propuestas subyace toda una serie de valores que no son más que la expresión de intereses de clase, en este caso de la oligarquía chapina.
Otra manera de considerar a los valores como principios que dirigen la acción humana, sería el caso de los Derechos Humanos. En este sentido, los Derechos Humanos vendrían a ser puntos de referencia a los cuales debemos ajustar nuestra conducta con el fin de alcanzar una convivencia social pacifica y digna.
Este, y otros temas relacionados a la ética y los Derechos Humanos, serán abordados en un taller al respecto desarrollaré los días 25 de abril y 2 y 9 de mayo en La Casa de Cervantes, de 16:00 a 18:00 horas. En esta actividad se dará material y constancia de asistencia y podremos discutir abiertamente sobre cuestiones relativas.

*Profesor titular, Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.



miércoles, 1 de abril de 2009

Sobre la injusticia de las leyes

*Harold Soberanis
haroldsoberanis@usac.edu.gt


En el diario La Hora del 30 de agosto, aparecen dos notas sobre el problema de la justicia en Guatemala. En el primero, titulado “¿A dónde se inclina la balanza de la justicia?” su autor hace un análisis de dos casos en los que las leyes se inclinan a favor de grupos económicamente poderosos. El primer caso, se refiere a la compañía Montana que se dedica a la extracción minera en una región de San Marcos. Los habitantes de San Miguel Ixtahuacán se oponen a que opere en ese lugar dicha compañía, alegando que la extracción de metales provoca severos daños al ambiente. Tal oposición se basa, según entiendo, en el derecho humano a un ambiente sano, el cual está contemplado en nuestra legislación. El segundo que señala el autor de dicho artículo, es el de la empresa Cementos Progreso (¿?) que busca instalar una sucursal en San Juan Sacatepéquez. En este lugar, también sus habitantes se oponen a que ahí opere esta compañía alegando, al igual que la otra comunidad arriba señalada, que los daños a la salud de la población son irreversibles y que la ley les garantiza su derecho a un ambiente limpio. En ambos casos los encargados de hacer justicia han actuado lentamente, evidenciando el favoritismo hacia las dos poderosas empresas y mostrando total desprecio por los intereses de la comunidad que, por principio, deberían estar por encima de los privados.
La otra nota a la que deseo referirme es el artículo del Licenciado Oscar Clemente Marroquín, “¿Cuál institucionalidad y cuál estado de Derecho?”. En este escrito el Licenciado Marroquín señala el énfasis que algunos grupos de poder hacen sobre la necesidad de mantener la institucionalidad y el estado derecho a toda costa, aún cuando las condiciones materiales de la población sean cada vez más precarias, producto de la corrupción, el irrespeto a la ley, el abuso de poder, la impunidad, etc. Ante esta realidad el autor del artículo de marras se pregunta si vale la pena, bajo el argumento que se debe proteger la institucionalidad y el estado de derecho, seguir manteniendo un sistema de justicia ya fracasado.
Los ejemplos sobre la injusticia que se comete, apoyándose en la misma ley son incontables. Podríamos seguir hasta el infinito. Y estos no se dan solamente entre grupos poderosos y comunidades pobres que, por lo mismo, no tienen a la justicia de su lado. También se dan, por ejemplo, entre personas individuales. Me viene a la mente el caso de aquellos padres que, por diversas razones, se ven enfrentados a sus parejas y que para resolver sus diferencias recurren a un tribunal de familia. En principio y a priori, las leyes protegen a la mujer, sin considerar si ésta merece ser protegida, si ha sido una madre competente, si ha sido un apoyo para el esposo, etc. Sin mayor reflexión se descalifica al hombre por el simple hecho de serlo y se cometen una serie de injusticias fundándose en la ley. Aunque las resoluciones pueden ser legales, no necesariamente son legítimas y mucho menos apegadas al principio de justicia que, por definición, toda ley debería contemplar. Se tiene aún muy arraigada la imagen romántica de la madre amorosa y abnegada producto de, y he aquí la paradoja, una cultura machista. Es bien sabido que hay muchas madres que son totalmente lo opuesto a esa imagen que hemos ido configurando (como parte de un imaginario colectivo) y que existen muchos padres que son mejores que aquéllas en el cuidado y educación de los hijos. Pero esto a los encargados de impartir justicia no les importa y apegándose a la ley cometen muchas injusticias contra lo padres como obligarles a pagar una pensión alimenticia que rebasa sus posibilidades económicas, negarles la tutela de los hijos, etc. También en estos casos, pues, se actúa en contra del espíritu de la ley que, por principio, debería se equitativa. No se puede pretender reparar una injusticia, cometiendo otra.
De esa cuenta uno se pregunta si el sistema de justicia que tenemos vale la pena cuidarlo o, si por el contrario, se debe reformar totalmente. Claro que esto se conecta con la legitimidad y moralidad de las leyes. Ahora bien, el problema que surge aquí es que, siendo los abogados quienes hacen la ley, muchos de éstos no tienen la suficiente calidad moral para hacerlo y van dejando vacíos en la legislación que después son aprovechados por ellos mismos para retorcer las leyes a su conveniencia. Por supuesto que hay verdaderos juristas, honestos y capaces, que al crear la ley lo hacen apegados a principios fundamentales de moralidad, pero son los menos.
Los filósofos antiguos afirmaban que la legitimidad de la ley deriva de su fundamento moral, es decir que, para que una ley sea no solamente legal, sino moralmente legitima, debe estar fundada en principios morales universales, sobre todo sobre el principio de justicia.
La reflexión sobre el sistema de justicia que tenemos y sobre la necesidad de construir y conservar un estado de derecho pasa, pues, por el análisis de las leyes, de quienes las hacen y de quienes las ejecutan. Dicha reflexión debería llevarnos a establecer si las leyes en este país, están basadas en principios absolutos y universales que se reducen al concepto moral de Justicia. También, debería hacernos pensar sobre la condición moral de quienes están llamados a ejecutar las leyes. Muchos abogados se prestan a prácticas indecentes y protegen a priori a quien no merece ser protegido, muchas veces porque están presionados por grupos de poder que desean actuar en función de lo “políticamente correcto”, sin pensar si esa actuación responde al valor de la Justicia. Si quienes por su profesión, son los encargados más idóneos de velar por la justicia y son quienes precisamente la violan a conveniencia, ¿qué pasará con el ciudadano medio que no tiene voz ni voto en la elaboración y ejecución de las leyes?
Uno de los significados, que se infiere del análisis etimológico del término “derecho”, nos dice que el derecho se puede entender como lo recto, lo justo, lo apegado a normas de validez universal, en contraposición a lo tortuoso, lo enredado y, por lo tanto, lo injusto. Si se comprende el sentido profundo del término, se podrá comprender porque la ley debe estar basada en el principio fundamental de Justicia y, en consecuencia, la actuación de jueces y abogados debería estar regida por tal principio.
De ahí que el problema de si un cuerpo de leyes realmente contiene y preserva el principio de Justicia es algo que compete a todos los profesionales y ciudadanos. Nadie debería ser indiferente ante el nivel de descomposición y tergiversación de las leyes. El derecho, la esencia de las leyes y su sentido de justicia es algo tan importante que no debería estar solamente en manos de los abogados.

*Licenciado en Filosofía, profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

sábado, 21 de marzo de 2009

El problema filosófico del conocimiento

* Harold Soberanis

Como es bien sabido, la filosofía se ocupa de la realidad en su totalidad. Este es un rasgo característico del proyecto filosófico racional que nace en el seno de la cultura clásica griega. De esa cuenta, todo lo que acontece en la realidad es motivo de reflexión y análisis de parte del filósofo. El conocimiento, como un hecho que se da en la realidad humana, no podía quedar al margen de la especulación filosófica, por lo que muchos filósofos, desde la antigüedad hasta nuestros días, se han ocupado por comprender y definir el conocimiento.
A diferencia del psicólogo o el sociólogo, al filósofo lo que le interesa respecto al conocimiento es su fundamento, su porqué, su sentido y alcances.
Así, Kant, por ejemplo, es uno de los pensadores que más ha dedicado sus esfuerzos intelectuales a comprender el fenómeno del conocimiento. En su famosa obra La crítica de la Razón Pura, el filósofo de Könisberg intenta definir los límites del conocer y con ello, determinar el sentido de aquello que llamamos conocimiento. Es decir, la empresa que se propone Kant es superar tanto el optimismo ilimitado del Racionalismo que considera que la Razón es tan poderosa que puede conocer absolutamente todo, hasta las limitaciones del Empirismo que, con su insistencia en la experiencia individual como inicio del conocimiento, niega la misma ciencia pues ésta, aun cuando se refiera a hechos empíricos individuales pretende establecer leyes de carácter universal.
De esa cuenta, Kant dedicará buena parte de su obra a analizar el conocimiento para determinar sus límites y alcances, llegando a la conclusión, discutible por supuesto, de que desde la Razón teorética lo único que nos es posible conocer es el fenómeno de las cosas y nunca su esencia. Ésta se nos da en la esfera práctica, pero nunca en la teórica.
Por supuesto que esta tesis kantiana ha sido refutada de muchas maneras, pero también es cierto que ha dado importantes frutos dentro del campo de la filosofía. Empero mi intención no es abordar y discutir el pensamiento de Kant, sino mostrar cómo el conocimiento es, y ha sido, un problema filosófico del que se han ocupado innumerables pensadores desde la antigüedad hasta nuestros días, un problema que es importante abordar desde la perspectiva filosófica y cuyos resultados pueden servir de base teórica a otras disciplinas que se ocupan del mismo fenómeno.
Resulta imprescindible problematizar el fenómeno del conocimiento, pues de la concepción que tengamos de él deriva una serie de consecuencias que influyen en otras áreas del saber humano. Piénsese por ejemplo en la educación, el arte o la ciencia.
Dependiendo de la concepción que tengamos del conocimiento así será lo que entendamos por educación, pongo por caso. El educador, el verdadero pedagogo, no puede estar al margen de una concepción filosófica del conocimiento, pues de ahí dependerá cómo asuma su labor pedagógica. La falta de una teoría del conocimiento, una teoría fundada en principios filosóficos, derivará, inevitablemente, en una propuesta pedagógica inconsistente.
Por supuesto que no basta una concepción del conocimiento para configurar una teoría educativa que efectivamente contribuya al desarrollo integral de la persona humana. También son necesarias, una antropología, una concepción del mundo, una filosofía de la ciencia, etc. Lo que me interesa señalar es que sin una teoría del conocimiento – como un elemento importante a considerar - que sirva de fundamento a una concepción de educación, ésta se desvirtúa, pierde su objetivo principal que es hacer del ser humano un ser que desarrolla todas sus potencialidades en beneficio propio y de la sociedad a la que pertenece. No sabremos qué enseñar al sujeto de la educación, sino sabemos previamente cómo dicho sujeto conoce y asimila la realidad. Esto es importante, pues sin tener claro cómo abordamos y comprendemos la realidad, difícilmente podamos transformarla, y esto es, en última instancia, de lo que se trata.
Por otro lado, no solamente la teoría educativa necesita de una concepción del conocimiento. Todas las actividades que desarrolla el ser humano en sociedad, requieren de una comprensión mínima de lo que es conocer. De ahí la importancia que reviste la especulación filosófica al respecto. De ahí lo importante que es conocer las teorías del conocimiento que se han propuesto desde la antigua Grecia.
Claro que esto no interesa al común de los mortales. El hombre de la calle, ni siquiera se plantea si conoce o no, él da por sentado que conoce el mundo que le rodea, que ese mundo es tal cual él lo percibe, por lo que cuestionarse acerca de qué conoce, cómo conoce y qué es conocimiento ni siquiera son temas de los que debe ocuparse. Es más, el hombre común desconfía del filósofo que se hace todas estas preguntas, llegando a considerar la tarea de éste es algo inútil, sin ningún beneficio, una pérdida de tiempo, como un estar eternamente en las nubes.
Viniendo del hombre común esto es comprensible. Lo que ya no resulta aceptable, es cuando estas consideraciones son planteadas por profesionales, pues es imperdonable en aquellos que tienen una formación académica, que vean con desdén y desconfianza la especulación filosófica respecto a la capacidad cognoscitiva del ser humano.
Asumir una teoría del conocimiento puede ayudarnos a comprender cómo se da en nosotros este fenómeno. Dicha teoría nos permitirá conocer el proceso interno que nos conduce a la aprehensión de la realidad. La manera de abordar esa realidad como una totalidad o una red de interrelaciones, nos permitirá comprender su génesis y alcances. También contribuirá a disciplinas como la psicología, a encontrar un fundamento epistemológico sobre el que se pueda desarrollar una teoría de la comprensión a lo interno de la psique humana. Es decir que, cualquiera sea la perspectiva desde la que contemplemos el conocimiento, la filosofía permitirá al especialista configurar una teoría que le ayude a explicar y fundamentar el fenómeno del conocimiento, lo que le garantizará, en última instancia, que su propia teoría se ha edificado sobre base sólidas, lo cual le dará una certeza y garantía de que su planteamiento es consistente y posee cierta validez.
Hacer lo contrario, es decir, proponer una explicación del conocimiento pero sin apoyarse previamente en una teoría filosófica del mismo, hará que tal propuesta carezca de bases firmes, por lo que será como un edificio sin cimientos, como algo que flota en el aire y que, inevitablemente, tarde o temprano se vendrá a tierra.

*Profesor titular del Departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC.

martes, 17 de marzo de 2009

Sobre la educación

*Harold Soberanis
haroldsoberanis@usac.edu.gt


Las sociedades actuales atraviesan un período de crisis que se manifiesta de diversas maneras: la expansión de la pobreza, el aumento de la violencia, de la corrupción, de la injusticia, etc. Toda esta descomposición social se refleja, naturalmente, en la degradación de las acciones del ser humano. Para muchos, la vida ya no tiene ningún valor: se mata a otra persona para robarle un celular o unos pocos billetes. Muchos se dedican, como forma de ganarse la vida, a matar por encargo (qué paradoja: ¡matar para vivir!).
Observo toda esta problemática sin la menor intensión de lanzar moralinas o provocar el escándalo como, hipócritamente, hacen esas santas señoras cuando, al salir de la misa de domingo se ruborizan al ver una pareja besándose en la calle, pero ignoran intencionalmente la miseria que las rodea.
Muchas veces he dicho que una de las posibles soluciones a esta degradación de la vida social está en la educación de las generaciones jóvenes. Empero esta educación debe ser de una naturaleza distinta a la que actualmente se practica.
Creo que una verdadera educación debe liberar al ser humano de prejuicios y condicionamientos mentales a los que ha sido programado por una realidad injusta y desigual. Ya no se puede seguir cultivando una educación que llena de datos la mente de los niños y jóvenes, con el único objetivo de saturarlos de información que no les ha de servir para nada. Una verdadera educación debe estimular en los seres humanos la reflexión y generar un pensamiento crítico que les permita ser observadores y actores responsables, involucrados en su realidad social.
A mi juicio, una educación de tal índole debe estar fundamentada en una concepción humanística del hombre, es decir, debe basarse en aquellos principios universales del humanismo clásico que ve al ser humano como el punto más alto de la evolución, resaltando sus atributos, virtudes, y alcances, a la vez que no olvida sus imperfecciones. No se puede educar a los niños y jóvenes sin una concepción antropológica previa, lo que nos lleva a resaltar la articulación entre pedagogía y filosofía, pues ésta proporciona una concepción del hombre fundamentada en principios revelados por la razón, y ninguna concepción pedagógica se puede desarrollar si no cuenta con una definición de hombre. No se puede tener una idea de educación que esté divorciada de la filosofía, pues sería como algo que está en el aire, sin bases. Esto es lo que ha ocurrido en los últimos años, donde la formación de quienes van a formar maestros que, a su vez van a educar a nuestros niños, no poseen una formación filosófica pues consideran que ésta no sirve para nada y que la única razón por la que existe dentro del pensum es para entorpecerle sus estudios ya que la prisa por graduarse e insertarse al mercado laboral les apremia.
Esto ha dado que tengamos, en los últimos años, maestros sin la más mínima formación humanista. Pero la culpa no es de ellos sino de las facultades y centros de formación donde estudian.
El desprecio a la educación por parte de los gobiernos de turno ha provocado seres humanos sin vocación ciudadana. Claro, esto ha favorecido los intereses de las clases dominantes, pues una sociedad sin criterio ni formación cívica es más fácil de manipular. De ahí que el nuevo modelo de educación deba propiciar, entre otras cosas, la ciudadanía, esto es, la capacidad y el interés de las personas por involucrarse en los asuntos del Estado, tal como aspiraban los filósofos griegos, pues tales asuntos, por definición y en tanto ciudadanos, deben importarles.
Podemos pensar en la educación como un proyecto a largo o mediano plazo, por medio del cual se pueda reeducar a la sociedad con el fin de que los valores encarnados en la Constitución, sean internalizados por todas las personas. Esto, claro, implica transformar el proyecto neoliberal que, afortunadamente, en los últimos días ha entrado en crisis.
Así pues, considero que una verdadera educación puede permitirnos vivir los valores éticos en la vida cotidiana. Pero tal modelo de educación, insisto, debe estar fundamentada en una sólida base filosófica que le permita al individuo ser consciente de la importancia de encontrar principios válidos para su acción.
Tengo la percepción de que el modelo de educación actual lo único que consigue es adocenar a la gente, convirtiendo un proceso liberador en algo alienante. Ahora bien de nada serviría implementar una nueva forma de educación, que buscara hacer del individuo un ser crítico, participativo y liberado, que actuara en función de nobles valores, si las condiciones materiales de la sociedad en las que se inserta, no cambian.
En efecto, poco útil puede ser un proceso educativo que regenere al individuo, si las condiciones o el modelo económico-social vigente sigue siendo el mismo. En otras ocasiones he señalado que el capitalismo como tal, lleva dentro de sí un elemento perverso, pues no sólo desvirtúa las relaciones que se establecen entre el trabajador y el empleador, sino que desvincula a la misma persona dentro de su psiquis, haciéndole ver la realidad como un hecho fragmentado e inconexo. Esto es lo que el materialismo histórico denomina enajenación. Ésta se produce no sólo entre el trabajador y el objeto trabajado, sino a lo interno del individuo, separándolo de sí mismo y del resto de la sociedad.
De esa cuenta pues, implementar un nuevo modelo de educación implica transformar la base material de las sociedades, modificando el paradigma económico imperante a fin de armonizar unas relaciones de producción más humanas con el sentido moral del hombre nuevo.

*Profesor titular de Filosofía, -departamento de Filosofía, Facultad de Humanidades, USAC